Morante: de tripas, corazón
Prefiero la muerte de un toro a la de un hombre. En lo que va de año, han muerto 118 personas en España en sus plazas, o sea, en sus tajos, sin pena ni gloria ni nadie que glose su gesta


La imagen es espeluznante e hipnótica como solo lo son aquellas en las que se siente rondar la muerte sin verse. Pero esta, además, es de una belleza terrible. Podría ser un óleo, una escultura, el ninot indultat por aclamación popular de la mejor falla de Valencia. Vemos en ella a un hombre tan recio como frágil vestido de azul pavo y oro suspendido en el aire cual pelele en el instante de ser empitonado por el recto por un toro de 500 kilos. El hombre tiene nombre, claro: José Antonio Morante Camacho, de 46 años, Morante de la Puebla para los carteles desde hace casi tres décadas. El toro, también: Clandestino, un cuatreño criado en el campo para ser lidiado en la plaza. Tras la foto, ambos corrieron distinta suerte. El hombre ya ha salido de la UVI y se recupera del destrozo interno que le provocó la cornada. El toro, ya habrá sido despiezado en el matadero, tras doblar a la tercera estocada del torero que se quedó al quite, y será carne de chacina fina más pronto que tarde. Hasta aquí, el relato de los hechos de la cogida de Morante el pasado 20 de abril de 2026 en la Maestranza de Sevilla.
Me acusarán de prosaica y razón no les falta. No soy en absoluto inmune a la belleza de la tauromaquia. Las imágenes, las palabras, la liturgia, los tiempos. Todavía me enamoran y los uso sin siquiera ser consciente de ello. Pero un día asistí a una corrida desde la barrera, vi, oí, olí, palpé y noté en la garganta el acre sabor del horror tras la hermosura y nunca volví a verlas con los mismos ojos. Porque el toro sangra, orina, defeca, vomita, muge, echa el bofe por la boca. La plaza huele a sangre, a sudor, a heces. Hiede. Los taurinos hacen abstracción de todo ello y se quedan con la lucha entre el torero y el toro con la muerte como posibilidad cierta, esa bella falacia. El caso de Morante es, además, irresistible. Un hombre consumido en su propia llama, siempre entre el abismo de la depresión y la falsa cima de la euforia, ansioso siempre. Se retiró el 12 de octubre, día de la Fiesta Nacional, qué menos, y volvió el Domingo de Resurrección, qué mejor fecha, porque, aunque al desatarse la coleta dijo no poder más con el mundo del toreo, no puede vivir sin torear. No quiere. No sabe. Me resulta muchísimo más interesante y conmovedor ese sinvivir de Morante que todo el almíbar en que lo ahogan, aunque sea a gusto, sus corifeos. Desde los aficionados que creen ver a un héroe donde solo hay un hombre, a los empresarios que cuentan sus días de baja para su vuelta a la arena para no tener que devolver el papel que han vendido a su costa, pasando por casi todos los cantores de sus alabanzas a quienes se les agotan las hipérboles a la hora de glosar sus gestas. En este caso prefiero, de lejos, la prosa fría y bellísima, exacta, del parte médico. Morante está desgarrado por dentro y por fuera. Y no, no, no soy de las que cree que Clandestino se ha cobrado justa venganza por las 7.980 reses matadas en las plazas españolas en 2025. Prefiero siempre la muerte de un toro a la de un hombre, o mujer, en cualquier tajo. Porque lo de Morante no deja de ser un accidente laboral, como los que han causado 118 muertos sin pena ni gloria en España en lo que va de año, los dos últimos ayer mismo, al caerse del andamio de una obra. Así que ojalá Morante remonte, haga de tripas, corazón y encuentre un sentido a su vida. El que sea.


























































