Wasabi martini
Ir a sitios que ya no existen porque te recuerdan a gente que ha muerto hace que te sientas vivo de una manera extraña


Hace unos meses fui con una amiga al Dry del Fénix Gran Meliá para que probase el wasabi martini. El Dry de Javier de las Muelas hace mil años que no está allí, pero algo que me gusta hacer es fingir que sí, llevarme una sorpresa cuando me dicen que ya no hacen el wasabi martini y desplomarme en un sofá pidiendo un vaso de agua con gas, que es lo que piden ahora los que no quieren beber alcohol: ir a sitios que se parecen pero ya no son. Sigo apareciendo de vez en cuando porque me recuerda a Loquillo y a David Gistau, y ahora que se llama Balmoral, aún más, aunque David no vaya nunca, el verdadero Balmoral haya cerrado y el Dry original esté en Barcelona. Ir a sitios que ya no existen porque te recuerdan a gente que ha muerto hace que te sientas vivo de una manera extraña. Haré lo mismo con Lúa, el restaurante gallego de Madrid que acaba de cerrar: abrirá otro en ese lugar e iré a pedir los mismos platos; la clave, siempre, es fingir sorpresa cuando esos platos no estén, o no sepan igual, o preguntes por Manu y Mary y te digan que ya no trabajan allí. Del mismo modo que con el agua con gas los exbebedores espantan preguntas, al fingir que los lugares de tu vida no han cerrado espantas unos segundos a la muerte. Son los segundos en los que el camarero duda de si hay o no wasabi martini ante tu insistencia, lo comprueban en la carta o preguntan al encargado. Hay que probar: hay que volver siempre y probar. Después de la Segunda Guerra Mundial, un hombre volvió a su casa en Varsovia. El edificio estaba en pie pero dentro no quedaba nada. Se sentó en el suelo, en lo que creía que había sido el salón, y esperó. Cuando le preguntaron qué hacía, dijo que estaba esperando a que alguien le dijera que se había equivocado de casa. Como nadie vino, se levantó, cerró la puerta y, al día siguiente, volvió otra vez.
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