Irán y el conejo de Pascua
Trump ha conseguido saturar el espacio público con imágenes tan contradictorias, extremas y absurdas que la perplejidad es ya nuestro estado normal


Esta semana, el presidente de EE UU se dirigió a Irán desde el pórtico sur de la Casa Blanca. A su lado, un hombre disfrazado de conejo de Pascua. Parecía un montaje, pero no lo era. Llevo días pensando en por qué me costó saberlo y no es una pregunta menor. Mientras Trump aparecía flanqueado por un conejo gigante, escribía en Truth Social: “Una civilización entera morirá esta noche para no volver jamás”. Amenaza de exterminio y disfraz de conejito en el mismo scroll y protagonizados por el hombre con el dedo en el gatillo de la mayor potencia militar de la historia. ¿Cómo se juzga eso políticamente? ¿Qué escala moral sirve para medir una semana así? Porque Trump ha conseguido exactamente eso: saturar el espacio público con imágenes tan contradictorias, extremas y absurdas que la perplejidad es ya nuestro estado normal. El conejo de Pascua no es inocente. Además de un insulto, es parte del mismo mecanismo que hace que una amenaza de exterminio civilizatorio se reciba como hipérbole negociadora, como síntoma psiquiátrico, como cualquier cosa menos como lo que es.
Y mientras esto ocurre a la luz del día, algo más perturbador sucede en la oscuridad. El ejército estadounidense utiliza en Irán un sistema de IA llamado Maven, de la empresa Palantir. Un soldado se sienta frente a una pantalla que le dice: este es el objetivo. El soldado lo aprueba y el ataque se lanza. El sistema permite tomar mil decisiones de ese tipo por hora, algo sin precedentes en la historia militar. ¿Fue así como se decidió el bombardeo del 28 de febrero a una escuela primaria en Minab? Esa mañana, un misil asesinó a decenas de niñas de entre siete y 12 años. Esto no es solo una tragedia; es el síntoma de algo más profundo. ¿Fue así como murieron las niñas de Minab? ¿Un soldado mirando una pantalla, pulsando una tecla? Cuando la decisión la sugiere un algoritmo y el humano solo aprueba, ¿quién es el responsable?
El problema no es sólo la velocidad de las máquinas sino también la velocidad de nuestra atención. Mientras una inteligencia artificial toma mil decisiones por hora sobre Irán, las redes frivolizan el exterminio con la imagen de un conejo de Pascua. Son dos algoritmos trabajando en paralelo: uno produce hechos, otro impide que los reconozcamos, porque reconocer algo políticamente exige condiciones que se han erosionado, como tiempo para pensar y un espacio donde lo que vemos individualmente se transforme en algo compartido. Pero sobre todo, exige que la escala de nuestro juicio no se disuelva, que mantengamos la capacidad de medir la gravedad de las cosas y distinguir lo urgente de lo importante, lo grave de lo escandaloso, lo que exige respuesta de lo que simplemente impacta.
Si todo es igualmente extremo, ¿cómo saber si lo de hoy es más o menos grave que lo de ayer? O dónde poner la atención, o cuánta indignación corresponde a cada cosa. Porque lo peor es que no estamos engañados sino saturados. Cada semana es más extrema que la anterior, cada imagen más absurda, cada hecho más difícil de procesar. Lo que permite transformar lo que sabemos en algo políticamente relevante está siendo erosionado por la saturación de imágenes y decisiones que operan a velocidades incompatibles con la deliberación democrática. Es una estrategia calculada que erosiona cómo distinguimos lo grave de lo trivial, lo urgente de lo espectacular. Por eso necesitamos repensar un espacio público donde los hechos vuelvan a tener peso y el pensamiento no sea inmediatamente desplazado por la siguiente imagen; un lugar, en fin, donde reconocer algo como políticamente relevante vuelva a ser posible.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































