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RED DE REDES
Columna

Auge, caída y muerte de Loana, “figura sacrificial” de la telebasura

La gran estrella del primer ‘reality’ que se emitió en Francia murió hace unos días en la más absoluta soledad, tras una vida atravesada por la violencia machista y el escrutinio público

Loana Petrucciani, en una sesión de fotos promocional en París, el 26 de octubre de 2022.Eric Fougere - Corbis (Corbis via Getty Images)

El 5 de julio de 2001, Loana Petrucciani, ganadora de Loft Story, el primer programa de telerrealidad emitido en Francia, recorre triunfante la Avenida de la Grande-Armée a bordo de un coche. Tiene medio cuerpo fuera de la ventanilla trasera y reparte saludos, en una escena digna de una noche de Copa del Mundo. No solo la final del programa reúne esa día a 12 millones de telespectadores, sino que miles de fans esperan a la bailarina gogó de 23 años en las calles de París para festejar su salida de la casa donde lleva encerrada junto a otros 10 solteros desde el mes de abril, filmada las 24 horas del día por 26 cámaras. Horas antes del desenlace del programa, el nuevo ícono de la televisión gala dirá, con una voz infantil que la caracterizaba y contrastaba con el carisma que desprendía, que lo único que desea es que su madre esté orgullosa de ella. Que haya gente que la quiera. Veinticinco años después, a finales de marzo, el cuerpo de la estrella del equivalente a la primera edición de Gran Hermano en España ―emitido un año antes― fue descubierto sin vida después de que unos vecinos alertaran del fuerte olor que emanaba su apartamento en Niza. Una muerte temprana, a los 48 años, en la más absoluta soledad y sin el amor que esperaba recibir la que fue seleccionada entre 13.000 candidatos para encarnar el arquetipo de la muñeca de plástico, inocente, y de extracción humilde.

Desde entonces, y aunque no se conocen aún los detalles exactos de su fallecimiento, una pregunta ocupa el centro del debate en los medios y en las redes francesas: ¿Quién es responsable de su muerte? ¿Es nuestro morbo colectivo? ¿O el ecosistema de la telebasura, que crea estrellas a partir del vacío y disfruta de su destrucción a fuego lento cuando ya no le sirven? Sin duda, pero hay algo más. De haber sido un hombre, el destino de esta “figura sacrificial”, como la ha calificado Le Monde, hubiera sido totalmente diferente. Para empezar, no habría sido elegida después de que un agente de Endemol, la productora del programa, la viera bailar en un bar de Niza y, fascinado por el efecto que su cuerpo ejercía sobre los hombres, pensara en la audiencia que ese físico congregaría cada día. Tampoco las imágenes de los besos apasionados que Loana intercambió en la segunda emisión con otro candidato en la piscina de la casa habrían sido utilizadas, mediante hábiles montajes, para hacerlas pasar por una escena de sexo, y de paso cristalizar la imagen de chica fácil, en un loft donde el alcohol corría a raudales. Ese fue el estigma del que nunca pudo liberarse, de tan icónica que se volvió la escena.

A su salida del concurso, que la mantuvo durante cuatro meses aislada de la oleada de críticas que generó el primer programa de telebasura en el país de las luces, y en una época en el que el machismo más abyecto campaba a sus anchas en prime time, Loana tuvo que responder a las preguntas lascivas de presentadores que querían saber si prefería hacer el amor con la luz encendida o apagada o por qué había rechazado la propuesta de un gran fotógrafo de posar desnuda. La prensa rosa la consideró una mala madre por haber confiado a los servicios sociales el bebé que tuvo a los 19 años con un hombre que la maltrataba, tras una infancia y una adolescencia marcadas por los golpes que su padre propinaba a su madre, y el incesto, las palizas y las humillaciones de las que ella misma fue víctima hasta poder abandonar el hogar a los 16. Y los años venideros no fueron mejores. El declive de la fama ―para la que no estaba preparada esta primera cobaya de la telerrealidad en un tiempo previo a la profesionalización de los concursantes de realities― y el dinero que le proporcionó la televisión la sumieron en la politoxicomanía, conduciéndola a varios intentos de suicidio.

Con un sadismo difícil de entender, por mucha audiencia que el sufrimiento ajeno pueda generar en la sociedad del espectáculo teorizada por Debord, el entorno sexista de la telebasura no soltó tan fácilmente su presa. Once años después de Loft Story, Loana, cuyo deterioro físico era impactante, fue fichada para el programa Los ángeles de la telerrealidad con el objetivo humillante de perder peso. En 2024, la cosa se volvió aún más cínica. Con el aliciente de recibir 3.000 euros en un momento de gran apuro ―como reveló Mediapart, Loana aceptó acudir al programa del rey de la telebasura gala, Cyril Hanouna. Demostrando mucha valentía en una época en la que, además, era objeto de acoso y burla en las redes sociales, Loana no solo evocó una vida atravesada por la violencia machista sino que contó, con una elocución dificultosa, como entrecortada, haber sufrido recientemente una agresión sexual con secuestro por parte de su expareja y explicaba tener desde entonces problemas de habla debido al trauma. Un relato que, lejos de despertar empatía entre los tertulianos, provocó su hilaridad, obligando incluso la Arcom, la autoridad reguladora de la televisión gala, a sancionar al programa.

Cahiers du cinéma, la biblia intelectual de los cinéfilos, consideró Loft Story como una de las 10 mejores películas de 2001. Como escribió Delphine de Vigan, había algo de fascinante en esta “nueva forma de fabricar la realidad” que marcaría un antes y un después en nuestra relación a la intimidad y la vigilancia, como demostraría años más tarde el advenimiento de las redes sociales. Me gustaría saber si, en este triste epílogo de Loana, verían el ácido retrato de una sociedad obsesionada por controlar el cuerpo femenino, ciega ante la violencia de género estructural y capaz de disfrutar del espectáculo del hundimiento físico y psicológico de una mujer.

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