Morir libre y en paz
Las lectoras y los lectores escriben de la muerte de Noelia Castillo, la profesión de enfermera, la adicción a las redes sociales y la guerra de Irán

Quiero vivir la muerte como quiero vivir la vida: libre, en paz. Sin el ruido de una sociedad que se escandaliza ante la eutanasia y calla ante la guerra. Que permite el sufrimiento y reza por el milagro de la vida. ¿De qué vida? No alzamos el grito ante la injusticia, el deterioro de lo humano. Nunca te obligaré a morir. Si crees en una voluntad divina propietaria de tu vida, adelante, te acompañaré en el morir. Pero si pido respeto, ahora y en la hora de mi muerte, dámelo. Como yo a ti tus paliativos. Si pido vivir la muerte con la dignidad que he intentado mantener en vida y tú no quieres ayudarme, al menos calla. Reverencia mi muerte como el acto más importante, más trascendente, de toda mi existencia. Yo sí puedo elegir, y elijo. Tanto amo mi vida que soy capaz de elegir mi muerte.
Silvia Laforet. Madrid
Qué sabré yo
Soy enfermera Especialista en Enfermería Familiar y Comunitaria. Un año preparando el examen E.I.R (Enfermera Interna Residente), sacas plaza “por suerte” (como se suele decir) a la primera, dos años de residencia fuera de tu casa, apuestas por formarte, tiempo, dinero, terminas la residencia y... silencio. “No trabajas porque no quieres”, “a las enfermeras no les falta trabajo”, “lo bonito de la enfermería es saber de todo”. Y ahora yo me pregunto: ¿Usted dejaría que un carpintero le cambiara el grifo de su cocina? ¿Dejaría que a su hijo lo viera un médico sin especialidad por el simple hecho de que en la carrera tuvo una asignatura de pediatría? ¿O dejaría que un carnicero le tiñera el pelo en la peluquería? No, ¿verdad? Eso pensaba yo. Pero, al parecer, estoy equivocada. Soy una orgullosa a los ojos del sistema por ser joven y exigir un puesto a la altura de mi formación. Formación que no me han regalado y por la que he luchado. Pero claro, que sabré yo, que solo exijo unos cuidados de calidad y especializados.
Sara Ramos. Mérida
La incapacidad de poner límites
Las recientes decisiones judiciales en EE UU sobre Meta y YouTube ponen en duda un modelo que hasta ahora se había normalizado. El caso de una joven que pasaba hasta 16 horas en las redes muestra que no es solo cuestión de hábitos personales, sino también del diseño de las plataformas, pensado para retenernos. Como joven, puedo asegurar que estos hechos no están alejados de la realidad. Quizá, el verdadero problema no son las redes, sino nuestra incapacidad para poner límites.
Carlota Espelt Llebaria. Barcelona
Ayatolás y talibanes
Resulta patético ver las comparecencias de Trump, en las que, con un lenguaje inconexo, trata de explicar lo inexplicable, dando cuenta de negociaciones simuladas, de treguas, de ultimátums, de prorrogas, de amenazas, de desmentidos y de desmentidos de desmentidos. Mientras, Netanyahu a lo suyo, bombardeando Teherán y desencadenando su propio infierno en El Líbano, la nueva Gaza. Con quienes hay que negociar y a quienes hay que convencer no es a los ayatolás de Irán, es a los talibanes del Gobierno de Israel, y parece que no están por la labor.
Sebastián Fernández Izquierdo. Petrer (Alicante)
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