Diez razones para hablar de uno mismo en tercera persona
A un personaje se le consiente lo que a una persona apenas se le tolera


Si usted es dado a hablar de sí mismo en tercera persona y, por ejemplo, llamándose Juan, dice: “Tranquilos, que Juan no os va a fallar”, permítame ofrecerle aquí diez razones para perseverar en este uso e incluso sostenerlo frente a sus detractores.
La primera razón entenderá que sea yo. Pero no yo la que escribe sino el yo gramatical, el derivado del latín ego, la forma con que el hablante se designa a sí mismo y cuya historia no ha sido parca en variaciones y rodeos: existen los plurales de modestia, los monarcas hablaban de sí mismos bajo un nos mayestático y hay otras formas honoríficas que han servido para sustituir al pronombre yo en la historia de la lengua española. Si esos procedimientos han gozado de tan larga vida, usted tiene el derecho a optar por su nombre propio para darse reverencia mientras habla.
Porque, claro (y esta es la segunda razón), con la tercera persona usted se presentará con escrupulosa objetividad y distancia solemne: neutralizará lo emocional y se desvinculará de lo dicho porque aspira a la asepsia del cronista que consigna hechos sin dejar huella de su pulso. Quizá alguien objete (esos malos mestureros...) que la imparcialidad es una ilusión también entre los historiadores. Pase por alto esos reparos y atienda a la tercera razón que le expongo y formulo con una palabra muy repetida últimamente: autocuidado. En el reducto de la intimidad, usted es capaz de decirse las verdades más desnudas, que suelen ser las menos amables. Reserve el yo para esa solitaria confesionalidad del espejo del ascensor. En público le asiste el derecho a protegerse de sí mismo, permítase tratarse como a un personaje. A los personajes se les consiente lo que a las personas apenas se les tolera.
La cuarta razón es sagrada. Este uso lo practican venerables textos religiosos y es común que los héroes mitológicos, en algún trance decisivo, se nombren en tercera persona para burlar alguna hostilidad. Si algún suspicaz ve en esta razón un gesto de endiosamiento por su parte y le dice que, hablando en tercera persona, usted quiere elevarse por encima de sí mismo, prepárele el siguiente y quinto argumento, completamente opuesto.
Esto es cosa de niños. Un crío que está adquiriendo una lengua dice: “El nene quiere parque” (y no “yo quiero ir al parque”) porque los niños tardan en aprender que hay elementos en los idiomas (yo, tú, aquí, allí...) cuyo significado depende de quién los profiera y en qué circunstancias. ¿Cabe imaginar criatura más entrañable que el elfo Dobby, de la saga de Harry Potter? Este personaje rehuía sistemáticamente el yo: “Dobby ha venido a proteger a Harry”, decía. Y hablaba así porque representaba una inocencia casi infantil. Observe que los propios adultos han de referirse a sí mismos en tercera persona cuando están hablando a sus hijos aún muy críos (“Mamá quiere que te portes bien”). ¿Quién podrá culparle a usted si habla en tercera persona a sus súbditos, sus empleados o sus correligionarios, si les está dispensando el trato que se reserva a quienes usted considera bajo su cuidado?
Por otro lado, y esta es la sexta razón, suenan muy vulgares otras formas que en la lengua española representan a la propia persona. No diga usted “este cura” como se usaba antes entre quienes no eran eclesiásticos (“Este cura no quiere desprecios”); descarte en el ámbito público formas como mi menda o el menda, propias de un lenguaje poco cuidado. Podría usar eso de servidor, palabra que también difumina el yo, pero tenga en cuenta que esa expresión lo sitúa como siervo de las personas ante las que habla, y si estas entienden literalmente la cortesía, pueden pensar que tienen derecho a subir al pedestal donde ya está usted. Ahórrese el experimento.
El séptimo argumento será terminológico: la práctica de hablar de uno mismo en tercera persona recibe el nombre de ileísmo, y es una denominación ilustre, porque en inglés illeism, (del latín ille, aquel) fue palabra tempranamente puesta en circulación en los textos del gran escritor y filósofo Samuel Taylor Coleridge, a primeros del siglo XIX. Es verdad que este escritor fue también quien popularizó otro término gemelo, narcissism, pero, nada, no haga caso.
Vayamos a la octava razón, sostenida sobre el fecundo pero ancestral principio de la auctoritas. Decenas de personas significativas han hablado de sí mismas con este procedimiento: en la política, por ejemplo, Perón, Charles de Gaulle, Gorbachov o Berlusconi. En los deportes tenemos el caso de Maradona, quien dijo: “Diego nunca se calló nada ni frente al poder más grande del mundo”. Y está el ejemplo que todos repiten siempre al hablar de este uso: Julio César escribió sus victorias en la Guerra de las Galias nombrándose siempre de esta manera distante (“César estaba resuelto a pasar el Rin”). Si funcionó para la Galia, ¿por qué no funcionaría para otras lides?
Y voy con la última razón, tan importante que vale doble: usted es excepcional y todo ser excepcional puede permitirse un poco de egolatría. Siempre habrá algún guasón que le recuerde aquello que cantaba Paco Toronjo: “Todo el que dice yo soy / es porque no tiene quien le diga tú eres”. Pero no se preocupe, muchos ni conocerán esa letra flamenca. Habiendo reguetón ¿quién piensa ahora en un modesto fandango de Huelva?
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