Y Feijóo cogió su fusil
En un tiempo y desde casi todos los partidos, la política exterior se guiaba por valores y principios generales antes que por el afán de desgastar al rival

Desde el ataque a Irán, Alberto Núñez Feijóo blandió su fusil dialéctico en favor de Donald Trump y contra la posición internacional de España. Justificó los bombardeos Trump-Netanyahu con una teoría capciosa: “Antes del derecho internacional están los derechos humanos y en Irán no se protegen”.
Todos los añadidos son mera pimienta contra su Gobierno. Como ese de que “lo que ya es el colmo” de Pedro Sánchez es que “polemiza en público con Trump”. ¿Mejor debatir en una guardarropía? El yerro del antipatriotismo como parte del partidismo opositor no ha sido permanente. En un tiempo y desde casi todos los partidos, la política exterior se guiaba por valores y principios generales antes que por el afán de desgastar al rival.
Desmarcarse en esa política de tu Gobierno (tuyo aunque te irrite); o sea, de quien encarna en cada momento tu Estado (al que un patriota asegura pertenecer); es decir, de tu país (al que promete todo por la patria), solo era pensable en caso grave de extremo desvarío. Como el de apoyar una guerra (“preventiva”) sin previa amenaza-existencia de armas de destrucción masiva.
Aunque la costumbre ya va siendo la contraria. Así sucede con el abuso ventajista de la pertenencia de España a la Unión Europea, apelando a sus instituciones en batallas domésticas carentes de sentido de país y al cabo archivadas. Pero que aprovechan a otros. Caso insólito entre los Veintisiete.
Hoy la novedad es el argumento dizque jurídico que se pretende coartada a la agresión. Una disparatada jerarquía de derechos según la cual los derechos humanos primarían sobre el derecho internacional.
Cuando uno y otros son inseparables. Cuerpo de su cuerpo y sangre de su sangre. Lea el opositor a la cátedra de La Moncloa el Tratado de la Unión, que “se fundamenta” en el “respeto” a la libertad, la democracia, el Estado de derecho y los “derechos humanos”; que su “finalidad” es “promover la paz”; y que en sus relaciones “con el resto del mundo” promoverá sus “valores e intereses” y el “estricto respeto” al “derecho internacional”, en especial a la “Carta de las Naciones Unidas” (artículos 2 y 3). Todo en idéntico plano jerárquico, el de los primeros artículos del título primero, el de más alto rango constitucional. No antes o después, a volátil capricho propio.
Lea enseguida la Carta de la ONU, a la que los europeos debemos obediencia reforzada. Prohíbe “los actos de agresión” (artículo 1). Obliga a los Estados a arreglar sus controversias “por medios pacíficos” y abstenerse de “la amenaza” o el “uso de la fuerza” contra “la integridad territorial” o la “independencia política de cualquier Estado” (artículo 2).
Permite, eso sí, la “legítima defensa”, pero solo “en caso de ataque armado” desde otro país (artículo 52). La diferencia entre las guerras de agresión, ilegales; y las acciones de autodefensa, legítimas. Un abismo las separa.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.





























































