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Red de redes
Columna

Cuando te crecen los ‘niños rata’

Esto no iba de si te salía un hijo ‘therian’, sino del contrataque de chavales buscando bulla en nuestras plazas

Un joven de 17 años de Barcelona que se identifica con un lobo.Enric Fontcuberta (EFE)

No fue una quedada therian, sino un contrataque de niños rata. La semana pasada, el bulo de la invasión de jóvenes que se identifican con animales provocó una oleada de pánico moral en España. De esa subcultura marginal se vieron pocos integrantes, pero quienes sí abarrotaron las plazas buscando bulla fue otro tipo de especimen mucho más integrado de lo que creemos, el niño rata adolescente.

Al niño rata se lo empezó a llamar así a mediados de la década pasada. Fue un insulto que nació en la comunidad gamer y que venía a referirse a esos críos molestos que se infiltraban en las partidas de videojuegos online a gritos, matando a jugadores porque sí, fastidiando la dinámica del juego. Eran bastantes fáciles de detectar porque insultaban por el micro y se pasaban horas enganchados a las partidas, incordiando e impartiendo el caos. Cuando no estaban jugando al Minecraft o Call of Duty, se la liaban a sus padres en restaurantes y reuniones por el delito de aburrirse. Y cuando les daban una pantalla para callarlos, se enganchaban a canales de YouTube en los que otros chavales en grupo se forraban a costa de hacer bromas a colectivos vulnerables, acosaban a chavalas creyendo que se las ligaban o regalaban dinero a personas en situación de sinhogarismo para sentirse como dioses. Esos niños rata de ayer son los que hoy están a punto de ejercer su voto, se sienten cómodos con el algoritmo que grita “Pedro Sánchez, hijo de puta”, comparten memes homófobos, transfóbos y sexistas por las risas y han visto como su contenido sugerido en redes ha sido cooptado por voceros de extrema derecha.

Existen dos razones por las que muchos padres de niños rata no serán capaces de detectar que su hijo lo es y que, además, es carnaza de la ultraderecha. La primera es por los logros de la “subversión progresiva”, una estrategia que instauró el activista austríaco de la derecha Martin Sellner en su libro Identitario, historia de un despertar, aconsejando no llamar las cosas por su nombre pero sí aprovechar las contradicciones ideológicas para volver al fascismo de toda la vida. La subversión progresiva es no afirmar abiertamente que la raza blanca es superior, sino defender la importancia de mantener a las diferentes razas separadas por su propio bien o animar a chavales a que vayan a plazas a acosar a lo diferente porque quien dice therian dice persona trans, migrante o disidente de la norma. Y todo con el beneplácito de las chill girls, la nuevas chicas sin drama. Por cada tres niños rata en esas plazas había una chavala que ha crecido interiorizando la reacción al feminismo. Ahora, para gustar e integrarse en los espacios digitales y en la calle, no conviene alzar la voz, cuestionar o confrontar un comentario sexista, homófobo y racista. Son las que miran, y aunque estén incómodas con risa nerviosa, nunca rechistan.

El segundo motivo es porque siempre se perdonará al hombre imbécil. No importa su edad ni lo que haga. No sé qué dijeron la mayoría de los padres cuando sus hijos ineptos les enseñaron riéndose los vídeos de sus amigos haciendo bullying e insultando en esas quedadas. Me imagino a muchos escudándose en lo que su chaval es bueno y cariñoso en casa, que solo es un desastrito que no suelta el móvil, que sí que sigue en redes a gilipollas haciendo bromas sin gracia, pero que cómo va a ser facha si no se entera de nada, si es solo un chaval y ya sabemos que los chicos son así. Y tanto que lo sabemos. El patriarcado sobrevive porque siempre será menos perjudicial ser visto como un incompetente que como un ser malvado. Esto no iba de si te salía un hijo therian. Pero si voló tan alto esa excepcionalidad fue porque era más cómodo imaginarlo que asumir lo que todos vimos: las consecuencias de que nos crezcan los niños rata.

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