Ir al contenido
_
_
_
_
Tribuna

El pensamiento de Tomás y Valiente, a 30 años de su asesinato

Revivir las virtudes del que fue presidente del Tribunal Constitucional y consejero de Estado es revivir su pensamiento, que conserva plena actualidad

El magistrado Francisco Tomás y Valiente, expresidente del Tribunal Constitucional, asesinado por ETA en 1996. NINES MÍNGUEZ

En el Pleno del Consejo de Estado celebrado el 19 de febrero de 1996, tan sólo cinco días después del asesinato del Consejero Permanente de Estado Francisco Tomás y Valiente, pronuncié, en mi condición de presidente de la institución en aquella fecha, entre otras, las siguientes palabras: “El asesinato del muy querido consejero Francisco Tomás y Valiente nos ha dejado helado el corazón. El corazón de cada uno de nosotros que él se había ganado por su grandeza de espíritu, su bondad y su inteligencia. (…) Han asesinado al catedrático Tomás y Valiente, al expresidente del Tribunal Constitucional, al consejero permanente de Estado, por lo mucho que encarnaba y representaba y para que no siguiera hablando, para impedir que continuara escribiendo, para tapar su boca definitivamente. Su prestigio, su voz, y sus escritos llegaban a todos. Creaban opinión pública, influían en los grupos sociales más heterogéneos, intelectuales, políticos, universitarios, profesionales, sindicales, económicos, juveniles. La perspectiva que trágicamente da la muerte nos hace ver más claro que Paco Tomás y Valiente era un español sobresaliente y necesario. Sabía decir y tenía la valentía de decir lo que una inmensa mayoría pensaba. Desempeñaba una función pedagógica, social y política con la credibilidad además que da la hondura del conocimiento y la independencia de juicio (…) Su pensamiento fue siempre la expresión de los valores y los grandes objetivos constitucionales sobre los que está construida nuestra convivencia”.

Cumplidos 30 años de aquel cruel asesinato, me parece justo y necesario evocar su memoria y seguir el consejo que daba Ortega y Gasset con motivo del fallecimiento de su íntimo amigo, el toledano Francisco Navarro Ledesma: “No reduzcamos los muertos a las obras que dejaron: esto es impío. Recojamos lo que aún quede de ellos en el aire y revivamos sus virtudes”. Revivir sus virtudes es revivir su pensamiento, que conserva plena actualidad. Veámoslo.

En 1992 pronunció Tomás y Valiente la conferencia titulada Raíces y paradojas de una conciencia colectiva. En ella se pregunta: ¿Qué es España?. Y se responde: “Las naciones son, y solo son eso, realidades construidas en la historia y, en cuanto tales, de contenido y caracteres variables. La historia es libertad, no destino, y los sujetos colectivos que la hacen no son entidades definidas desde la eternidad o desde unas inmutables bases naturales, sino flexibles y relativas construcciones políticas, lingüísticas y culturales”. “Si se quiere recuperar y fomentar la conciencia nacional hay que hacerlo fundándose en una idea de nación entendida como comunidad de historia, de una historia plural y compleja; como comunidad de lenguaje, de una lengua común, no necesariamente única; como comunidad de cultura de la que somos beneficiarios (…) Entre la exaltación nacionalista y el olvido de la realidad nacional de España (…) entre unos y otros extremos tiene cabida la conciencia de pertenecer a una realidad histórica nacional, desde hace siglos reconocida con el nombre de España (…) Ni en la raza, ni en la sangre, ni en la historia la pureza es lo que vale, sino el mestizaje. Nuestra historia es rica porque es diversa y es plural”. Más adelante añadió: “La Constitución española de 1978, en cuanto equilibra la unidad de España con la pluralidad autonómica, es la más adecuada a la secular organización —o Constitución política no escrita, pero jurídicamente vinculante— de España”.

En 1992, al cesar como presidente del Tribunal Constitucional, reafirmaba Tomás y Valiente: “Con ella —con la razón jurídica— hemos procurado interpretar nuestra Constitución y potenciar los valores de libertad, justicia, igualdad y pluralismo político en esta propugnados”. “Sobre la base de esa doble legitimidad de origen y ejercicio, el Tribunal ha defendido la supremacía normativa de la Constitución, ha hecho más cohesiva y equilibrada la arquitectura vertebradora de España y ha amparado y definido los derechos fundamentales, que responden a un sistema de valores y principios de alcance universal y que asumidos como decisión constitucional básica, han de informar todo nuestro ordenamiento jurídico”.

Días antes de su asesinato, publicó el consejero Tomás y Valiente un trabajo sobre la obra de François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el Siglo XX. En ese trabajo reitera un pensamiento que es recurrente en toda su producción académica. Dice así: “Hay algo de cuya desaparición en el horizonte intelectual de nuestros días quiero manifestar mi satisfacción. Me refiero al desengaño respecto a la existencia de leyes de la historia. Si no hay leyes de la historia es porque el hombre es libre. Libre incluso para equivocarse. Libre para vivir sin esperar a ningún Godot, sin creer en ninguna redención o salvación o revolución regeneradora, que luego ya se ve en qué quedan. No nos hagamos falsas ilusiones: la historia no está ni terminada ni resuelta en nombre de leyes conocidas. No tenemos más remedio que seguir pensando. Afortunadamente”.

En el estudio introductorio a los Discursos del asturiano Agustín Argüelles, el catedrático Tomás y Valiente recuerda que “un político, si es noble, trata de realizar ideas, de que la realidad de la sociedad a la que pertenece y en la que actúa se aproxime al universo de las ideas en las que cree (…) Si de un político hablamos, estaremos refiriéndonos a alguien esforzado en convertir el pensamiento en obra transformadora u ordenadora de la sociedad”.

Subyace en el párrafo que se acaba de transcribir una concepción de lo público con arreglo a la cual no es la acumulación de cosas materiales la causa eficiente del esfuerzo que exige el recto desempeño de la función pública, ni el móvil determinante de la autoexigencia en el servicio que se presta, sino otro tipo de compensaciones inmateriales, medibles con parámetros más próximos al prestigio moral, a la convivencia solidaria y a la búsqueda de soluciones a los problemas de los ciudadanos. Es una percepción de la cosa pública comprometida con la consecución del bienestar y con la corrección de las injustas desigualdades. Es una visión de lo público que genere en las personas actitudes de confianza, virtudes cívicas, una idea, en fin, del servicio público que facilite la entrada en nuestras vidas de las mayores dosis posibles de ilusión y de grandeza.

En el trigésimo aniversario de su asesinato, recuerdo el actualísimo pensamiento de Francisco Tomás y Valiente, un español ejemplar en el más noble y exigente sentido de la palabra.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_