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COLUMNA

Repeticiones inaudibles

El eco tiene una propiedad curiosa: a veces se adelanta

A veces me pregunto si la paloma que se cruza en mi camino al atravesar la plaza de la Cibeles de Madrid es la misma que picotea los restos de un donut en Trafalgar Square, Londres, frente a un tipo algo perplejo que observa a la suya como yo a la mía. ¿Podrían ser esas dos aves el producto de un desdoblamiento? No hay manera de comprobarlo. Muere una paloma en Madrid y a la misma hora muere una en Londres. Mueren a la vez porque eran la misma, estaban duplicadas para proporcionarnos sensación de abundancia. ¿Cómo asociar esas dos muertes? Quizá la pierna de cordero al horno que me estoy comiendo yo en Ávila es la misma que se está comiendo usted en Segovia porque pertenecieron a dos corderos que eran un único cordero. Y esa mosca que acabo de fumigar cruelmente en mi despacho de Madrid es la que usted se ha cargado por el mismo método en su casa de México. ¿Todas las moscas son la misma mosca? ¿Todos los gorriones son el mismo gorrión? ¿Todos los peces son el mismo pez? ¿Todos los hombres son el mismo hombre?

En tal caso, la paloma de Cibeles sería el eco de la paloma de Trafalgar, o al revés. El eco es una repetición que llega tarde y, por llegar tarde, modifica un poco lo dicho. Si usted grita “esperanza” en una cueva, vuelve “esperanza”, aunque un poco gastada, quizá con una vocal disminuida. La paloma a la que le falte una pluma o esté tuerta en Londres sería el eco de la que está entera en Madrid.

Entre la mosca de Madrid y la mosca de México hay un volumen de aire donde algo se demora. La mayoría de las repeticiones son inaudibles; solo cuando chocan contra un acantilado de atención —soledad, fiebre, agotamiento— las oímos.

El eco tiene una propiedad curiosa: a veces se adelanta. Hay días en los que escucho el golpe de una puerta antes de que la puerta golpee. Un preeco, diríamos. El mundo es un parking subterráneo donde todo suena dos veces: primero como presentimiento, después como suceso.

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