Ir al contenido
_
_
_
_
TRIBUNA

La lectura, un antídoto contra la IA

Para preservar una sociedad libre y democrática, tenemos que mostrar nuestros libros con orgullo

Artículo de EL PAÍS Escaparte sobre la luz de lectura más vendida en Amazon.

Si las noticias internacionales en este comienzo de año no les parecen suficientemente apasionantes, les recomiendo que lean el informe anual de la consultora internacional Eurasia Group sobre los mayores riesgos para 2026 (Top Risks 2026). En medio de una serie de perspectivas verdaderamente estimulantes, como la revolución política en Estados Unidos, la guerra de Rusia contra la OTAN o la crisis mundial del agua, me ha hecho estremecerme especialmente el riesgo número 8: AI eats its users (“La IA devora a sus usuarios”).

No estamos hablando de una superinteligencia fuera de control, ni siquiera de la destrucción masiva de puestos de trabajo. El peligro que representa el despliegue comercial a gran escala de la inteligencia artificial (IA) es más insidioso. Aunque Eurasia Group subraya los beneficios de la IA para las ciencias y la tecnología, también prevé la mierdificación (término popularizado por el escritor británico Cory Doctorow para referirse al deterioro de la experiencia del usuario en las plataformas de Internet) de la IA generativa.

Aunque ChatGPT es hoy una herramienta relativamente limpia, sin publicidad y que no obliga a crear ninguna cuenta, es inevitable que algún día empiece a monetizar los datos que almacena, como antes lo hicieron Google o YouTube. Los financieros que han alimentado la extravagante valoración de la IA exigirán un retorno de la inversión que, una vez más, pasará por la manipulación de los usuarios, sus deseos y ahora, además, sus pensamientos. Las primeras muestras de integración de la publicidad en las respuestas de los asistentes virtuales son aterradoras: ¿Es posible que, en el futuro, nuestras decisiones más íntimas estén secretamente dirigidas por las multinacionales? En ese caso, desaparecerían por completo las fronteras entre la información objetiva, el sesgo algorítmico y la colocación de productos. Bienvenidos a la privatización de los cerebros.

Aparte del aprovechamiento económico, el ataque afecta a la propia cognición. Coincidiendo con las conclusiones de numerosos estudios de neurociencias, Eurasia Group anticipa “el declive de la humanidad pensante, sensible y social”. El desplome de la capacidad de atención ya explica el deterioro de la capacidad de lectura, escritura y cálculo en todo el mundo occidental. Por primera vez desde la Ilustración, la alfabetización está en retroceso. ¿Cómo podemos pensar que va a sobrevivir el espíritu crítico cuando el pensamiento salta sin cesar de un objeto a otro, excitado, agitado, impotente? ¿Qué forma de deliberación colectiva seguirá siendo posible cuando el que moldee nuestras opiniones sea nuestro mejor amigo virtual? La IA forma unos ciudadanos políticamente dóciles, fáciles de manipular y encerrados en sí mismos. Esta burbuja individualista representa, como adivinó Tocqueville, “una etapa muy peligrosa en la vida de los pueblos democráticos”, atraídos por la tentación de someterse al poder de unos líderes autoritarios que “son los únicos que actúan en medio de la inmovilidad universal”.

Debemos reaccionar de inmediato, ahora que nuestros cerebros no se han atrofiado aún del todo. Mientras los gobernantes occidentales se contentan con estudiar estrategias industriales insignificantes, como si la IA no fuera más que una nueva tendencia que no hay que perderse, el presidente chino, Xi Jinping, de cultura marxista-leninista, parece haberse hecho cargo del peligro y ha calificado los videojuegos de “opio espiritual”, lo mismo que pensaba Marx sobre la religión. A diferencia de Estados Unidos, que abre todas las compuertas de la intoxicación tecnológica, China está elaborando diversas normas para limitar la adicción y controlar los contenidos. ¿Podría Europa trazar una tercera vía entre la alienación capitalista y la represión socialista?

A la espera de una toma de conciencia política, contamos con un antídoto personal de lo más eficaz y al alcance de todos: la lectura. El Instituto Diderot acaba de publicar justo ahora, con el título La lectura en 2050, una conferencia del neurocientífico Michel Desmurget. En ella, en consonancia con sus escritos anteriores, lamenta el descenso general de la lectura —la lectura de libros, que no es lo mismo que la lectura de frases inconexas en una pantalla—: “Si el efecto cognitivo de los cómics y las revistas es prácticamente nulo”, explica, “el efecto de los medios digitales (blogs, redes sociales, SMS) es incluso negativo”. Nuestro cerebro no solo no puede delegar en la máquina la búsqueda de información, sino que necesita asimilar contenidos escritos para que seamos capaces de razonar y pensar por nuestra cuenta. Michel Desmurget destaca las virtudes de la lectura en el desarrollo de nuestras capacidades cognitivas: el coeficiente intelectual, la concentración, la capacidad de síntesis, la creatividad e incluso el nivel en matemáticas.

Hay que poner fin de una vez por todas a un argumento habitual entre los locos de la informática. A los tecnólatras más o menos expertos les encanta burlarse de Platón porque criticaba la escritura: los filósofos siempre han desconfiado sin más de las nuevas tecnologías, así que ¿por qué no vamos a sustituir hoy el libro por un agente de inteligencia artificial, igual que se sustituyeron las tradiciones orales por el libro? Sin embargo, si leemos atentamente el Fedro de Platón —en vez de pedirle a ChatGPT que nos lo resuma—, veremos que no se dice que la escritura sea una regresión, sino una innovación útil para otros fines, que complementa el arte del diálogo, sin sustituirlo. Las nuevas formas de comunicación deben sumarse a las ya existentes. Y la prueba de que Platón tenía razón es que, a pesar de la imprenta y el libro electrónico, la gente sigue siendo igual de aficionada a las conferencias y las conversaciones.

Para preservar una sociedad libre y democrática, tenemos que mostrar nuestros libros con orgullo. Esta es una batalla política que hay que librar en casa, pero también en el tren y en el café: ¡Que los lectores desafíen a todos los que están absortos en su pantalla!

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_