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tribuna
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La respuesta de Europa ante el retorno de las lógicas imperiales

Quienes se benefician de los recursos fósiles se han conjurado para hacer descarrilar por todos los medios la transición global de la energía que lideran los países europeos

Soldados europeos patrullan las heladas colinas de Groenlandia. Tras la acción militar en Venezuela y la captura y extradición de Nicolás Maduro, la anexión de la isla, negociada o por la fuerza, figura entre las prioridades de la actual administración de la Casa Blanca. Ambos movimientos reflejan las preocupaciones definidas por la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de Estados Unidos aprobada en noviembre pasado. Según dicho documento, el principal eje definidor de la política exterior estadounidense ha pasado a ser el dominio geopolítico pleno sobre la masa continental americana, incluyendo México, Canadá y, de forma especialmente importante la isla danesa.

En un mundo que se encamina hacia lógicas de poder duro y zonas de influencia, Washington ha comenzado aplicando la doctrina imperial de la ESN sobre el eslabón continental más débil, Venezuela, dada la falta de legitimidad del régimen. El control de las cuantiosas reservas de petróleo del país latinoamericano ha sido, sin duda, un muy poderoso aliciente, pero el dominio del continente ha sido y es la razón estratégica central. Por ello, a continuación ha puesto la proa hacia la isla de Groenlandia, sin prestar mayor consideración al hecho de que Dinamarca sea miembro de la Unión Europea y de la OTAN, así como un aliado tradicional de Estados Unidos.

Esta aparente contradicción se explica, sin embargo, leyendo atentamente el análisis sobre Europa de la mencionada ESN. El mensaje descodificado dice así. El tiempo en que os considerábamos nuestros aliados ha quedado atrás. Además, nos oponemos firmemente al actual proyecto europeo, queremos un cambio de régimen. Un asalto en toda regla que se suma al ya emprendido por Moscú con la invasión de Ucrania. Una pinza geopolítica que se sirve de los partidos patriotas de extrema derecha como terminal electoral, así como caballo de Troya.

Dos importantes claves para comprender la agresividad de la actual administración de EE UU hacia la Unión Europea y que han pasado hasta el momento relativamente desapercibidas. La primera, de carácter más ideológico y cosmovisivo, hace referencia a la fascinación que comparte con ciertas élites intelectuales rusas hacia lo que se ha denominado la Ilustración Oscura: un ataque filosófico, ideológico, político y moral contra la modernidad ilustrada surgida de 1789. Este asalto civilizatorio, que tiene en el joven vicepresidente Vance su garantía de continuidad, posee connotaciones muy profundas. La experiencia de la pandemia global de la covid mostró que la configuración antropológica de la modernidad es lo suficientemente sólida como para que, en las muchas y muy graves crisis por venir, la gestión de las mismas se articule desde el principio de igualdad republicana que inauguró la Ilustración. Por ello, la agenda reaccionaria busca horadar el suelo cultural y el sentido común de época que descansa en la convicción de la igualdad universal de todas las personas. Bajo esta perspectiva, la Unión Europea con su consolidado modelo de democracia liberal se presenta como la cristalización más firme de todo lo que buscan derribar. Un obstáculo prioritario en su proyecto de refundación del orden mundial sobre bases supremacistas, jerárquicas, patriarcales y autoritarias.

La segunda clave apunta a las bases materiales del poder. Tras las luchas ideológicas, de valores y de cosmovisiones siempre existen poderosos intereses económicos en juego. En los últimos años, el mundo se ha adentrado en una formidable transformación energética, impulsada por la disruptiva competitividad de mercado de las renovables, las baterías y la electrificación. Un shock que ha desatado las alarmas de los centros neurálgicos del privilegio energético fósil. Las magnitudes económicas implicadas son astronómicas, un tema que ha quedado mucho tiempo por debajo del radar en el debate público informado. Según la prestigiosa organización londinense Carbon Tracker Initiative, el conjunto del capital fósil global, incluyendo las reservas probadas en manos de empresas públicas y privadas, las infraestructuras de oferta y demanda y los activos financieros, alcanza en la actualidad los 97 billones de dólares, casi tanto como el Producto Interior Bruto mundial. Cabe recordar que EE UU, con 20 millones de barriles diarios es, de lejos, el primer país productor de petróleo del mundo y el mayor productor de gas. Rusia, con 10 millones, es el tercero, además de la segunda superpotencia gasística. Una posición de predominio que además les ofrece un mecanismo de coacción exterior, al que Europa es especialmente vulnerable.

A la vista de las magnitudes económicas y los reajustes geopolíticos implicados, se comprende que la descarbonización del sistema energético global es mucho más que un cambio tecnológico. Supone una profunda reorganización de las bases materiales del poder mundial. Y, de llevarse a cabo con éxito, supondría el mayor proceso de descapitalización de la historia económica por los ingentes recursos fósiles que habrían quedado varados. Mientras que el núcleo duro del sistema fósil se encuentra en Washington, Moscú y Riad, el 80% de la humanidad, incluyendo Europa, China, India, Japón y Corea del Sur, precisa importar la mayor parte de sus necesidades de petróleo y gas. Quienes se benefician de las ingentes rentas y activos patrimoniales derivadas de los recursos fósiles se han conjurado para hacer descarrillar por todos los medios la transición global de la energía. Y también en esa dirección la Unión Europea con sus políticas climáticas y de transición energética se erige como un obstáculo prioritario a derribar.

Ante este grave diagnóstico se impone una mirada realista. La visión de Europa articulada por la ESN de Estados Unidos surge de corrientes muy profundas de la historia. Europa debe responder. Nuestra propuesta se articula en torno a cuatro ideas fuerza.

La primera y más urgente, defensa incondicional de Groenlandia. Cualquier acción militar dirigida a la anexión unilateral de la isla será considerada un Rubicón por la Unión Europea y sus Estados miembro. Las capitales europeas llamarán a consulta a los embajadores y les comunicarán que la participación de sus países en la OTAN queda en suspenso, ya que Estados Unidos habrá dejado de ser considerado un país aliado.

La segunda, la Unión Europea ha de poner en marcha sin demora un salto cualitativo en su proceso de integración. Como reclamaban recientemente Enrico Letta, Josep Borrell y otros, es imprescindible poner fin a la capacidad de veto y bloqueo interno que poseen las naciones satélites del Kremlin dentro de Europa. Dada la dificultad para acordar por unanimidad la respuesta a la actual situación, la vía de la Cooperación Estructurada Permanente recogida en el acervo comunitario parece la opción más viable.

La tercera, los informes Draghi y Letta deben reorientar el presente y futuro económico de Europa. Se necesita un impulso expansivo sin precedentes financiado con la emisión de eurobonos, tal y como se ha hecho con la ayuda a Ucrania. Una inyección estructural de recursos que sirva para cubrir déficits críticos en materia de defensa europea, salvar la actual brecha tecnológica con China y EE UU y contribuir a reforzar el modelo social europeo, ingrediente secreto de la cohesión social de nuestro continente y expresión máxima de nuestros valores. Este enfoque económico habría de garantizar, asimismo, las inversiones requeridas por la Gran Adaptación Climática que habrá de desplegarse en los próximos años.

Finalmente, Europa ha de reformular sus relaciones internacionales para sobrevivir y prosperar en un mundo posatlantista. En un contexto que se desplaza aceleradamente hacia lógicas de poder duro, Europa no puede nadar sola asediada por depredadores imperiales. China es hoy día un factor de estabilidad geopolítica y epicentro de la gran transformación del sistema energético. A la Unión Europea le interesa una aproximación cooperativa de largo alcance estratégico con el país asiático, nucleada en torno a la transición energética, la acción climática responsable, relaciones comerciales en pie de igualdad y la defensa de un mundo basado en reglas, el multilateralismo y el sistema de Naciones Unidas.

Tras el retorno de las lógicas imperiales, la Unión Europa encara el que posiblemente sea el mayor desafío existencial de su historia. Sin una reacción adecuada, enfrentamos la posibilidad real de su desintegración en los próximos años. Las capitales decisivas —Berlín, París, Madrid, Varsovia…— han de reaccionar. Es urgente un punto de inflexión.

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