María Corina Machado: la gran humillación
Para apoyar la democracia en Venezuela acaso debemos promover un próximo Nobel para Delcy Rodríguez


Todos guardamos trofeos de barrio, de cuando ganamos un concursillo en la fiesta de fin de curso o nuestros hijos recibieron el diploma de natación. Tesoros íntimos que crían polvo en los cajones de casa como prueba de una vida con fogonazos de una alegría más grande que cualquier gordo de la lotería. No es que fueran pequeños pasos para el hombre y grandes para la humanidad, claro, sino todo lo contrario: inanes para los demás, enormes, pura ilusión para la historia íntima de aquellos a los que amamos.
Nada de ello se parece a un Nobel de la Paz, cierto, pero lo defenderíamos de cualquier caso con uñas y dientes. Pobres de los extraterrestres que quisieran invadirnos. Por ello es esperpéntica la humillación de María Corina Machado, que entrega su galardón al emperador de este nuevo régimen absolutista, doblegada, a cambio de unas migajas o nada.
Y no estamos ante una premiada que se desprende generosamente del trofeo para dedicárselo a las víctimas por las que lucha, no, sino ante el vasallaje, la rendición ante el autócrata que va a dictar el futuro de Venezuela. Se llama adulación, soborno, indecencia.
Nadie se salva en esta exhibición de humillación colectiva, en esta subasta pública de ese bazar llamado Casa Blanca a cambio de sus favores. Mucho más valioso que un galardón, Delcy Rodríguez ha entregado a Trump a su presidente Maduro (ex ante o ex post) y, sobre todo, millones de barriles de petróleo que fluirán rumbo a unas cuentas corrientes que nada tienen que ver con Venezuela. Una medallucha bañada en oro poco puede competir con semejante botín.
Los opositores, los demócratas del mundo entero y quienes queremos ver la libertad en Venezuela no hemos entendido nada. A ver si nos enteramos: para que Trump vire contra Delcy Rodríguez solo tenemos que promover un próximo Nobel de la Paz para la actual presidenta. Será la única manera de que el autócrata se enfade de pura envidia y, acaso entonces, busque otra celda en Nueva York para ella. Y una lección para todos: el pelota de la clase, aquel de quien nos reíamos por humillarse hasta su degradación, es quien gana en el mundo de hoy. El de los brutos del ICE, nuevos gladiadores al servicio de la crueldad de Trump, el de la arbitrariedad de Elon Musk y el poder de las tecnológicas en alianza con la nueva autocracia que quiere aplastar a los débiles. La ley del más fuerte ha vuelto y gana quien soborne mejor.
Y la culpa de esto no es de Sánchez. Ni de Zapatero.
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