El mejor antidepresivo está en los bancos de las plazas
En tiempos de prisa, algoritmos y desconfianza, escuchar y ser escuchado se ha vuelto un acto político


“La comunitaria es nuestra forma natural”, afirmaba el guionista Eduard Sola en un artículo el pasado noviembre. Y no puedo estar más de acuerdo con él porque, en una época en que se recetan ansiolíticos más rápido de lo que se hacen amigos, hemos olvidado algo esencial: el bienestar mental no es solo un asunto de química cerebral, sino de vínculos humanos.
La salud mental cotidiana depende tanto del afecto y la comunidad como de la terapia o la medicación. Pero algo no estamos haciendo bien, puesto que vivimos una epidemia de soledad. Los datos son elocuentes. España, el país famoso por su mediterraneidad, extroversión, fiestas y relaciones sociales, ostenta el récord de mayor consumo de psicofármacos: casi uno de cada cuatro adultos ha tomado ansiolíticos o antidepresivos en los últimos años (Ministerio de Sanidad, 2023). Paralelamente, la mitad de la población afirma sentirse sola, especialmente jóvenes y personas mayores. Pero lo más inquietante es que esta soledad no siempre se debe a la falta de gente alrededor, sino a la falta de vínculos significativos. Vivimos rodeados y, al mismo tiempo, desolados.
No hay mente sana en un entorno hostil o indiferente. El psicólogo social Julian Rappaport ya lo advertía en los años setenta: “Los problemas personales son, con frecuencia, el reflejo de problemas sociales mal resueltos”. El malestar cotidiano —ese cansancio vital, la desigualdad, la sobrecarga, la sensación de vacío o de no tener a quién contarle lo que nos pasa— no se cura con pastillas, sino con reconocimiento de las causas, políticas públicas contundentes y relaciones personales. Y aquí es cuando entra en juego el poder de la conversación.
En Zimbabue, el psiquiatra Dixon Chibanda decidió hace más de una década que, en un país con apenas una docena de profesionales de salud mental para millones de habitantes, la solución no podía ser esperar más psiquiatras. De modo que pidió ayuda a mujeres mayores que quisieran colaborar altruistamente en su proyecto. Nacieron así los Friendship Benches, o “bancos de la amistad”. Las 14 voluntarias se formaron en escucha activa y técnicas conductuales de apoyo emocional, y a partir de ahí, se sientan cada día en bancos públicos a conversar con personas que sufren ansiedad o tristeza. El programa ha ido creciendo hasta incluir a miles de “escuchas mayores” (grandmothers) que han atendido a cientos de miles de personas.
El resultado ha sido sorprendente. Estudios publicados en JAMA Network Open (2019) mostraron que quienes participaron en el programa redujeron sus síntomas depresivos de forma más significativa que los tratados con métodos convencionales. Un hallazgo clave es que, tras unas pocas sesiones, la intervención contribuyó a que el 98% de las personas con ideación suicida ya no fueran suicidas seis meses después (según datos del programa en 2021). El modelo se ha replicado en otras comunidades vulnerables y países, incluso en Nueva York. Su esencia sigue siendo un banco en un parque donde sentirse escuchado con afecto y sin juicio.
La falta de vínculos sociales aumenta el riesgo de muerte tanto como el tabaquismo o la obesidad, según demostró la psicóloga Julianne Holt-Lunstad, en Perspectives on Psychological Science (2015). Así que se están desarrollando otras iniciativas similares en el mundo. Colocar “bancos de la amistad” en centros educativos fue también la propuesta de una niña de nueve años en Burgos en 2019. Su objetivo era crear espacios solidarios de conversación para combatir el acoso escolar: conversar para prevenir.
En España, diversas comunidades han incorporado la “prescripción social” a través de sus departamentos de Salud: profesionales de la medicina que recetan actividades comunitarias en lugar de fármacos para el malestar leve. Puede ser un club de lectura, un grupo de jardinería o una clase de canto y baile. La evidencia muestra que reducen la ansiedad, mejoran la autoestima y disminuyen el uso de servicios médicos, aunque todavía no es suficiente.
Todas estas prácticas comparten algo fundamental: transforman la soledad en pertenencia y el aislamiento en apoyo mutuo. Son espacios donde la comunidad vuelve a ejercer su función protectora. Saber que se cuenta con otros amortigua el impacto del estrés y refuerza la autoestima. No es casual que las culturas con mayor tejido comunitario reporten menores tasas de depresión. Simplemente, la amistad es un bien de salud pública.
Quizá la escena más sencilla —dos personas que conversan sentadas en un banco— sea también la más revolucionaria. En tiempos de prisa, algoritmos y desconfianza, escuchar y ser escuchado se ha vuelto un acto político. Los bancos de la amistad nos recuerdan que el afecto y la comunidad no son un lujo, sino un sistema inmunitario colectivo.
Porque, al final, el mejor antidepresivo puede que no esté en la farmacia, sino en el banco del parque donde alguien nos espera para hablar, sin mirar el reloj.
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