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Columna
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¡Cállate la boca!

Están crecidos y te mandan cerrar el pico con esta nueva agresividad que abanderó Elon Musk con éxito

Ya está, hemos llegado a ese momento en que la extrema derecha nos explica qué es la clase trabajadora. Es excitante asistir al inaudito espectáculo de cómo alguien que por norma niega los derechos conquistados de esa misma clase aborda un discurso casi romántico sobre lo que el pueblo espera. ¿Qué quiere la pobre gente?, se pregunta retóricamente el iluminado: la gente humilde (suena un violín de fondo) quiere tener su pisito, su boca de metro cerca, quiere paz, seguridad, no quiere que violenten sus tradiciones, quiere escuchar el mismo idioma al vecino, quiere y tiene derecho a que el vecino se le parezca.

Deberíamos concluir antes de que sea demasiado tarde, que, como la historia nos advierte, si un reaccionario extremo se arroga el derecho de explicar y traducir los anhelos de los trabajadores es porque algo le dice que la realidad se ha puesto de su parte. Aquí y acullá. Hubo otros tiempos, no tan lejanos, en que dicho personaje no se hubiera atrevido a pronunciar tan osado discurso, porque esa misma clase a la que define, entonces llamada obrera, jamás hubiera permitido ser representada por quienes siempre prefirieron la limosna a los derechos. Pero, reconozcámoslo, su momento nos acecha. Están crecidos.

Esta es la semana en que Giorgia Meloni manda callar a quienes se atreven a hablar de Venezuela sin verdadero conocimiento de causa, dice, porque no han sufrido represión ni carencias ni miedo ni miseria. Hay una parte de verdad en ello, pero tampoco Meloni ha padecido esa tiranía y habla de ella con total desparpajo. Lo que pretende la italiana con este argumento tramposo es callar la boca a quienes estamos convencidos de que invadir un país es rebasar el límite de lo inaceptable, callar a quienes sabemos que la paz social jamás se reinstauró a bombazos, a quienes recordamos que la democracia, en manos de algunos, fue y es una bomba de destrucción masiva. La democracia fue la excusa en otro tiempo. Ya ni eso.

Pero parece ser que hay que callarse. Te mandan cerrar el pico con esta nueva agresividad que abanderó Elon Musk con éxito, a qué negarlo. Calla, calla y admite que el Imperio tiene todo el derecho a bombardear un país, secuestrar a su tirano y juzgarlo, como si el pueblo afectado no alcanzara la mayoría de edad; calla y asume que siempre será preferible estar bajo el amparo de este nuevo colonialismo; calla, como deberías callar cuando se declara un falso acuerdo de paz en Gaza porque siempre será mejor que los niños se mueran de frío que bajo las bombas; calla y olvida de una vez a esa pobre gente; calla y ni se te ocurra sugerir que es patético rendir pleitesía al poderoso ofreciéndole tu premio Nobel de la Paz en nombre del pueblo; calla, pero ¿tú qué demonios sabes de Groenlandia? ¿Acaso no les convendría estar tutelados por un rey más cercano? Calla y reconoce que las ideas de legalidad europeas están caducas, que como dice este nuevo rey David, somos un continente en decadencia, con viejas ideas que resultan ridículas ante el uso desacomplejado de la fuerza bruta. Calla, porque si la historia es cíclica, este ciclo lo lideramos nosotros: aprenderemos del rey, que se perpetuará en el poder, si no en la Casa Blanca, sí desde el castillo de Mar-A-Lago. Cuenta con partidarios suficientemente violentos como para crear un reino paralelo. Calla, llorón. Ya glosó este fin de época el gran Luis Eduardo Aute en aquella canción profética: “Qué me dices,/ cantautor de las narices,/ que me cantas/ con ese aire funeral/; si estás triste/, que te cuenten algún chiste;/ si estás solo, púdrete en tu soledad; /vete al cine/, cómprate unos calcetines/, date al ligue/, pero deja de llorar, /o es que acaso/ yo te cuento mis fracasos/, solo quiero echarme un trago/ y aún te tengo que aguantar”.

¡Calla la boca, progre, chari!, reclaman a gritos quienes llevan años lamentando que no hay libertad de expresión. Se ve que la querían y la quieren solo para ellos.

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Sobre la firma

Elvira Lindo
Es escritora y guionista. Trabajó en RNE toda la década de los 80. Ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por 'Los Trapos Sucios' y el Biblioteca Breve por 'Una palabra tuya'. Otras novelas suyas son: 'Lo que me queda por vivir' y 'A corazón abierto'. Su último libro es 'En la boca del lobo'. Colabora en EL PAÍS y la Cadena SER.
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