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Columna
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Vicente ‘el Comunista’

No solo dedicaste tu vida a luchar por la dignidad de los humildes, sino que la encarnaste

Decías que no te ibas a morir nunca y te nos fuiste la noche de Reyes, tú que eras republicano. Si alguien te lo hubiera anunciado, habrías negado con la cabeza, te habrías cagado en Dios y luego te habrías reído. Pero el Altísimo es un tío divertido e igual esta es su pequeña venganza por tus improperios.

Decías que no te ibas a morir nunca y así titulé una columna que escribí en el primer cumpleaños que celebramos tras la muerte de la abuela, creo que te caían 85. Allí estábamos todos: tus seis hijos vivos, tus veintimuchos nietos, tus nueve bisnietos y el perro Matute. El día de tu entierro abrí una caja que tenías en la habitación —sabes que siempre fui muy bacina— y junto a una bolsa con pesetas y alfileres de boda me encontré la columna recortada. En la parte superior habías escrito, con esa letra titubeante y llena de florituras que tenéis los niños de la posguerra: “17 de julio. Qué bien lo pasamos. Pero yo tuve ratos medianos porque echaba de menos a mi María. Nunca la olvidaré”.

Aprendiste a hablar de amor pasados los 80, cuando tu María se fue y empezaste a tener ratos medianos. Tú que decías que las flores no valían para nada, que solo plantabas cosas que sirvieran (y por cosas que sirvieran entendías, claro, que se comieran), fuiste cada día al cementerio para regar las macetas que colocaste sobre su tumba. Así nos enseñaste que uno no deja nunca de cambiar, y eso que la flexibilidad no fue uno de tus dones.

También nos enseñaste que, en un mundo en el que nos pasamos el día hablando pero donde las palabras cada vez significan menos, las ideas, si no se viven, sirven de poco. No firmaste un tratado político, pero hiciste algo mejor: dar testimonio de que existe otra forma de estar en el mundo, una en la que ningún hombre es más que otro. Una en la que justicia social o conciencia de clase no son significantes flotantes sino formas de vida.

¿Te acuerdas cuando saqué el libro y vinieron los de The New York Times? Les mostraste los aperos que tenías en el corral y el bonsái que habías convertido en un gran olivo porque te parecía que estaba enrratonao. Les contaste que creciste sin padre porque murió exiliado y que, siendo padre tú, tuviste que emigrar a Alemania. Te escucharon fascinados, supongo que por lo exótico que debía parecerles tu corral lleno de botes de pintura convertidos en macetas y porque tu historia fue la de toda una generación, la de toda una clase. En su crónica, el periodista escribió: “Cuando le digo a Mr. Simón que va a ser fotografiado, me pide tiempo para arreglarse y cambiarse de ropa. Pronto vuelve con un jersey idéntico al anterior”. Puede que a los yanquis les pareciera un chascarrillo, pero ese gesto encerró algo muy bello: la dignidad de los humildes. No solo dedicaste tu vida a luchar por ella, sino que la encarnaste.

En herencia no has dejado joyas ni relojes, no has dejado tapices ni jarrones, sino algo mucho mejor: la conciencia de que nada de eso es importante. Hay quien, en sus últimos días, repasa sus éxitos laborales, sus acciones en Bolsa o sus propiedades. Tú los dedicaste a hablar de tu María y de la gran familia que engendrasteis, con el único orgullo permisible en la mirada: el de los sencillos, el que nace de las cosas importantes. Así te recordaremos: orgullosos de sabernos hijos, nietos o bisnietos de Vicente El Comunista, el de la calle el Cristo, un hombre que amó la tierra, la vida y al otro, un hombre bueno. Con la conciencia, que tú nos transmitiste, de que ese es el mejor de los legados.

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Sobre la firma

Ana Iris Simón
Ana Iris Simón es de Campo de Criptana (Ciudad Real), comenzó su andadura como periodista primero en 'Telva' y luego en 'Vice España'. Ha colaborado en 'La Ventana' de la Cadena SER y ha trabajado para Playz de RTVE. Su primer libro es 'Feria' (Círculo de Tiza). En EL PAÍS firma artículos de opinión.
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