Venezuela, en la sala de espera
La verdadera intervención no ocurrió en la madrugada del 3 de enero sino que está por venir, al margen del pueblo venezolano

Ver esposado a Nicolás Maduro puede, sin duda, darnos a los venezolanos una rara felicidad. El hombre que robaba elecciones y mentía sin ningún pudor, que se burlaba de todos y hacía chistes sobre los migrantes, que llenaba las cárceles de inocentes y se jactaba de dormir como un bebé, ahora está preso. Pero esta extraña sensación, sin embargo, no alcanza para tapar la alarma ante la condenable intervención de Estados Unidos en Venezuela. Lo accidental se ha convertido en nuestra rutina. Y este nuevo giro de la historia apenas comienza. Nadie sabe qué puede pasar. Mientras escribo estas palabras, la realidad quizás las envejezca de manera instantánea. Es imposible contar lo impredecible.
Varias veces, Donald Trump ha resaltado el carácter fílmico de la operación militar norteamericana que, en la madrugada de este 3 de enero, sacó a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores de su fortaleza. Fue un procedimiento quirúrgico, ejecutado con precisión, que deja abiertas demasiadas preguntas y varias sospechas sobre los cuerpos de seguridad y de inteligencia de Venezuela. En menos de tres horas, los militares gringos entraron al territorio nacional, llegaron al lugar más seguro del país, protegido por policías, militares y por escoltas cubanos, sacaron a la mayor autoridad de la dictadura chavista y volvieron a salir del mapa. Toda la secuencia, ciertamente, tiene algo de fantasía audiovisual, incluyendo —por supuesto— su “final feliz”.
Que alguien castigue y someta al representante máximo de la corporación que ha saqueado al país, que ha oprimido y reprimido cruelmente a la población, siempre es gratificante. “Maduro ya no puede bailar”. Aunque nadie diga la frase, esas comillas están flotando hoy por todo el mapa de Venezuela.
Sin embargo, esta película puede ser engañosa. Sólo muestra un momento fugaz de una historia mucho más compleja y difícil. Hasta el momento, apartando la madrugada turbulenta, llena de explosiones y la rueda de prensa de Trump, el país parece haber quedado a la expectativa, con más silencios y dudas que certezas. No es un salón de fiestas. Tampoco es un territorio de luchas y de resistencia. Ahora nos gobierna el desconcierto. Venezuela parece una enorme sala de espera. Una obra donde tanto los espectadores como los posibles actores están paralizados, atentos, vigilando los movimientos de los otros, aguardando señales… En medio de un contexto de violencia, en un país donde sobran las armas y existen organizaciones paramilitares asociadas con el crimen organizado, de pronto el tiempo parece haberse suspendido por un momento, la historia ha entrado en una pausa perturbadora.
En su rueda de prensa, Donald Trump eligió colgarse de su fantasía fílmica. Habló, con torpe y feroz ligereza, como si Estados Unidos hubiera “liberado” a Venezuela. Como si todos los problemas estuvieran resueltos. Como si ya el chavismo no existiera. Como si tampoco existieran los ciudadanos. Como si la historia realmente fuera como una vieja película de guerra donde —con 11 helicópteros y pocos disparos— los soldados norteamericanos le devuelven la libertad un país salvaje. Su simpleza mágica es aterradora. Trump habla como si creyera que, al tener a Maduro esposado, en un tris, Venezuela pasa instantáneamente a ser su feliz colonia. Su versión del futuro es alarmante. Sólo deja claro que la verdadera intervención no ocurrió en la madrugada de este 3 de enero sino que, más bien, está por venir.
En medio de frases vagas, respuestas esquivas y afirmaciones disparatadas, sólo permanece la insistencia en el tema petrolero. También repite, cada vez que puede, su rol de imprescindible salvador, por supuesto. Pero, del resto, todo lo demás es un enigma. Trump piensa que él y los chicos que están detrás de él son un buen team para administrar nuestro pequeño país sudamericano. Pero nada de lo que anuncia parece tener un asidero concreto ¿Qué va a pasar? ¿Qué sigue? La única respuesta es que ya están en conversaciones con la vicepresidenta Delcy Rodríguez y que todo fluye muy bien. Esto sólo alimenta la hipótesis que algunos sostienen sobre que hubo un acuerdo y que, de alguna manera, Maduro y Flores fueron “entregados”. El futuro, entonces, regresa al mismo agujero en el que país ya se encontraba. Todo de pronto es tan absurdo que resulta irreal.
En Venezuela, mientras tanto, hay un exceso de silencios. No ha habido demasiadas declaraciones oficiales, tampoco información sobre las acciones del operativo militar de Estados Unidos. Los canales privados de televisión están censurados y en la primera imagen oficial de una reunión conjunta de las autoridades, aparecieron todos los líderes de la revolución con caras largas pero en calma. Delcy Rodríguez exigió la liberación inmediata de Maduro pero, casi de inmediato, también invocó el diálogo y la disposición a negociar con Estados Unidos. Ya la máxima autoridad de justicia del país ha ordenado que Rodríguez se juramente como presidenta, sin hacer ninguna referencia a unas posibles nuevas elecciones. Ha quedado oficialmente abierta una nueva temporada de especulaciones.
Maduro se ha ido pero la corporación permanece. Y, de nuevo, quien queda al margen de todo es el pueblo venezolano. Los ciudadanos que enfrentan una brutal crisis económica y el peso asfixiante de un gobierno que ignoró sus votos y reprimió de manera salvaje sus protestas. Pareciera que no formamos parte del juego, que no estamos en la cancha. Ni los ciudadanos, ni las organizaciones civiles, ni siquiera el liderazgo opositor. Ni a Trump ni al chavismo le preocupan la situación real de los venezolanos. Por ahora, no hay mucho más en el escenario.
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