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Los colonos israelíes siembran el terror en Cisjordania mientras el mundo mira a Irán

Desde el inicio de la guerra, nueve palestinos han muerto por ataques de ese colectivo. Los autores de esos crímenes no suelen ser detenidos ni condenados

El palestino de 24 años Thaer Farouq Hamayel, que murió por disparos de un colono israelí, durante su funeral en Abu Falah, en Cisjordania, el pasado domingo. Majdi Mohammed (AP)

Una calma inquietante reina en el lugar donde una bala mató al palestino Farea Hamayel. Junto a uno de los olivos tras los que trató de esconderse, alguien ha rodeado con unas rocas algo más grandes las piedras sobre las que se derramó su sangre, como si quisiera preservar la memoria del aciago final que corrió este hombre de 57 años. Un reguero de manchas rojas recorre parte del sendero de tierra por el que sus vecinos trataron en vano de socorrerlo.

La noche se enseñoreaba el 8 de marzo de los campos que rodean Khirbet Abu Falah, una localidad en el centro del territorio palestino ocupado de Cisjordania, cuando una turba de más de un centenar de colonos israelíes abrió fuego contra los habitantes del pueblo, que habían acudido a auxiliar a una familia cuya casa estaba siendo atacada. Una bala entró por encima de la oreja de Farea Hamayel; otra impactó entre las cejas de su primo Thaer Hamayel, de 24 años, recuerda junto al olivar otro pariente lejano de ambos, Omar Hamayel.

Como sucede a menudo, los soldados israelíes acudieron para auxiliar, no a los palestinos, sino a los colonos “armados hasta los dientes”, recuerda Hamayel. Otro vecino del pueblo, Mohammed Murra, de 56 años, murió luego asfixiado por el gas lacrimógeno que lanzaron los militares. La ambulancia que lo llevaba al hospital no pudo pasar por una de las barreras que Israel mantiene cerradas en Cisjordania desde el inicio de la guerra contra Irán, hace algo más de dos semanas. “Su corazón se paró”, recuerda con los ojos empañados su hermano, Basel Murra.

Israel empezó su guerra contra Irán, junto con Estados Unidos, el 28 de febrero. Desde ese día, al menos ocho palestinos han muerto por disparos de colonos radicales, sin contar a Mohamed Murra. Si se incluye a ese hombre asfixiado durante uno de esos ataques, los muertos son nueve. Son los mismos que perecieron a manos de colonos en todo 2025 en Cisjordania, según datos de la ONG israelí B’Tselem. En las últimas dos semanas, los colonos han protagonizado al menos 11 tiroteos en ese territorio ocupado, en los que también resultaron heridas más de 40 personas, según datos de la Autoridad Nacional Palestina.

B’Tselem ve una relación directa entre el inédito aumento de esta violencia y la atención internacional centrada en los bombardeos contra Irán. Con “el pretexto de la guerra, la cooperación entre el ejército y las milicias de colonos israelíes está profundizando la limpieza étnica en Cisjordania”, reza un comunicado de la ONG. Todo con un objetivo, destaca la organización: sembrar el miedo, expulsar a los palestinos y apoderarse de sus tierras.

El de Abu Falah ha sido con sus tres muertos el peor ataque de colonos en Cisjordania de las dos últimas semanas, pero no ha sido el último.

En otro incidente en la madrugada del pasado viernes, colonos israelíes atacaron la comunidad beduina de Jumsa, en el valle del Jordan. El asalto terminó con cuatro palestinos en el hospital, 14 golpeados y más de 300 ovejas y objetos personales robados por los colonos, que también agredieron sexualmente a uno de los hombres, según el medio independiente israelí Mekomit.

El sábado, varios colonos mataron también a tiros a Amir Odeh, de 28 años, cuando el joven trataba de proteger su rebaño en Qusra, en el norte de Cisjordania. Al igual que los olivos, que esos israelíes talan o queman a menudo, las ovejas son objeto de continuos robos. Los colonos se las apropian para sus granjas o las matan para privar a sus dueños palestinos de su medio de vida y forzarlos a abandonar sus tierras. Por último, este domingo, otros cuatro palestinos, un matrimonio y sus dos hijos pequeños, de 5 y 7 años —este último, un niño casi ciego— murieron tiroteados por soldados israelíes en Tammun, también en el norte del territorio palestino.

Los palestinos llevan años denunciando que los dos protagonistas de esta violencia en aumento, colonos y soldados, suelen colaborar. La línea que separa a unos de otros es además ambigua. En ocasiones, los colonos son también soldados o reservistas y van de uniforme, incluso si no están de servicio. Otras veces son civiles, pero visten uniformes militares que les han proporcionado las autoridades israelíes, al igual que las armas, muchas veces rifles automáticos —o las licencias para poseer estas— con las que amenazan a los palestinos, denuncia otra ONG israelí, Yesh Din. Las víctimas de estas agresiones a veces no saben si quien tienen delante es un colono o un soldado.

Estas muertes de palestinos no son casuales, apunta Allegra Pacheco, responsable del Consorcio de Protección de Cisjordania, que reagrupa a diversas ONG que trabajan en el territorio palestino. Obedecen, señala, a una “agenda” que no podría “tener éxito sin el apoyo de las autoridades”. Una de las manifestaciones fundamentales de ese respaldo es que a los colonos y a los soldados matar palestinos les suele salir gratis. Gozan de un “sentimiento de impunidad” ahora aumentado por la guerra de Irán, subraya Pacheco.

“Más del 90% de las denuncias de violencia presentadas por palestinos no llevan a que se presenten cargos”, destaca la cooperante, que cita datos de otra ONG israelí, Yesh Din. Un informe de febrero de esta organización asegura que solo un 3% de las denuncias presentadas por palestinos “derivaron en sentencias totales o parciales contra israelíes”. Incluso en esos poquísimos casos en los que se presentan cargos, deplora Pacheco, las causas judiciales “rara vez conllevan penas de prisión graves”. Los palestinos “están indefensos”.

Matar y ocupar

Omar Hamayel señala una colina cercana que se cierne sobre el olivar donde sus primos fueron tiroteados. Unos hombres merodean junto a una especie de tienda de campaña construida con lonas. A unos 300 metros, alguien ha instalado también un chamizo con una tela azul. Los gritos de esos colonos rasgan el aire.

Mohamed, el nombre falso de un vecino de Abu Falah de 31 años, describe una secuencia temporal reveladora. En los meses anteriores, los colonos habían quemado una granja cercana, impedido a los habitantes de la localidad cosechar las aceitunas y forzado a varios ganaderos a llevarse o vender sus ovejas por los continuos ataques que sufrían. El 8 de marzo, mataron a los dos palestinos y el tercero murió asfixiado. El ejército prometió “investigar” las muertes —como hace cuando un caso adquiere notoriedad—, pero no consta que nadie haya sido detenido. “Al día siguiente de matar a Farea y Thaer, los colonos se instalaron” en esas colinas, recuerda Mohamed.

Esos dos chamizos son lo que se conoce como puestos de avanzada, la semilla de nuevos asentamientos levantados sin permiso oficial, pero que, cada vez más, terminan siendo legalizados por Israel.

En 2025, 31 obtuvieron ese reconocimiento, según la ONG Peace Now, que eleva a 141 los asentamientos israelíes en Cisjordania y a 224 esos puestos de avanzada, que incluyen granjas de colonos en tierras y pastos de comunidades palestinas, a menudo expulsadas por una violencia que ya casi ha vaciado de palestinos algunas áreas de Cisjordania. En febrero, Israel reabrió de facto el registro oficial de tierras en Cisjordania, paralizado desde 1967, lo que le permite declarar parcelas como estatales y facilitar su uso por colonos.

Legalizados o no por Israel, todos los asentamientos son ilegales según el derecho internacional. De los tres millones de habitantes de Cisjordania, medio millón son colonos.

Mohamed señala la explotación ganadera quemada hace meses y los campos donde los primos Hamayel fueron tiroteados. “Ya solo queda una granja aquí”, lamenta. Luego relata cómo los colonos lanzaban piedras a los pastores y aterrorizaban al ganado con sus ATV, motos quads todoterreno que en muchos casos les proporcionan las autoridades israelíes.

En Taybeh, otra localidad palestina a 12 kilómetros de Abu Falah, Jereis, el nombre falso de un palestino de 34 años, trabaja en su puesto de comida preparando bocadillos para que sus vecinos musulmanes rompan el ayuno del mes de Ramadán. Como la mayoría de habitantes del pueblo, Jereis es cristiano. Es un detalle indiferente; cristianos o musulmanes, los palestinos sufren la violencia de los colonos. Taybeh, desde el que se observa, majestuoso, el valle del Jordán, “está rodeado por cinco asentamientos”, dice el hombre.

Cerca hay otra vivienda nueva, sin terminar. Está deshabitada. Jereis abre la cancela de la propiedad y muestra un coche carbonizado, con una silla infantil dentro.

Él fue quien sacó de esa casa por una puerta lateral a la familia que allí vivía —un matrimonio joven con un niño de un año y medio— cuando un grupo de colonos le prendió fuego a su coche el verano pasado. A pocos metros del vehículo, hay dos bombonas de butano. Después de aquello, la familia se marchó. Habían “tardado cinco años” en construir esa casa que ahora nadie quiere comprar, recuerda Jereis. En un muro cercano, una pintada en hebreo reza: “Vais a pagar el precio”.

Desde octubre de 2023, cuando empezó la ofensiva israelí en Gaza, más de un millar de palestinos han muerto en Cisjordania a manos fundamentalmente de militares israelíes. Al menos 27 de ellos han perecido en ataques de colonos, según B’Tselem.

En lo que va de año, esa ONG cifraba en 16 los palestinos muertos por fuego israelí. A ellos se suman el matrimonio y sus dos hijos pequeños tiroteados el domingo por los militares en Tammun, y cinco de los nueve hombres muertos en ataques de colonos desde el inicio de la guerra de Irán.

Para el “Gobierno liderado por [el primer ministro] Benjamín Netanyahu”, decía este lunes el diario Haaretz, esas muertes “forman parte de un plan destinado a anexionar Cisjordania [a Israel] y expulsar a su población palestina”.

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