Los cristianos del sur de Líbano que desafían la orden de desalojo israelí: “La tierra donde Jesús proclamó la paz no puede convertirse en zona militar”
Muchos temen que el área de seguridad que Israel quiere construir en su frontera norte provoque la desaparición de sus comunidades


Los miles de cristianos libaneses que habitan la franja sur de Líbano fronteriza con Israel se enfrentan a una amenaza existencial. Israel, en plena escalada bélica con la milicia libanesa proiraní Hezbolá, les ha ordenado abandonar el área para construir allí una zona tampón de seguridad. Muchos de ellos temen que, si lo hacen, desaparecerán sus comunidades cristianas.
“Nos duele que una tierra donde Jesús proclamó la paz se convierta en una zona militar”, dice a EL PAÍS un párroco, bajo condición de anonimato, desde Rmeish, el mayor pueblo cristiano fronterizo, donde miles de habitantes desafían las órdenes de expulsión israelíes. “Pedimos ayuda al mundo para poder quedarnos en nuestra casa”, reclama también desde ese municipio Joelle, una mujer de 38 años y madre de tres hijos que se ampara en un nombre falso por miedo a represalias. “Aquí no tenemos armas ni somos parte de esta guerra”, dice en referencia al conflicto entre Israel y la milicia chií Hezbolá.
La última guerra que sacude a este castigado territorio, con tensiones frecuentes desde el nacimiento de Israel en 1948, comenzó el pasado 2 de marzo. Hezbolá, una organización que cuenta con el apoyo de sus bases dentro de la mayoría chií que reside en el sur de Líbano, disparó varios cohetes contra Israel con el objetivo de sumarse a una guerra de desgaste en defensa de su aliado y benefactor, Irán. El ejército israelí, que ha seguido bombardeando el Líbano durante la tregua de 2024 ―causando 397 muertos―, ha respondido con una ofensiva a gran escala.
La metralla israelí ha causado 687 víctimas mortales en 10 días, según informó el Ministerio de Sanidad libanés ayer. Entre ellas se cuentan 91 niños y 18 paramédicos. El ejército de Israel golpea con fuerza municipios fronterizos, como Jiam o Taybe, donde lucha para establecer posiciones militares en suelo libanés. Los cascos azules de la ONU denunciaron este jueves “la destrucción de municipios enteros”.
Alegando un supuesto esfuerzo por rebajar las víctimas civiles, Israel también emite órdenes de desalojo de una magnitud sin precedentes, forzosas y con tiempo insuficiente antes del ataque y contrarias al derecho internacional. Esas órdenes, que las autoridades israelíes han extendido sobre Beirut y otras zonas, han desplazado de manera forzosa a cerca de 800.000 personas, sumiendo el país en una crisis humanitaria para la que no está preparado tras años de conflictos, colapso financiero y parálisis institucional.
A diferencia de lo que hizo en el conflicto iniciado en 2023, cuando Hezbolá atacó al Estado judío en apoyo a Hamás, el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha exigido el desalojo de todo el sur de Líbano. Primero, hasta el río Litani, ubicado a 30 kilómetros de Israel. Y este jueves, hasta el río Zahrani, sumando otros 10 kilómetros más de zona tampón. En esa franja que representa el 8% del territorio nacional residen 250.000 personas; entre ellas, unos 10.000 miembros de la menguante comunidad cristiana en el país, orgullosos de existir sobre la tierra por donde los evangélicos afirman que “caminó Jesús”.
Con la independencia del mandato francés en 1943, Líbano reservó para los cristianos un papel mayor al que tienen actualmente. Este se ha ido reduciendo, pero, aun así, el sistema confesional —que reparte cuotas de poder en función del peso demográfico en base al último censo realizado en 1932— sigue haciendo de Líbano el único país árabe donde el presidente tiene que ser cristiano. Joseph Aoun, quien hoy ocupa el cargo, trabaja para desarmar a Hezbolá y el pasado lunes se ofreció a negociar directamente con Israel —un país que Beirut no reconoce— para poner fin a la guerra.
Miedo a desaparecer
El Gobierno israelí declaró la semana pasada el objetivo de crear una zona de seguridad en Líbano, y se especula con que esta podría adentrarse una decena de kilómetros más en suelo libanés. De ponerse en práctica, pasaría por encima de decenas de municipios de distinta confesión en una franja de 40 kilómetros al norte de su frontera: la mayoría son musulmanes chiíes; pero otros, como Rmeish, Qlaya, Alma el Shaab, Debel y Qouza, son cristianos.
Vincent Gelot, jefe en el país levantino de La obra de Oriente, una asociación francesa de apoyo a los cristianos en la región, afirma que la comunidad “teme que el ejército israelí se anexione el territorio para convertirlo en una zona prohibida”. “Los cristianos”, añade, “no se quieren ir de sus pueblos por miedo a desaparecer [como comunidad]”.
La obra de Oriente impulsó el miércoles un convoy humanitario hacia el municipio de Qlaya, en el sureste de Líbano y frente al antiguo Castillo de Beaufort. Gelot explica por teléfono que miles de cristianos de distintas localidades del sur se encuentran cada vez más aislados, al estar en una región que Israel decreta como zona de guerra. Evitan salir de casa por miedo a la aviación israelí, pasan las horas reunidos bajo la iglesia y asumen en su día a día “la historia de los maronitas”, arraigados a esa tierra “pese a la llegada de distintos invasores”. “Resistir está en su sangre”, proclama el religioso.
Esa resistencia sufre hoy reveses. Un discurso del padre Pierre Al Rai, párroco de Qlaya, corrió como la pólvora en las redes la semana pasada. “Cuando defendemos nuestra tierra, lo hacemos pacíficamente”, dijo ante la iglesia de Marjayoun frente a aquellos que habían decidido quedarse. “No llevamos armas; solo paz, bondad y amor”, sentenció. Días después, un bombardeo israelí lo mató.

“Hubo un primer ataque contra una casa cerca de su parroquia”, declaró a Vatican News el padre Toufic Bou Merhi,párroco de rito latino en Tiro. Cuando Al Rai acudió en socorro de un feligrés, un segundo proyectil acabó con su vida. Algunas voces de la formación cristiana Fuerzas Libanesas, a la que pertenece el ministro de Exteriores Youssef Rajji, han pedido al Vaticano que proteja a las comunidades cristianas fronterizas y han acusado a Hezbolá de propiciar la reacción israelí infiltrándose en la zona. El alcalde de Qlaya, Hanna Daher, ha negado esa versión.
El municipio se despidió de Al Rai el miércoles ante el jefe del ejército libanés —de confesión cristiana, maronita— y centenares de residentes que cantaban “resistiremos”. El Papa León XIV, que en noviembre viajó a Líbano para pedir la paz y arropar a la comunidad cristiana, ha lamentado la pérdida del clérigo desde el Vaticano: “Siempre estuvo con su pueblo, con el amor y el sacrificio de Jesús”.
La controversia se suma a otra anterior. En Alma el Shaab, un municipio cristiano de 200 familias junto a la frontera con Israel, un dron israelí mató a Sami Ghafary. Tenía 70 años y era el hermano del párroco. Gelot asegura que fue “un ataque directo” mientras regaba el huerto junto a la iglesia, donde se recluía en el templo con más de 90 personas.
El incidente cambió el ánimo colectivo. El martes, “a propuesta del Ayuntamiento de Alma el Shaab”, los cascos azules de la ONU escoltaron a más de 80 residentes que abandonaron sus hogares hacia el norte ―Israel ha prohibido los desplazamientos y retornos de civiles al sur―. Fuentes de Unifil, las fuerzas onusianas en Líbano, aseguran a EL PAÍS que ningún otro municipio les ha solicitado escolta, “aunque la situación es volátil”.
“Les digo a los feligreses que no tengan miedo y que mantengan la fe”, cuenta desde Rmeish un líder religioso. “Rezamos juntos y nos damos ánimos entre nosotros”, dice en mensajes de texto, en los que confirma las presiones israelíes para que las comunidades cristianas expulsen a los desplazados de confesión chií, que son tachados de favorables a Hezbolá, y han sido acogidos por los vecinos. “Para nosotros, esta no es una tierra cualquiera”, señala. “Aquí la gente ha ejercido su fe durante siglos”.
Como él, Joelle reza para que así siga. Su familia resistió en el pueblo durante dos décadas de ocupación israelí hasta el año 2000, y lo hizo de nuevo en 2024, cuando sus hijos aprendieron a “no llorar aunque las bombas les pasaran por encima de la cabeza”. “Hemos sufrido mucho para poder seguir aquí”, lamenta. “Pido ayuda. Si nos vamos, nos da miedo no poder volver”.
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