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Protestas Irán
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Irán, un régimen agotado y en decadencia dispuesto a resistir hasta el final

El riesgo es que sigue sin atisbarse alternativa a los ayatolás y sería extremadamente peligroso convertir el país en un Estado fallido como Libia o Irak

El cambio de régimen en Irán es una ambición que Estados Unidos persigue desde que en 1979 el ayatolá Ruhollah Jomeini lograra apropiarse de la revuelta popular —encabezada por el partido comunista Tudeh— contra el régimen dictatorial del último shah de Persia, Mohamed Reza Pahlevi, y le privará así de su principal aliado musulmán en Oriente Próximo. Un deseo compartido con Israel, el socio que marca sus tiempos en la región. Ninguno de los dos gobiernos ocultan su anhelo, inscrito en su política nacional. El general retirado de la Fuerza Aérea de Israel (IAF) Amos Yadlin, agregado militar de Israel en Washington y antiguo jefe de la Dirección de Inteligencia Militar de las FDI, fue uno de los últimos en verbalizarlo a la prensa apenas unos meses atrás, tras la caída del régimen de Bachar el Asad en Siria.

Desde entonces, incontables han sido los planes que ambos Estados, con la ayuda de otros amigos comunes como la propia Arabia Saudí —feliz con la posibilidad de acabar con su adversario chií—, han diseñado y millones los dólares gastados para lograrlo, con el fracaso como iterativo y tedioso resultado. Primero, apoyando a la satrapía de Sadam Husein en la larga y cruenta guerra entre Irak e Irán (1980-1988); y después con una ringlera de intentos baldíos de agitación popular, como la afamada “revolución verde”, ocurrida en el verano de 2009 tras la controvertida reelección del ultrarradical Mahmud Ahmadineyad frente al considerado candidato aperturista, Mir Hussein Musaví.

Una ola de protestas en las zonas ricas del norte de Teherán, extendida a barrios acomodados de otras grandes ciudades y azuzada desde el exilio en París del movimiento opositor Muyahidin Jalq —respaldado por Estados Unidos y Europa— que estalló escasos meses después de que el presidente estadounidense Barak Obama dictara su transcendental conferencia sobre el futuro de Oriente Próximo en la Universidad de El Cairo; y que se sostuvo en los mismos argumentos que el episodio actual: miles de personas se alzaron para protestar por la crisis económica que desde hace años empobrece la antigua Persia, fruto de las sanciones internacionales, pero también de la corrupción endémica del régimen y de la laxitud, la ambivalencia y el retroceso de la influencia en la zona de Rusia, uno de sus soportes tradicionales.

La diferencia principal ahora, años después de la protesta que sembró mayor esperanza de cambio, es que el régimen de los ayatolás está más débil, agotado, en franca decadencia, tanto desde el punto de vista económico como ideológico y social; y sus posibles sucesores y principales sostenes, la Guardia Revolucionaria, las fuerzas populares Basij y los cachorros de la revolución —ese grupo de hombres que como jóvenes combatientes lucharon contra el shah y reclaman desde hace una década que ha llegado su hora, como el propio Ahmadineyad— afrontan igualmente un desafío ciclópeo sin la potencia ni la capacidad militar del pasado.

La caída de Bachar el Asad, que ha reducido la presencia iraní en Siria, el debilitamiento de Hezbolá en este mismo país y también en la política libanesa, las complicaciones en su vecino Irak y la larga ofensiva de Arabia Saudí en Yemen, así como el crecimiento de Israel en Siria y los acuerdos cerrados por el Estado judío con las monarquías del Pérsico han estrechado la capacidad de maniobra e injerencia iraní en la región.

A esa coyuntura crítica, tanto económica como ideológica, de un régimen macilento, exhausto, se suma la aparición de un actor impredecible, que ha dinamitado todas las normas de la política internacional y establecido la riqueza, la intimidación y el poder militar de Estados Unidos como única regla. Tras días de violencia y represión, este lunes se reveló que el régimen iraní habría contactado supuestamente con Washington para buscar un nuevo apaño.

En el pasado, la teocracia iraní jugó su carta manida: concesiones en el programa nuclear. No parece que en esta ocasión sea moneda de cambio suficiente. Obsesionado con recuperar el poder del dólar en el mundo, Donald Trump quiere todo o nada. Nicolás Maduro es testigo. Y en Irán, estos días, muchos anhelan una libertad por la que llevan luchando desde hace años; pero otros miles, se preparan para resistir hasta el final, aunque sea suicida.

La encrucijada para Estados Unidos e Israel es que sigue sin atisbarse alternativa a los ayatolás, y se proyecta como extremadamente peligroso convertirlo en un Estado fallido como Libia o Irak. Al contrario de lo sucedido en Venezuela con el chavismo, en Teherán no existe un “ayatolismo alternativo” con el que negociar; y una destrucción total, como pasó con el baazismo de Sadam Husein, es ya una lección aprendida en un país que además añade una variante estratégica clave: está en el patio trasero de Rusia y en el delantero de China.

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