Brandt no es Nixon
Del alfiler al elefante
Por MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
La dimisión de Brandt es, por ahora, el punto final de una de las carreras políticas más honestas del siglo. Ir contracorriente ha sido la característica de Herbert Frahm, alias Willy Brandt, hijo de madre también honesta y valiente que prefirió, en 1918, ser madre soltera que madre mal casada. Muchas veces tuvo Brandt que elegir entre la sinceridad y la convención. Afiliado inicialmente por su madre y su abuelo a un partido sindicalista revolucionario, evolucionó hacia posiciones socialistas, desde las que vivió y juzgó el dramático periodo de entreguerras de su patria y Europa. Recientemente ha aparecido en España un libro (editado por Planeta) en el que se plasma la evolución personal y política de Brandt a lo largo de las luchas políticas del siglo: el nazismo, la guerra de España, la resistencia antinazi, la recuperación de una nueva dignidad alemana basada en el respeto a la democracia. Ésta ha sido la principal preocupación de Brandt desde que en su exilio noruego empezó a leer las tesis de algunos jefes aliados sobre la necesidad de convertir a Alemania en un pueblo de pastores. “Los alemanes”, escribía Brandt en plena guerra mundial, “debemos asumir la responsabilidad de la barbarie nazi, pero no la culpabilidad”. Brandt ya decía entonces que el nazismo había subido al poder por la complicidad de fuertes intereses económicos no sólo alemanes: también los potentados de la City habían financiado la irresistible ascensión de Hitler al poder.
Desde la izquierda se le ha reprochado que instrumentalizara la guerra fría para ascender políticamente al frente de la alcaldía de Berlín. Es el momento más confuso de su trayectoria, aunque muchas veces se ha defendido diciendo: “La ostpolitik sólo ha sido posible gracias a que los socialistas estuvimos por encima de cualquier sospecha abandonista durante la crisis de Berlín”. También se reprocha a Brandt el que contribuyera a desmarxistizar los contenidos de la SPD, olvidando que el proceso de desmarxistización lo había iniciado Schumacher al día siguiente del fin de la guerra mundial y prácticamente lo había ultimado Ollenhauer, antecesor de Brandt en la dirección del Partido Socialdemócrata alemán.
Pedirle a un socialdemócrata que haga la revolución de octubre es pedir peras al olmo. No está en sus objetivos, ni en sus presupuestos, ni en las posibilidades de un partido organizado para la victoria en las urnas. Desde cualquier posición hay que pedirle, en cambio, que haga un juego limpio, y Brandt lo ha hecho a pesar de que ha actuado entre uno de los pueblos más reticentes para asumir el socialismo y la democracia, criaturas ideológicas que volvieron bajo el manto protector de un ejército de ocupación. Este factor no hay que olvidarlo a la hora de juzgar la política alemana y Brandt ha sido uno de los que más han luchado para destruir las semillas ideológicas del nazismo. Me decía un militante de la SPD que el mérito de Brandt es haber conseguido que, treinta años después de una “derrota nacional”, el pueblo alemán estuviera dispuesto a respaldar la política de un Estado socialdemócrata sin necesidad de gritar “¡Heil, Brandt!”.
Para unos, la dimisión de Brandt es lógica con su honestidad política: prefiere asumir la responsabilidad del espía Guillaume que traspasársela a un ministro. Para otros, Brandt trata de ganar una batalla sentimental de cara a que el Parlamento le ratifique en sus funciones. En cualquier caso, hay que agradecerle que no haya dado un espectáculo tipo Watergate y, sobre todo, que haya contribuido a la formación de una realidad nacional en que la opinión pública puede dar el jaque mate a un jefe de Gobierno.
07 de mayo de 1974. Tele/eXpres
A Manuel Vázquez Montalbán, primera entrada del blog (21 de abril)
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