La boina verde está de moda
Sirvan estas líneas para recordar las inesperadas conexiones entre el articulista y Chuck Norris


De un tiempo a esta parte veo Fuerzas Especiales por todas partes. No es solo por la que están liando esa gente en todos los muchos conflictos reales que nos sacuden sino que salen en cualquier película o serie que miro. Ahí está la paritaria unidad de élite de los Marshalls del spin-off de Yellowstone a la que se une Kayce Dutton, ex Navy Seal, a demanda del jefe, que es precisamente su antiguo comandante en las correosas fuerzas anfibias de la Marina de EE UU. O filmes que van a tope en las audiencias como Máquina de guerra (2026), ese curioso cruce entre Predator, las teorías conspiratorio-alienígenas de Avi Loeb y los cacharros de Transformers, en el que un obsesivo aspirante a Ranger del ejército estadounidense (Alan Ritchson) se enfrenta a un robot extraterrestre mientras trata de pasar las pruebas para entrar en la musculada unidad bajo la mirada de qué hago yo aquí de Dennis Quaid. Incluso la muerte de Chuck Norris (“Chuck Norris no tiene [tenía] microondas porque la venganza se sirve fría”) ha servido para recordar su paso cinematográfico por las fuerzas especiales, especialmente (y valga el énfasis) la Delta Force, de la peli del mismo título (1986), donde además de usar bazookas y pilotar una moto con lanzacohetes compartía unidad con ¡Lee Marvin!
Fundador del arte marcial del Chun Kuk Do, que suena a lo que hacía Chuck con tus huesos al practicarlo, Norris fue en la ficción Ranger de Texas (la histórica fuerza de orden público, no confundir con los citados Rangers militares), Delta y Karate Kommando, pero en la realidad sirvió en la Policía Militar (retengan el dato) de la fuerza aérea de EE UU, sin entrar en combate, a diferencia de su hermano Wieland, miembro de la 101ª Aerotransportada, que murió valientemente en Vietnam, en la sangrienta batalla de la base de apoyo de fuego Ripcord, en el valle de A Shau.
He de explicar ahora mi relación con las Fuerzas Especiales, que puede sorprender dado mi carácter, de natural prudente. Como Chuck Norris, yo, que también he sido Policía Militar aunque me he desenvuelto bastante peor en las artes marciales, tengo un hermano que sirvió en una unidad de élite, los Boinas Verdes. Carlos fue miembro de la COE (Compañía de Operaciones Especiales) 22 de Huelva y se licenció con el rango de cabo primero y un impresionante cuchillo que aún conserva. Fue Carlos el que me animó a presentarme a las pruebas de captación de las COES en el CIR de Colmenar Viejo cuando yo empezaba la mili como recluta en ese centro de instrucción en 1980.
Siguiendo su consejo –“puestos a estar un año en manos de los militares aprovecha para ponerte en forma y aprender cosas que te pueden ser útiles [¿?] algún día”-, y probablemente en estado de enajenación mental a causa del ambiente y el corte de pelo, hice las pruebas con aplicación digna de mejor causa. Logré excelentes resultados en todas ellas e incluso la admiración de los encallecidos instructores al verme pasar sin manos por encima del plinto volando como un obús humano. Ya acariciaba la boina verde, preguntándome qué iba ser de mí (mi hermano tuvo que sobrevivir una semana en el campo en Huelva junto a su binomio, el malogrado Xavier Gramona, con lo que conseguían sobre el terreno, incluidos lagartos), cuando me dijeron (extraoficialmente) que me rechazaban, no por falta de valor y aptitudes sino porque a los mandos no les hacía gracia incorporar a un estudiante de Periodismo, que podía revelar secretos de la unidad. Dado que acabé siendo uno de los policías militares que ocuparon el Congreso con Tejero el 23-F no se les puede negar a los militares ser lógicos y consecuentes.
En fin, como siempre que no consigues algo, ya sea una entrada de concierto, un amor o una boina, me ha quedado la frustración de no haber sido miembro de las Fuerzas Especiales. De hecho guardo secretamente una boina verde que cuando me aprieta la ansiedad pongo debajo de la almohada y algunas veces me llevo de paseo al bosque para imaginar que soy el capitán Willard de Apocaypse Now en busca del coronel Kurtz o cualquier otro miembro de las Special Forces infiltrado en las selvas de Indochina para luchar con el Vietcong o el Pathet Lao. La boina verde no ha sido fácil para nadie: he leído en Inside the Green Berets, del coronel Bill Simpson, mi libro de cabecera sobre el tema (Presidio, 1983), que hubo mucha oposición a la prenda en el ejército estadounidense y que llegó a estar prohibida, por celos de las tropas regulares. Tomando un riesgo calculado, el coronel Yarborough, a la sazón comandante del centro de guerra especial de Fort Bragg, se la puso en 1961 para una visita del presidente Kennedy al que le chiflaba todo lo que tuviera que ver con las fuerzas especiales y oficializó la boina. Aunque no pudo evitar que se conociera a los boinas verdes como Jacqueline Kennedy’s Own Rifles, los Fusileros de Jacqueline. Qué mala es la envidia y qué chula la boina.


























































