Óscar Kindelan, modelo: “Cuando te quitas la camiseta y te comparas con el resto sales con la autoestima por los suelos”
El ‘skater’ que en 2015 desfiló para Prada sigue siendo uno de los modelos españoles que más trabajan. Ya casi veterano, cuenta su historia y posa con la moda más tranquila de la primavera


Nunca hay que subestimar el alcance de una decisión capilar. Incluso de las aparentemente equivocadas. Un día de 2015, Óscar Kindelan (Madrid, 29 años) recibió una llamada de su agente. Tenía que viajar a Milán para probar suerte en el casting de Prada, el más ansiado por cualquier modelo. “En Prada siempre están buscando caras nuevas”, recuerda. “Pero yo tenía el pelo blanco. Me apetecía llevarlo así, y además en aquella época tampoco trabajaba mucho. Cuando mi agente lo vio le pareció una locura, me dijo que por qué no les había avisado. ‘Entonces, ¿qué hago? ¿Me rapo?’, les pregunté. Me dijeron que no, que fuese así. Y me eligieron. Así hice mi primer show. Y después, más. Seis en total”.
Dicho así, suena sencillo. Pero pocos meses antes parecía una utopía. El madrileño, al que habían fichado cuatro años mientras hacía BMX en la plaza de Colón —“en aquel entonces todavía estaba permitido”, recuerda con nostalgia—, había debutado en algunos proyectos publicitarios, pero nunca había pisado una gran pasarela. Aquella fue la primera de muchas. Después vendrían Louis Vuitton, Dries Van Noten, Dior, Fendi, Zegna o Hermès.
Kindelan, espigado, rebelde y levemente melancólico, se había convertido en el rostro de un momento en que la moda masculina estaba cambiando. Así que empezó a trabajar. Mucho. Hacía desfiles, campañas y catálogos. Y a toda velocidad. “Aquello fue muy bueno, pero creo que ni lo valoraba. Yo era un chaval y me decían: ‘Vete aquí, vas a hacer unas fotos con no sé quién’. Y yo ni miraba el email, no sabía ni el nombre del fotógrafo. Ahora lo recuerdo y digo ‘joder, qué guay’. Pero, en resumen, no tengo ni idea de lo que pasó”.

La magia de la moda reside en que los bendecidos por ella a menudo no son conscientes de lo que se les avecina. Y tal vez esa ausencia de mitomanía permitió a Kindelan encadenar desfiles hasta la pandemia, cuando algunas marcas aprovecharon para renovar filas. En julio, el madrileño volvió a desfilar en el barroco y vaticanísimo show de Alta Sartoria de Dolce&Gabbana en Roma. Y confiesa que, en cierto modo, lo echaba de menos, aunque nunca ha dejado de trabajar y el año pasado voló 70 veces —lleva la cuenta—.
“Los desfiles me gustan mucho. No solo esos 20 segundos en que todo el mundo te mira, sino también el proceso, las pruebas, los castings. Yo sigo yendo a las fashion weeks para ver a mis amigos, aunque no desfile. Mis mejores amigos son modelos. A la mayoría los conocí en el casting de Prada. No tenía ni pajolera idea de inglés, pero los modelos de mi generación éramos todos skaters, fumábamos nuestros petillas, teníamos muchas cosas en común. Durante aquellas horas, esperando a probarnos la ropa, se creaba un vínculo. Cada vez que salía a fumarme un cigarro después de un casting venían 15 modelos a pedir tabaco. Ahora todos seguimos trabajando, aunque con la edad vamos buscándonos otras cosas. Porque, por muy adictivo que sea, hacer desfiles durante mucho tiempo no depende de mí”.

Hacerse adulto en la moda también exige ajustar cuentas con el pasado. El verano pasado, Kindelan reflexionó en su cuenta de Instagram sobre las consecuencias de haber empezado tan joven en un oficio tan ligado a la mirada externa. “Lo borré”, responde riendo. “A veces lees algo que has escrito y piensas: ‘Por qué me habré explayado’. Me da un poco de cringe de mí mismo, porque me gusta dar una imagen más profesional”. Sin embargo, no se niega a abordar el tema. “Yo creo que vivía un poco una psicosis. Yo era un chico normal, que hacía deporte y se pasaba el día en la calle, y en un año y medio pasé a estar abriendo desfiles. Fue un shock bastante grande. De repente, estaba en el punto de mira. La moda se estaba volviendo más mainstream. Y todo aquello sí que me afectó un poco. Llegué a pensar que en Madrid, mi ciudad, a lo mejor no podía hacer ciertas cosas o ir a ciertos sitios, por si la gente me reconocía. Pero era una paranoia”.

Más allá de la popularidad, cuenta, lo más complejo es acostumbrarse al escrutinio constante. “Hay gente que lo lleva mejor y peor, pero yo sigo pensando mucho en el físico. Mi físico es lo que realmente me da trabajo, y eso te deja un poco tocado. Tengo suerte de que mi constitución es flaca y tampoco necesito una dieta. Pero supongo que hay gente en la industria que lo pasa mal. Si tu constitución es distinta o tu metabolismo más lento, puede llegar a frustrarte bastante. Creo que en los castings es cuando peor se pasa, cuando te tienes que quitar la camiseta y te comparas con la gente. Y te pones nervioso, dices cualquier tontería y sales con la autoestima por los suelos. Pero, en mi caso, nada más. Con los equipos siempre he trabajado muy bien y me he sentido cómodo”.
También las dinámicas del oficio han cambiado. “Cuando empecé pensaba que todo el mundo tenía que ser como Kate Moss, y ahora ves que todos son súper sanos. Yo mismo hago boxeo, me cuido”. Harina de otro costal son las redes sociales. “Ahora hay modelos muy pendientes de TikTok, que publican cuando van a un casting. Fíjate, antes estaba mal visto postear los castings, porque te daba pudor por tus compañeros a los que no habían llamado. Tampoco estaba bien visto hacerte fotos con ropa de colecciones que no habían salido. Lo entendíamos como una profesión. Había que vender la ropa. Nosotros no éramos tan importantes. Ahora tiene más peso ser influencer, porque las marcas quieren todos esos millones de visualizaciones. Pero yo creo que se puede vivir de las dos cosas. Hay gente que es muy famosa y hace un trabajo muy bien pagado al año. Y hay gente que no es famosa pero no para de trabajar. A veces parece que hay que enseñarle a todo el mundo lo que haces, pero yo creo que el que come callado come dos veces”.

En su Instagram tiene una publicación fijada: una campaña de Loewe fotografiada por Steven Meisel. “Lo admiro mucho”, confiesa. “Cuando empecé a trabajar con él todo el mundo me decía que era un fotógrafo de la leche, y yo me lo creía, pero ahora lo sé. Esa sesión fue un honor, porque me eligieron como su doble. Si algún día me encuentro a Jonathan Anderson me encantaría darle las gracias por haberme elegido”. En efecto, en ella Kindelan está irreconocible bajo una caracterización que altera sus rasgos. Resulta llamativo que el mismo modelo que afirma haber sido adicto a sus 15 segundos de fama sobre la pasarela elija para la posteridad el único trabajo en que no es el centro de atención. Pero así es hacerse adulto.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































