Jaime Zatarain: “Ojalá todos fuéramos como Javier Bardem y pudiéramos decir ‘no a la guerra’ con todo su coño”
Curtido en musicales y brillante secundario en series que han visto millones de personas, se estrena casi a sus 50 como protagonista cinematográfico en un romance LGTB que hace activismo de la normalidad: esta vez, nadie sufre


Sucedió hace un año. Jaime Zatarain (49 años, Santander) veraneaba con sus amigos en Zahara de los Atunes cuando lo empezaron a reconocer por la calle. Era un caso curioso: el éxito le llegaba en diferido. En 2024, el actor había protagonizado la miniserie Ángela estrenada en Atresplayer. Un año más tarde Antena 3 decidió emitirla en abierto y unos meses después se estrenó por tercera vez en Netflix. Allí se convirtió en número uno. “¡Qué vergüenza! La gente me paraba, me decía cosas. Hijo, ¿qué te voy contar? Pues me hizo ilusión. Y quien te diga lo contrario, miente”, espeta con una sonora carcajada desde una terraza en la Plaza de las Comendadoras.
Después cambia el gesto: “Todos tenemos nuestras heridas y el trauma del actor es no sentirse visto”. En ese momento, ningún cliente de las otras mesas parece fijarse mucho en la conversación. Es una de las primeras tardes primaverales en Madrid y cada uno busca exprimirla al máximo.
Aunque el pico de popularidad fuera nuevo, Zatarain está más que familiarizado con ese éxito cocido a fuego lento de Ángela. A los 20 años se empezó a formar, a los 30 conquistó los grandes musicales de Madrid y a los 40 llegó a la pequeña pantalla con series como Vergüenza. Ahora, a punto de llegar a los 50, protagoniza por primera vez una película, A una isla de ti, que llega a las salas el 10 de abril. “Me dieron el papel sin hacer la prueba y me entraron inseguridades. Pensé: ‘¿Qué mierda de proyecto es este si me cogen a la primera?”, bromea.
“Parece que, si tratas una historia LGBT, lo tienes que hacer siempre desde la herida. Está muy bien, pero se pueden contar otras cosas. ¡Joder! Ya está bien de tanto sufrimiento"
Nada más lejos de la realidad. Entre las dunas de Maspalomas, la Fiesta de la Rama y el A fuego lento de Rosana, la película propone la historia de amor entre un chef británico recién despechado y un testarudo pescador medio isleño. Una amable comedia romántica tan familiar como insólita en el panorama español. “Parece que, si tratas una historia LGBT, lo tienes que hacer siempre desde la herida. Está muy bien, pero se pueden contar otras cosas. ¡Joder! Ya está bien de tanto sufrimiento. Esta película tiene un activismo, si se puede llamar así, que viene desde la normalidad”, explica.

Airear de manera tan casual esa libertad parece sencillo, pero Zatarain conoce bien lo mucho que cuesta dejar atrás esas heridas. La suya está ligada a una ciudad, Santander, y a un sueño, convertirse en bailarín clásico. Con ocho años intentó convencer a su padre de que le dejase ir a clases, pero no le hizo caso. Era el menor de siete hermanos. “Era la jungla. Estabas muy protegido, pero luego costaba encontrar tu sitio. De allí la necesidad de sentirse visto”, reflexiona.
De las visitas con su hermanas al cine para ver La historia interminable o Karate Kid nació su otra gran pasión. Pero, llegado el momento, tampoco tuvo mucha elección sobre cómo perseguirla. “Las cosas en mi casa estaban muy mal, mis hermanas decidieron que me tenía que ir a estudiar a Madrid. Yo me fui de Santander con herida y tardé mucho en reconciliarme”, aclara. En la capital empezó a estudiar Periodismo con un objetivo claro: convertirse en actor. Aunque la suya no iba a ser una carrera al uso. “Siempre he sido muy hormiguita, es mi manera de hacer las cosas. Todo me llega poco a poco y así va a seguir siendo”.
“Los musicales me dieron de comer muchos años, pero es agotador. La gente no tiene ni idea de lo que es hacer una función ocho veces por semana. ¡Es una puta barbaridad! La industria es solvente, pero el actor de musicales todavía está muy desprotegido"
Empezó por el musical para quitarse la espinita de la danza. Hasta los 30 formó parte de distintos elencos, le concedieron después una beca para estudiar en Nueva York y volvió para convertirse en el protagonista. En perspectiva, “mi objetivo siempre fue ser actor de audiovisual. Pero creo que me daba miedo imaginarme con esa exposición. Hay gente que está preparada antes y otros después. Me refugié mucho tiempo en el musical porque me exponía menos”.
De Grease a Mamma Mia, Zatarain vivió la fiebre de los musicales en Madrid. “Me dieron de comer muchos años, pero es agotador. La gente no tiene ni idea de lo que es hacer una función ocho veces por semana. ¡Es una puta barbaridad! La industria es solvente, pero el actor de musicales todavía está muy desprotegido. Nos falta una unión de actores que luche por nuestros derechos”, protesta. Ya asentado, decidió lanzarse, decenas de videobooks mediante, a la encarnizada búsqueda de representante.

Al fin, pasados los 40, despegó su carrera televisiva y, gracias a aguerridos secundarios, empezó a circular por todas las plataformas disponibles. Para Movistar Plus+ hizo Rapa; para Netflix, Intimidad; para Prime, Historias para no dormir y para Disney+, Invisible. “Me pasa esto con 24 años y me hubiera vuelto loca. Por eso no me pasó. Tenía ganas de validarme con el reconocimiento como una revancha de lo que me había pasado en mi vida. Agradezco que me diera tiempo a hacer terapia y encontrar quién era yo”, comparte.
Con ese aplomo que solo aporta la edad, afronta los pormenores que supone ser actor en 2026. De las redes sociales —“a veces estás más reconciliado con ellas y otras las odias, porque te odias a ti mismo. En la movida de ahora con los influencers hay mucho del ego del actor. Somos muchos y no nos invitan a todos, pero eso no significa que no haya espacio para los demás”— al posicionamiento constante —“ojalá todos fuéramos como Javier Bardem y pudiéramos decir ‘no a la guerra’ con todo su coño. Pero no todo el mundo está en esa posición, ni puede hacerlo. A mí me la pela, pero hay a quien le cuesta más y eso no quiere decir que piense de una manera u otra”—.
“En la movida de ahora con los influencers hay mucho del ego del actor. Somos muchos y no nos invitan a todos, pero eso no significa que no haya espacio para los demás”
Lo que más le molesta de la industria es la obsesión por etiquetar a los actores por sus papeles. En su caso, amantes o padres de familia de clase más bien alta. “Me pasa y reconozco que me enfada. Te encasillan en hacer de hetero y, de repente, se sorprenden”. Pero ese sambenito tiene los días contados. Este año va a encadenar el papel de macho ibérico en el thriller rural Pura Sangre con una feel good movie con acento LGTB.
“Yo aspiro a hacer estos extremos, aunque sea en proyectos muy comerciales. A mí todo eso me pilla muy mayor. Quiero hacer mainstream, series que vea todo Dios. Sé perfectamente lo que puedo hacer y no me genera ningún complejo”, afirma. Después de protagonizar su primera película, ¿le queda alguna meta para los 60? Zatarain piensa y vuelve a liberar una risotada: “Comprarme una casa propia”. Lo importante no es llegar primero sino saber llegar.
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