Los ángeles me protegen
Aquel viaje a Los Ángeles cambió algo en mí. Entendí que una ruptura puede enseñarte otro lugar del mundo, pero también abrir un lugar dentro de ti

No lo sabe mucha gente. Como ya no tengo Instagram, no lo he contado demasiado. Lo sabe quien me ha visto sin camiseta: tengo un dibujo de Basquiat tatuado en el brazo izquierdo. Es la corona. Basquiat la utilizaba para investir de grandeza aquello que no había sido considerado digno de ella, para convertir al outcast en el centro del sistema. Esa corona me da fuerza.
Basquiat dibujó muchas otras cosas, y los ángeles fueron una de ellas. Ángeles urbanos, torcidos. Pero los ángeles existían mucho antes de Basquiat. Antes incluso del cristianismo. En la cultura asiria, los primeros protectores alados fueron los lamassu: criaturas híbridas con cuerpo de toro o león, alas enormes y rostro humano, colocadas en las puertas de las ciudades para custodiar el paso. No salvaban almas: protegían el umbral. En La Anunciación de Fra Angelico, el ángel no irrumpe: se posa, como si viniera a vigilar el aire. Desde entonces, los ángeles del arte han protegido más desde la presencia que desde la acción: del San Rafael que guía a Tobías a los querubines de Murillo, pasando por los de Paul Klee, su función ha sido emocional, más pendiente del dolor humano que del destino final. Como si el arte hubiera entendido que proteger no es evitar la caída, sino quedarse a tu lado mientras ocurre.
El primer ángel que recuerdo fue mi tío Carlos, hermano de mi madre. Yo tenía veinte años y en aquella cena de Navidad mi primer novio acababa de dejarme. Intentaba tragarme las lágrimas entre el marisco y una familia que ahora es muy LGTBIQ+, pero que entonces todavía no sabía bien cómo serlo. Mi tío Carlos era un poco como el tío Bruno de Encanto, ese personaje que parece vivir al margen y, sin embargo, sostiene a toda la familia sin que nadie lo note. Vivía en Los Ángeles. Es mi tío guay. Es mi tío gay. En aquella cena me miró desde el otro lado de la mesa y entendió lo que estaba pasando. Cuando empezamos a recoger los platos, se acercó y, sin preguntarme qué me ocurría, me hizo una propuesta: viajar a Los Ángeles para recoger a su perro. Él quería quedarse ya para siempre en Madrid y temía que, si volvía a por PK —así se llamaba el perro—, no tuviera fuerzas para regresar. La propuesta era mucho más que un billete para traer a su perro de vuelta. Era conocer el mundo. Conocer el mundo gay. Salir de mi mente. Sentirme útil. La propuesta de mi tío era, en realidad, reparar mi corazón. Aquel viaje cambió algo en mí (siempre he pensado que todo lo que me pasó sería un película preciosa). Traje ese perro de vuelta y por el camino entendí que una ruptura puede enseñarte otro lugar del mundo —Los Ángeles—, pero también abrir un lugar dentro de ti que no sabías que existía. Desde entonces, intento que cada herida abra una puerta.

No sé si recordáis a Isabel, la famosa vecina de Valencia, con su cardado y su voz preciosa en Callejeros:
—¿Les pides ayuda a los ángeles? —le preguntaba el reportero.
—Por supuesto —respondía ella—. Les pido ayuda y ellos me dicen que tranquila, que están conmigo.

Últimamente, mis ángeles han estado en Madrid. Han sido Lola cocinando en su casa una escudella vegana; Álex pidiendo un espresso martini en ChinChín para que esté listo cuando yo llegue y poder brindar; Ana y el café antes del bikram en Acid; Amanda y un café en Kohi para volver a hablar de todo; Maca y Sofi mirándome en silencio en Plaza del Rey, con lágrimas en los ojos que no hacían ruido pero lo entendían todo; las risas de Pilu en los últimos días de rodaje de La Bola Negra; Jaime, Pelayo y Álvaro en Chitón, a carcajadas ante mis intentos de ser libre; una charla con Beltrán compartiendo una pizza; un concierto con Custodio —qué nombre más exacto— de Mónica Naranjo; Alberto y Mariano, con una carne buenísima, viendo los Premios Feroz en la tele de su casa; Susi poniéndolo todo de su parte para que la mudanza esté hecha cuanto antes. Un mensaje tuyo, mientras esquiabas, diciéndome que no estaba solo, que solo lo estaba físicamente. Ellos me protegen.
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