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Último adiós de blanco a Valentino

Grandes nombres de la moda y celebridades despiden al diseñador en su funeral en Roma, una ceremonia cuidadosamente organizada buscando la perfección y la belleza hasta el final

Funeral Valentino

El funeral de Valentino, último emperador de la moda italiana fallecido el lunes a los 93 años, se ha celebrado este viernes en una parte de las termas más grandes de la antigua Roma, las de Diocleciano, transformada en el Renacimiento en la iglesia de Santa María de los Ángeles. La fachada es un semicírculo arcaico por el que se entra a las profundidades de la historia y ante ella se ha desplegado, con numerosos empleados de seguridad, la última pasarela de Valentino, su despedida, a la que han acudido grandes nombres de la industria de la moda y otras celebridades. Frente al templo, con diseño original de Miguel Ángel, está la plaza de la Repubblica, un semicírculo que es como un monumental teatro.

Ha sido una última ceremonia cuidadosamente diseñada, en busca de la perfección hasta el final, a la que han asistido las actrices Anne Hathaway y Liz Hurley; el director creativo de su firma durante más de veinte años, Pierpaolo Piccioli; Tom Ford, Donatella Versace y su hija Allegra, Anna Fendi, Brunello Cucinelli, François-Henri Pinault; la célebre exdirectora de Vogue, Anna Wintour, y la crítica de moda Suzy Menkes. Por supuesto, el círculo familiar y más cercano del diseñador, como su pareja Vernon Bruce Hoeksema y su compañero y socio de una vida en su legendaria firma, Giancarlo Giammetti.

En la plaza no cabían más Mercedes negros aparcados. Algunos centenares de personas se agolpaban en vallas de seguridad instaladas en las aceras, pero todo ha discurrido con una organización perfecta, de forma satinada. Ni siquiera quienes se hacían fotos ―sí, la gente también se hace selfis en funerales de famosos― lograban estropearlo. Incluso el tráfico parecía pasar sin querer hacer ruido, en una hermosa mañana de frío y sol en Roma. Solo se escuchaba el agua de la gran fuente de las Náyades, en el centro de la plaza, con los seductores cuerpos desnudos de las ninfas acuáticas. Valentino era un maniaco de los detalles y su adiós ha tenido una dirección exquisita, un trance en el que ha renunciado al rojo de toda su vida, o de la vida, y ha elegido el blanco, el color dominante en los actos fúnebres de estos días, y también en el funeral.

La decoración del templo y todas las flores del interior eran blancas. También muchas de las coronas enviadas que se veían en la puerta. De la familia Armani, de Sophia Loren, con la frase “Sempre nel mio cuore”. Única rosa roja, la de Claudia Schiffer. Frente al altar, una gran foto de Valentino sonriente. También sin color, en blanco y negro. El féretro entró puntual a las once de la mañana con la música de la Lacrimosa del Requiem de Mozart.

Ya la visita a la propia capilla ardiente, durante el miércoles y el jueves, era en sí misma una experiencia estética. Estaba en la sede de su fundación, Pm23, junto a la histórica casa de su firma, en plaza de Mignanelli, junto a la de Spagna. Su féretro se hallaba en una gran sala, inmerso en un blanco total y absoluto, como cuando ya no hay nada que decir o se regresa al inicio. Ese edificio es el lugar donde Valentino Garavani abrió su primer taller en 1960, y donde ahora empiezan a estudiar los que quieren seguir sus pasos.

El ataúd se encontraba bajo una pérgola de la que descendían anémonas, camelias, rosas, dalias y buganvillas. Pasaron unas 10.000 personas a darle un último saludo, y quizá por la oportunidad de ser parte por una vez, la última, de su exclusivo mundo. En la fila se veían personas de todo tipo, vecinos y turistas, vestidos cuidadosamente a la moda y de cualquier manera. Las propias modistas y costureras de los vestidos de Valentino, que han salido estos días en la tele, parecían señoras muy normales de Roma, en contraste con las modelos que los vestían.

En los escaparates de la sede de Valentino, rigurosamente de negro, había una frase en inglés: “Amo la belleza, no es culpa mía”. La mayoría de los italianos podrían decir lo mismo, también la aman, en este país es la medida de todas las cosas y, en definitiva, casi una referencia moral. Por eso Valentino ha sido reverenciado y respetado, se le ha considerado un triunfador absoluto en la sofisticación y en vivir la vida como una fábula, fuera de la realidad y lejos de la vulgaridad. Entre la pequeña multitud reunida este viernes en torno a la iglesia reinaba la curiosidad de ver de cerca ese mundo impecable e inaccesible, poniéndose de puntillas, alzando el móvil para grabar.

Los invitados iban llegando escrutados, observados, envidiados incluso en un momento así. “¿Quién hay?”, se preguntaba en los corrillos, una pregunta curiosa si se piensa que todos los que estaban iban por alguien que ya no está. Pero querían estar, y todas las breves declaraciones de los asistentes eran de amistad y agradecimiento por alguien a quien describían como único, amable y delicado, salvo cuando se enfadaba por algo que no era exactamente como debía ser.

Hasta la homilía del párroco, Pietro Guerini, giró en torno a la belleza: “Valentino era un buscador de belleza, un creador de belleza y ha dejado al mundo dones de belleza”. Giammetti tomó la palabra al final, primero en inglés, y casi con una nota de humor, para agradecer la presencia de “todos nuestros amigos que han volado hasta aquí”: “Y también por afrontar esta misa tan larga, pero es nuestra religión y Valentino la amaba”. “¿Qué puedo decir? Quería agradecer a Valentino haberme enseñado la belleza. A través de él he descubierto qué quería decir. Nos conocimos de chiquillos, hemos soñado las mismas cosas, hemos conseguido realizar muchas. Haré de todo para que no se te olvide”, ha concluido Giammetti. La pareja del diseñador durante sus últimos años, Hoeksema, a quien Valentino dijo sus últimas palabras, “Te amo”, habló después: “No te digo adiós, solo gracias”. Tanto agradecimiento era también por la belleza mantenida hasta el final, incluso en el momento del dolor, en la que probablemente es el único consuelo.

Los restos de Valentino dejaron la basílica mientras sonaba Il nostro concerto, de Umberto Bindi, un clásico olvidado de 1960 de la canción ligera italiana, de un artista hostigado en su día por su homosexualidad y que hizo una de las primeras canciones al amor entre hombres. La última pieza de despedida fue el aria O mio babbino caro, de Puccini. La gente aplaudió el féretro cuando salió de nuevo a la plaza y el coche fúnebre partió hacia el cementerio Flaminio, en las afueras de Roma. Ha sido enterrado en un mausoleo circular, con grandes cristaleras alrededor y dos cipreses. Hay dos nombres escritos: Garavani y Giammetti.

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