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Relatos
Tribuna
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Un desamor de verano de... Luz Sánchez-Mellado: ‘Vacaciones de morros’

La periodista escribe sobre el proceso de desenamorarse: “Dicen quienes los han probado que los penúltimos polvos son los mejores. Lo malo, o lo bueno, es que eso solo se sabe a toro pasado”

verano
Luz Sánchez-Mellado

Nunca es buen momento para separarse en las relaciones largas con hijos. Sobre todo, cuando nada obliga a nadie a querer salir por piernas y no sabe una, o uno, si da más vértigo irse de casa o hastío quedarse en ella. Cuando no es Nochebuena es Navidad, o Semana Santa, o el cumpleaños de un crío, multiplicado por el número de crías de la prole, o se ha puesto malo de ingresarse un abuelo y cómo vas a ser tan descastado de darle ese disgusto en el lecho del dolor al viejo. Luego, casi siempre, se pasan los turrones y las torrijas y las tartas, y ni se muere padre ni cenamos, ni te separas ni te arreglas, y vuelves a las mismas. Puta ley de vida.

No, nunca es el día perfecto para empezar la próxima partida de tu timba si no tienes las agallas de romper tú la baraja ni la suerte o la desgracia de que sea el otro quien te la dé cortada. Pero si hay una estación hostil a las rupturas es el verano. Ya lo cantaban Sonia y Selena hace 25 años: “Cuando llega el calor, los chicos se enamoran, es la brisa y el sol”. Ni una palabra de tormentas ni nublados. Y, dejando aparte el cambio climático y la distribución de los volúmenes faciales de esas dos diosas paganas, las cosas no varían tanto en tan poco tiempo. Los latinos somos muy nuestros, la soledad solo es fotogénica en los cuadros de Hopper, Los Hamptons nos quedan muy lejos y muy caros, y la idea del estío por la que suspiramos todo el año consiste en una sucesión de días y noches mirando al mar soñando y disfrutando al amor de los otros. La vida, sin embargo, no es siempre como uno quiere y no puede programarse todo.

A diferencia del enamoramiento, que puede suceder de un segundo para otro, desenamorarse suele ser un proceso de duración indeterminada que puede llevar, encima, distintas velocidades para los dos ciclistas del tándem que antes iba solo sin más esfuerzo que el gozo de pedalear juntos al mismo sitio. Así que, por pura estadística, quién más, quién menos, ha pasado o va a pasar algunas vacaciones de morros o en crisis con su pareja sin saber, o sin querer saberlo, si van a ser las últimas. Así las cosas, agosto puede ser un desierto de arena, pena, penita, pena, que cantaba Lola Flores. O una posibilidad, por pequeña que sea, de salvar lo nuestro, que le rogaba Marisa Paredes a Imanol Arias en La flor de mi secreto. O las dos cosas en días y horas alternas. Quien lo pasó, lo sabe.

Ya en el viaje se produce un dulce extrañamiento de uno mismo y del otro, o la otra. La bella tregua en la cotidiana batalla de silencios o reproches que suponen a veces los cambios de escenario. Llegados a destino, rodeados de familias presuntamente felices y comiendo chopitos, aunque sea de cara a la galería del paseo marítimo, te preguntas por qué ellos sí y vosotros no, teniéndolo todo, y de la respuesta que te des a ese dilema y de la que se dé el otro, u otra, dependerá el clima de los siguientes días. Nada hay más dado a las comparaciones que la felicidad ajena ni nada hay más cierto que las comparaciones son odiosas para quien no las gana. Y, viendo lo suyo tan fácil y lo vuestro, tan imposible, arrecia la tentación de intentar cambiar las tornas, aunque sea por unos días y a base de autoengaño, ese potente estupefaciente. Y, de repente, la otra, u el otro, del que te enamoraste un día empieza a parecerte definitivamente inaguantable. O irresistible.

Así, los dos metros, o el metro treinta y cinco, de una cama distinta a la de todos los días puede ser o un foso insalvable o acabar una noche tonta en el polvo del siglo. Dicen algunos que los han probado que los penúltimos son los mejores. Precisamente porque se conoce al milímetro el follaje del monte propio, y del ajeno, porque donde hubo fuego quedan rescoldos y porque bien saben los bomberos forestales que una brasa mal apagada puede reprender la hojarasca y volver a avivar el incendio que parecía extinto. Nada en contra. Lo malo es que, si esos fuegos artificiales son o no los postreros, solo se sabe a toro pasado.

Porque después de la euforia de la tregua vuelve, claro, el viaje de vuelta a casa, a uno mismo y sus circunstancias. Ya sabemos que en septiembre se produce el mayor número de divorcios del año. Eso no es noticia. Pero no sabemos cuántas parejas deciden permanecer juntas después del que pensaban iba a ser su último verano. Porque les dura el espejismo. Porque se reenamoran: sí, se han reportado casos. Porque deciden hacer terapia de pareja, a ver qué pasa. O porque optan por lo malo, y cómodo, conocido porque, de alguna extraña forma, les compensa.

En eso, septiembre es implacable. Llega la vuelta al cole y al curro y a esta vida perra que nos deja sin tiempo ni fuelle para papeleos, notarios, mudanzas ni mucho menos poner tu vida patas arriba. Además, los puentes del otoño están a la vuelta de la esquina, en nada es Nochebuena, y Navidad, y Semana Santa y el cumpleaños del pequeño, y el de la mayor, y a la abuela le han visto algo raro en una colonoscopia de rutina y empieza de nuevo la rueda.

Si ha llegado hasta aquí, vayan por detrás mis disculpas. No estaba en mi ánimo aguarle el veraneo a nadie. Igual esta no es la historia de amorrr loco que más nos gusta leer estos días tumbados a la bartola en una cama balinesa bajo una sombrilla de paja libando un daiquiri de fresa. Pero el amor, el de verdad, el que nace, crece y, a veces, muere lentamente o se transforma en cariño, compañerismo y grata costumbre, también es esto. Y me juego las gafas de cerca sin las que no soy nadie a que, si levanta la vista de las suyas, alrededor, entre sus vecinos de beach club, o de playa a secas, o de camarote de crucero, o de camping marronero, o de resort de seis estrellas y pulsera todo incluido, hay más de una y de dos parejas aparentemente felices a las que le suenan estas líneas. Y, si no, ay, puede que sea la suya.

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Sobre la firma

Luz Sánchez-Mellado
Luz Sánchez-Mellado, reportera, entrevistadora y columnista, es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y publica en EL PAÍS desde estudiante. Autora de ‘Ciudadano Cortés’ y ‘Estereotipas’ (Plaza y Janés), centra su interés en la trastienda de las tendencias sociales, culturales y políticas y el acercamiento a sus protagonistas.
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