Enamorarse o romper en un pueblo: “Es como si siempre estuvieses en el instituto”
Buscar pareja en entornos pequeños implica moverse en círculos en los que casi todo el mundo comparte historia, amistades y rumores. ¿Cómo se vive y se sobrevive sentimentalmente cuando el anonimato no existe?


Durante la campaña electoral de 2021, en una entrevista concedida al programa Más de uno de Carlos Alsina en Onda Cero, Isabel Díaz Ayuso realizó una de esas declaraciones que muchos todavía recuerdan. La presidenta de la Comunidad de Madrid, convertida durante la pandemia en profeta de la libertad en forma de “tomar cañas”, declaró que “cuando uno viene a Madrid, se lo pasa bien y tiene múltiples formas de empezar de cero una vida. Puedes cambiar de empresa o de pareja y no volver a encontrártelo nunca más. Eso también es libertad y no ocurre en todas partes”. Razón no le faltaba.
En las grandes ciudades, el amor puede terminar con la garantía casi total de no volver a cruzarte con tu expareja. También es posible conocer a alguien completamente nuevo, que pertenezca a un grupo social o tenga unas costumbres completamente diferentes. Pero conforme el número de habitantes de las poblaciones se reduce, las posibilidades de que ocurra justo lo contrario van aumentando. En una isla o un pueblo pequeño, la historia es bien diferente. Allí el recorrido sentimental de cada uno es de público conocimiento, cada nueva cita tiene un contexto previo y cada ruptura se convierte en el tema del día. Se va a los mismos bares y se comparten los amigos, con todo lo que eso implica.
Buscar pareja en un entorno donde todo el mundo se conoce no solo reduce el número de opciones objetivas. Julia (36 años), que vive en una isla mediana de España y que prefiere ocultar su verdadero nombre por motivos obvios, lo resume con una explicación muy gráfica: “En un pueblo de una isla ligar es como si siempre estuvieses en el instituto: cuando terminas con alguien lo vas a seguir viendo a menudo, y, además, sabes con quién va y con quién se ha liado antes de estar contigo. Lo de que una amiga te pregunte si te parece bien que hable o ligue con un exligue tuyo es algo habitual”.

En territorios pequeños, hay muy poco margen para el azar. “En mi isla, cuando ligas, lo más probable es que lo hagas sabiendo quién es esa persona, y si no, seguro que tenéis gente en común”, cuenta Julia. “Muchas veces pasa que te lías con alguien y resulta que habías tonteado o ligado con un amigo suyo o incluso con un familiar. Por ejemplo, yo de adolescente me lié con dos hermanos (en épocas distintas)”.
Manel tiene también 36 años y también prefiere no decir cómo se llama de verdad. Vive en un pueblo del interior de Cataluña de unos 3.000 habitantes y describe un escenario similar. “Sin saber cómo funciona en la ciudad, sí que pienso que al vivir en un pueblo las opciones son menores. No vas a encontrar al amor de tu vida paseando por el pueblo, ya que seguramente ya lo habrás visto en un lugar o en otro. Y si lo haces, será alguien que no es de por aquí”.

El cortejo empieza con mucha información previa. “En mi caso, le echas el ojo en el bar del pueblo o en alguna fiesta mayor a una chica. A partir de ahí, fuera de redes, si quieres saber más, solo tienes que hablar con tus amigos. Seguro que uno u otro tendrá información”, explica Manel. “Es más, en la primera cita ya llegas con prejuicios porque sabes con quién ha estado y esa es una parte complicada de digerir”, continúa, “porque a partir de ahí ya sabes quiénes serán los ‘extras’ de la relación. Me refiero a su círculo social: conocidos, amigos, exparejas y familia”.
“Alguna vez me ha pasado ligar con alguien y, al conocer a su grupo de amigos, pensar ‘vaya’, porque me había gustado o había tenido algo con uno de ellos…”, recuerda Julia entre risas. Ella y sus amigas llegaron a crear un grupo de WhatsApp para coordinarse: “Hace unos años, estando solteras unas cuantas del grupo, decidimos crear un grupo que se llama Tinderella para poder preguntarnos si alguna más hablaba con x persona o si alguna había quedado con algún chico”, recuerda. “Varias veces coincidimos y hablábamos para decidir quién seguía hablando con él y el resto se retiraba disimuladamente”.
El peso del “qué dirán”
La mirada del entorno se convierte en un actor más en las poblaciones pequeñas. Sin quitarle importancia ni darle demasiada, las opiniones, chismes y comentarios que surgen alrededor de una relación pueden llegar a ser un obstáculo en el libre desarrollo de una pareja. “El famoso ‘qué dirán’ puede resultar una parte difícil de digerir, ya que es muy posible que todo el vecindario, incluso todo el pueblo, hable de que estamos juntos, y eso obliga a poner una etiqueta precoz a lo que somos como pareja”, explica Manel. “Es difícil encontrar a una persona que no haya estado con algún conocido, sepas cómo fue en esa ocasión y la juzgues por ello, pero todo es hablarlo”.

Carmela Díez, psicóloga y terapeuta de pareja de Menorca, observa este fenómeno en su consulta. “En general, muchas personas viven con más ansiedad las relaciones afectivas, sobre todo por el miedo a no encontrar pareja. No solo hay menos gente, sino que existe un sesgo de creer que ‘no hay nadie”, apunta. Desde su experiencia, la dificultad tiene una base objetiva real, pero también otra psicológica. “Siendo realistas, inevitablemente aquí hay menos gente y, por lo tanto, menos opciones. Pero aparte de las limitaciones objetivas, también hay limitaciones psicológicas: la gente suele pensar esto de ‘ya conozco a todo el mundo’, y con esa actitud de poca esperanza siempre es más difícil. Es cierto que muchos nos conocemos entre nosotros, pero no a las personas de otros pueblos, o de una o dos generaciones por encima o por debajo. Las opciones son muchas más de las que creemos. Y, además, constantemente viene gente de fuera a vivir”.
Rupturas sin anonimato
Si empezar una relación es complejo, terminarla puede serlo aún más. Julia lo tiene claro: “En cuanto a rupturas, siempre intento terminar lo más amigablemente posible, sé que los voy a volver a ver por la calle y que probablemente coincidamos en sitios o que termine conociendo a sus siguientes parejas. Me parece más violenta la incomodidad constante que el proceso de gestionar una ruptura para que sea lo menos dramática posible”.
Manel describe la ruptura como el momento más delicado. “Compartes zona y vida social, por lo que, tarde o temprano, coincides con ella. El famoso ‘contacto cero’ es imposible, a no ser que te quedes en casa o cambies por completo tu rutina social. Por mi parte, tuve que hablar con mi expareja sobre qué sitios eran para uno o para el otro para no coincidir. Si había algún evento, nos comunicábamos para decir: ‘Hey, tengo pensado ir aquí’, y a partir de ahí decidir quién tenía más ganas de asistir”.
Desde el punto de vista psicológico, el impacto es claro. “Este punto creo que es de los más delicados, porque en un sitio pequeño el contacto cero se complica. Cada encuentro puede reactivar la memoria emocional, la esperanza o la rumiación, y retrasar la gestión del duelo. El duelo necesita distancia emocional, y si el entorno te expone continuamente a señales de la relación, el cerebro activa el circuito de apego y es como ir reabriendo la herida”, explica Díez.

Los rumores añaden una capa más. “Me atrevería a decir que afectan igual o incluso más durante la relación que en la ruptura. En entornos pequeños la información circula rápido (y más si hay salseo), y es difícil que un conflicto o una ruptura se viva de forma discreta”, explica la psicóloga. “Esto puede aumentar la vergüenza y el ‘qué dirán’, haciendo que muchas personas se autocensuren o se aíslen para evitar miradas o comentarios”.
Al subir la edad y el nivel de compromiso, las cosas se complican. Cuando un matrimonio en un pueblo se rompe tras muchos años juntos y hay hijos de por medio, el divorcio no es solo el fin de una convivencia, es lo que la investigadora Laura Camacho define como un “nudo biográfico” en su estudio, Experiencias de mujeres rurales ante el proceso de divorcio. Esto es, un punto de ruptura que obliga a los protagonistas a replantearse por completo su proyecto vital en un escenario donde el anonimato no existe para amortiguar el golpe. Realizada en la Universidad de Cádiz a partir de los testimonios de mujeres rurales de esta provincia, la investigación de Camacho explica que en muchos pueblos el divorcio opera como una auténtica “transgresión a las estructuras sociales de género” que activa un mecanismo de control social y vigilancia vecinal mucho más férreo que en la ciudad. Y revela que esta presión no es simétrica: las mujeres suelen verse sometidas a un juicio mayor que sus exmaridos.
La autora explica el caso de Paula, una mujer de 52 años con dos hijos fruto de un matrimonio que duró 20 años. Tras el divorcio y sin una red de seguridad económica, tuvo que enfrentarse a un entorno que vigilaba sus movimientos y “lanzarse al acantilado” del mercado laboral. Pasó de la dependencia total de su marido a encadenar trabajos como temporera en el campo, en fábricas y como auxiliar de ayuda a domicilio, asumiendo incluso turnos nocturnos para sacar adelante a sus hijos ante el impago de la pensión alimenticia por parte de su expareja. Su experiencia es un relato de éxito personal y reapropiación de la autonomía. Salió adelante y demostró que se podía valer por sí misma. “Problemas los tengo todos y hay que hacer muchos números, pero se llega”, explica con orgullo Paula en el estudio. “Ojalá hubiera sabido que era capaz, porque mi estado civil ahora es feliz”.
Ventajas de lo cercano
El retrato no es únicamente sombrío. Julia reconoce que la exposición también tiene efectos inesperados en el duelo: “El proceso es distinto”, opina. “A veces el duelo es más largo, pero te obliga a superar la incomodidad de verlo y eso termina haciendo que olvides lo malo que pasó al crear nuevos momentos con esa persona. También, al menos en mi caso, me gusta que es bastante probable que termines pudiendo hablar desde la distancia de lo que pasó, pedir perdón o dar explicaciones. Algo que si no fueras viendo a esa persona lo más probable es que no ocurriera”.

Para la psicóloga, las comunidades pequeñas también ofrecen protección. “Por un lado, al haber menos anonimato, a menudo las relaciones se viven con más cercanía y más implicación: es más fácil coincidir varias veces, volver a verse y que el vínculo se vaya construyendo de forma natural y rápida. También es más fácil tener ‘contexto’ de la otra persona: no porque todo lo que se diga sea verdad, sino porque en comunidades pequeñas suele haber referencias cruzadas y eso, a veces, ayuda a detectar antes si encajáis en valores, estilo de vida o expectativas. Y, además, como el entorno es más compartido, muchas parejas tienden a cuidar más lo que construyen y a hablar antes las cosas, porque saben que lo que pasa en la relación tiene más impacto en su día a día”.
Buscar pareja en un lugar donde el anonimato no existe exige, por tanto, una forma distinta de compromiso y responsabilidad afectiva. Para Carmela Díez, la transparencia, la comunicación y una red de apoyo potente, son claves para salir adelante.
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