El Leyenda, de líder pandillero a ‘tiktoker’ en silla de ruedas
Héctor Manuel Mejía, exmiembro de la violenta banda de los Dominican Don’t Play, acude a su juicio tras quedar parapléjico en una trifulca con arma de fuego en un narcopiso de Ciempozuelos en 2023


La leyenda de Héctor Manuel Mejía, dominicano de 33 años crecido en el distrito madrileño de Villaverde y afincado en Seseña (Toledo), se truncó el 11 de julio de 2023. Leyen o El Leyenda, filiado desde su tierna juventud en los archivos policiales como líder conocido y respetado de la banda juvenil violenta de los Dominican Don’t Play (DDP), recibió aquella calurosa tarde de verano un disparo en el abdomen que le reventó el bazo y le atravesó un pulmón antes de que la bala se alojara en una de sus vértebras lumbares. Hoy, reconvertido en un tiktoker que relata cómo vivir en silla de ruedas, acude al juicio por aquellos hechos, ocurridos en un narcopiso de Ciempozuelos.
Reconocido entre los suyos como guardián de las esencias de la legendaria pandilla de dominicanos asentada en Nueva York en los noventa, recordado como un implacable adiestrador de cachorros descarriados y entrenados en el uso del machete y el trapicheo de drogas, asistía esta semana a las vistas con jurado popular que se celebran en la Audiencia Provincial de Madrid.
Víctima, según la Fiscalía, de un presunto homicidio en grado de tentativa y acusado de tenencia ilícita de armas y allanamiento de morada, su caso ejemplifica la gloria y la caída de un mito de una de esas bandas juveniles violentas que se expanden como una mancha de aceite por el extrarradio madrileño. “Es un señor bastante optimista, lucha mucho y es muy colaborador, pero lo que hay es lo que hay”, resumió la forense.
El Leyenda, rápido y escurridizo exmiembro de los DDP, detenido por lesiones y amenazas, asociación ilícita y tráfico de drogas en operaciones policiales ligadas a las pandillas, nunca fue condenado por pertenencia a bandas. Pero la mención de su nombre levantaba los oídos de sus seguidores y propagaba el temor entre miembros de bandas rivales, como los Trinitarios.
La factura de aquellos tiempos de “gloria” le ha salido cara y ahora vive aquejado de fuertes dolores en sus piernas que no puede mover y con una alarma en el teléfono que le recuerda que cada cuatro o cinco horas debe sondarse para eliminar la orina. Sin embargo, su profunda caída no parece haber acabado con su leyenda. Héctor Manuel Mejía se queda en pañales ante su cámara y cuelga vídeos en los que enseña cómo ponerse y quitarse mejor los calzoncillos y las medias, o recomienda ejercicios para mantener el equilibrio del tronco.
Dos versiones enfrentadas
Dos versiones de los hechos que lo dejaron postrado han entrado en colisión durante las vistas del juicio oral y van a determinar el veredicto del jurado. La suya y la del presunto autor de los disparos, Carlos Acevedo, también dominicano de 45 años con otro rosario de detenciones a sus espaldas.
El Leyenda aseguró en su declaración que de manera sorpresiva e inexplicable su “paisano”, con quien mantenía una cordial relación de vecindad, le pegó seis tiros a quemarropa de los que le alcanzó solo uno porque logró esquivar el resto. Mientras que Acevedo defendió que aquel día El Leyenda se presentó en su casa acompañado de Stéphano, novio de su hijastra y vecino del piso bajo del mismo bloque de viviendas, también procesado en la causa. Empujaron violentamente la puerta y a él y entraron en la vivienda portando una maleta y dos rollos de cinta y exigiéndole que se fuera del piso. Ante su negativa, El Leyenda sacó una pistola y los tres forcejearon, dando lugar a los seis disparos en distintas direcciones, uno de los cuales alcanzó a la víctima.
“Cuando vi la maleta y las cintas pensé que me iban a descuartizar y a meterme ahí”, declaró Acevedo en la sala, donde manifestó el miedo que todo el mundo le tenía al Leyenda y tiene. “Me he tenido que cambiar hasta siete veces de módulo y de prisión por las amenazas de los suyos en la cárcel”, dijo.
Acevedo aseguró sentir tanto miedo que, cuando semanas antes de los hechos comenzaron a “amenazarle” con echarle de su piso, acudió a la Policía Local a denunciarlo y a la Guardia Civil de Ciempozuelos. Incluso, aquella misma mañana del 11 de julio, solo unas horas antes del tiroteo, se presentó en el cuartel de Valdemoro y se ofreció a colaborar (“dar información sobre los negocios de drogas del Leyenda y los suyos”) con los investigadores a cambio de que los agentes le dieran protección. De allí salió con un número de teléfono, al que llamó 20 minutos después de producirse los seis disparos: “Creo que he matado al Leyenda”, le dijo al guardia civil, según declaró este en el juicio.
Carlos se entregó minutos después a los mismos investigadores con los que se había entrevistado aquella mañana y les narró su versión de lo ocurrido, que no ha cambiado hasta hoy, cuando sigue en prisión preventiva desde entonces. La Fiscalía cree su versión por la coherencia y las pruebas complementarias que la atestiguan. Sin embargo, considera que no concurre la legítima defensa, como sí defiende la abogada de Acevedo, Mari Carmen López.
“Ha quedado acreditado un conflicto previo entre las partes: amenazas, discusión por la entrega o posesión de una vivienda, que El Leyenda pretendía convertir en un nuevo punto de venta de droga”, aseguró la fiscal. “Pero Carlos Acevedo intenta arrebatarle la pistola y dispara hasta seis veces a sabiendas de que puede provocarle la muerte”, agrega para desestimar la legítima defensa.
Carlos vivía por aquel entonces en el piso que Héctor había ocupado ilegalmente años antes, un segundo en un bloque de viviendas en el número 12 de la calle Navarra de Ciempozuelos. Justo debajo, en un narcopiso de la planta baja vigilado desde hacía meses por los investigadores de la Guardia Civil, habitaba su hijastra Naiara con su pareja, Stéphano Reyes, también procesado en esta causa por allanamiento de morada, ya que supuestamente acompañaba a Héctor cuando acudió al piso de Carlos, aunque ambos lo niegan.
El motivo de “la visita” era que Carlos debía irse de la vivienda y devolvérsela. Vecinos de bloque, unidos por el consumo de drogas e incluso compañeros de calabozo tras una redada, aquella sería la última tarde que se verían las caras. Durante todas las sesiones del juicio han estado separados por un biombo para no cruzar ni media mirada.
Según el relato del Leyenda, tras conocer en 2020 a Arantxa, su actual pareja, se mudó con ella a su casa de Seseña y le cedió el piso a su socio Macoli, un conocido traficante de drogas para los guardias civiles de Pinto y Valdemoro que se encuentra actualmente en prisión. Y este, a su vez, se lo acabó subarrendando a Carlos Acevedo en 2023, tras salir este de la cárcel condenado por violencia de género.
Según el escrito de la Fiscalía, esto fue lo que ocurrió: “Héctor Mejía y Stephano Reyes [pareja de su hijastra] entraron en la casa de Carlos Acevedo, portando una maleta y dos rollos de cinta de carrocero. Una vez en el salón, Stephano cogió del cuello a Carlos haciéndole el ‘mataleón’, sin que llegara a perder el conocimiento. Seguidamente, Héctor sacó un arma de fuego, la desenfundó y encañonó a Carlos, momento en que Stephano le soltó del cuello. Carlos consiguió, en un momento dado, coger el arma que llevaba Héctor y, con ánimo de causarle la muerte o siendo consciente de que con su acción ese resultado podría producirse, le disparó hasta en seis ocasiones, impactándole un proyectil”.
Una maleta negra perfectamente hecha con ropa y enseres personales, unos carretes de cinta, casquillos de bala, orificios en las paredes, restos de sangre, huellas de los implicados... fue lo que encontraron los agentes de criminalística de la Guardia Civil que realizaron la inspección ocular cuando acudieron al lugar. El arma nunca apareció.
Pendientes del veredicto del jurado, la leyenda, ahora en silla de ruedas, continúa.


























































