La empatía del fumador
Ahora que fumar está en vías de extinción, cabe preguntarse qué pasará con la fraternidad entre adictos, a dónde irán los pitis que no daremos


Tengo la costumbre de subrayar las frases que me gustan en los libros, como si poniendo una línea bajo las palabras fuera a evitar que estas caigan en el olvido. La semana pasada iba en el metro leyendo el nuevo libro de Juan Gómez Bárcena, Abril o nunca. Saqué tanto el lápiz que más que una novela parecía que iba con un cuaderno de colorear mandalas. Es una cosa loquísima el talento de este hombre. El caso es que una de las muchas frases subrayadas se quedó conmigo. Decía así: “Entre las muchas fraternidades posibles, ninguna es capaz de unir tanto a dos desconocidos como la necesidad de fumar”. No es la frase más bonita, pero sí una de las más certeras. A un extraño no se le niega fuego, papel o un cigarro, como sí se le puede negar casi cualquier otra cosa. Porque el vicio y la necesidad hacen extraños compañeros y eso puede comprobarlo cualquiera entrando en un after.
Dejé de fumar hace ya siete años. Creo que es de lo mejor que he hecho en mi vida, pero a veces, cuando veo a alguien encenderse un cigarrillo, se me olvida. No todo el mundo tiene ese poder, pero hay ciertas personas que de verdad saben fumar, que aspiran con una urgencia aspiracional. Fumar es un poco como follar: todo el mundo puede hacerlo, pero no todo el mundo sabe hacerlo bien. Quienes follan bien se dedican al porno, supongo, y quienes fuman bien, al cine. Hubo una época, en el Hollywood clásico, en la que ser una estrella consistía básicamente en repetir tus frases y fumar con aire lánguido y misterioso. Ahora ya nadie fuma tan bonito. Desde que el tabaco se asoció con el cáncer, el sarro y las arrugas, fumar ha dejado de ser sexy para convertirse en un vicio cochambroso.
Pero nadie puede negar, a pesar de su mala imagen, que el tabaco creaba una hermandad invisible entre fumadores. Deleznable en lo sanitario, admirable en lo social. Quizá porque compartir espacio, respirar el mismo aire, une; pero respirar el mismo veneno crea un tipo de unión mucho más fuerte. He hecho grandes amistades efímeras a la puerta de la discoteca o el bar, con un cigarro colgado en los labios. He vivido historias de amor que duraban lo que tarda en consumirse un piti (una medida de tiempo elástica que solo entiende quien ha sido fumador). Mantiene el cigarrillo en mi memoria una alegría universitaria, como de pausa postcoital, de jarana entre colegas y alegre pasatiempo dactilar.
Después de subrayar la frase de marras, cerré el libro y me quedé pensando en las posibles fraternidades con extraños que pueden surgir para alguien que ya abandonó el tabaco. En aquellos pequeños gestos de solidaridad que se dan en una ciudad como Madrid. Iba entonces con mi hijo pequeño y pude comprobar de primera mano muchas de ellas. Tener un niño no solo es una estupenda razón para dejar de fumar. También implica aprender a confiar en la bondad de los extraños. Lidiar con las preguntas que le hacen al niño, pero tienes que responder tú. Aceptar consejos no pedidos y recibir sonrisas cómplices de desconocidos que están en tu misma situación.
Soy un hombre joven, me han educado para que sea yo quien ceda el asiento, para ayudar con la compra a desvalidas ancianitas y preguntar a los turistas despistados si necesitan ayuda. Me han educado para ser fuerte, o al menos parecerlo. Por eso sostener un bebé en brazos fue una sensación extraña, como si me recolocara en otro lugar en el mundo. Ser padre te hace ser vulnerable de formas que no había podido imaginar (muchas de ellas, de hecho, se tratan en el libro de Gómez Bárcena). Te hace necesitar la ayuda de desconocidos. De repente, es a ti a quien ceden el sitio en el metro, eres tú el que necesita que alguien te eche una mano para bajar el carrito en las escaleras. Todo el mundo te abre y te sostiene la puerta.
Esto de las puertas de entrada a la estación de metro es algo en lo que me fijo desde hace tiempo. En horas puntas, las puertas se mantienen en un constante batir, como en una taberna en el lejano oeste. Pero cuando va bajando el flujo de viajeros, se produce ese breve impasse en el que la persona que va antes de ti espera, mantiene la puerta unos instantes para que no te dé en la cara. A veces incluso te sonríe. Es un gesto breve, rutinario, sin importancia. Muchas personas lo reciben con cierta indiferencia, pero a mí personalmente me cambia la jornada, que ya empiezo con buen pie. Porque significa descubrir, en medio de la tediosa rutina, un gesto de bondad genuina y desinteresada, como dejar propina en un bar al que no vas a volver o dar un piti a un desconocido.
Compartir vicios une, pero también lo hace compartir miserias como ir al trabajo en hora punta, en un vagón atestado. Puede que por eso vea tantas complicidades en el metro. En el coche la gente se siente miserablemente sola, lo que la hace ser agresiva y misántropa. Pero en el metro se siente miserable en compañía, que es una miseria mucho más llevadera. Por eso allí insultan y aquí ceden el paso y te abren la puerta y te ayudan con el carrito. Nadie en la carretera te preguntará por tu madre a menos que sea interpelándola entre insultos, sin embargo, ese es el tipo de conversación casual que se da en las calles y el transporte público.
Fumar e ir en metro al trabajo son dos cosas horribles por motivos muy diferentes. Pero es bonito detectar destellos de empatía en medio de la fealdad costumbrista. La belleza inesperada es aquella que más impacta, como la de las adelfas plantadas en la mediana de la autopista.
Ahora que fumar está en vías de extinción, cabe preguntarse qué pasará con toda la empatía del fumador. A dónde irán los pitis que no daremos. El mundo ha evolucionado y hemos vuelto a la Luna y secuenciado el genoma y hemos derrotado al coronavirus, que ahora es tan amenazador como un resfriado. Pero no hemos conseguido inventar un tabaco que no mate, un cigarrito inocuo, que no perjudique gravemente a la salud, pero mantenga las convenciones sociales que se construyeron a su alrededor. Ni tampoco instaurar el teletrabajo.


























































