Por si Trump acaba con todo lo que conocemos
En este mundo en el que cuesta encontrar algo genuino, en que nada parece importante parece un poco naíf pensar que la vida podría ser algo más que trabajar, criar, cuidar, beber, pasar el dedo por el móvil como si fuera un rosario


Cuando era pequeña dormía en “las 300 camas”, el cuarto con, no 300, pero sí cuatro camas y una litera donde todos los primos nos quedábamos en casa de mis abuelos. Cada noche, antes de dormir, imaginaba que un hombre caníbal entraba por la puerta con una lanza afilada y nos comía a todos. Primero a mi primo Antón. Su cama estaba frente a la puerta así que era la presa más fácil. Luego el caníbal iba hacia las camas del fondo a la izquierda para comerse al resto de mis primas, todas chicas y todas lo suficientemente avispadas como para saber que la cama de la puerta era la peor. La mía era la más escondida, así que antes de dormirme pasaba un buen rato fraguando las múltiples formas de huir mientras el caníbal se zampaba a mi familia.
Si estoy en el andén del metro y quedan dos minutos para que llegue, suelo imaginar que alguien aparece corriendo y me empuja a las vías. Yo caigo y me hago daño en una pierna. Y en un brazo un poco también. La gente grita pero no hace nada, simplemente mira hacia abajo y hacia el túnel esperando la llegada de la catástrofe pero yo, con la cabeza lúcida, calculo que dos minutos es el tiempo suficiente para levantarme y subir de vuelta con agilidad, coger el metro e ir al trabajo como si no hubiese pasado nada.
Cuando tenía moto y volvía por la A-2 hacia casa, imaginaba que un suicida se tiraba por uno de los puentes y acababa matándome a mí y salvándose a él. No todos son ilusiones oscuras, las vivo con positividad y como forma una de entrenamiento mental para lo que pueda venir. Por ejemplo, siempre que subo a un avión imagino que me voy a enrollar con el guapo de al lado. Y, para eso, una debe estar preparada. Para un morreo repentino y para dar un discurso cuando gane el Goya, claro. O el Nobel. Kierkegaard (Qué va, qué va, qué va, yo leo a Kierkegaard) y yo habríamos sido grandes amigos de angustia.
Como si el objetivo fuera pensar en otras vidas y no en vivir, todo el rato, todo el rato, pienso en posibles diálogos, en posibles escenas, en posibles caras que nunca aparecen, que nunca ocurren. No de manera agonizante sino de forma lúdica, me entretiene pensar qué eventos excitantes podrían mejorar los días de mala calidad. Hay historias que llevan tanto conmigo que he ido puliéndolas de tal forma que si me quedo suficientemente rato en ellas, mi propia vida podría pasar a ser el recuerdo de una vida. Esta preparación para el rayo que todo lo remueva me convierte en una persona con una insatisfacción constante y, por tanto, y según mi hermana, en una persona rotundamente infeliz. Yo no lo creo.
Leila Guerriero habla en una de sus columnas sobre esa euforia juvenil que nos mantuvo, o mantiene, con el cuerpo caliente: “el sueño de un sol y de un mar, y una vida peligrosa” que cantaba Charly García en Viernes 3 a.m. La periodista cuenta que esos picos de fertilidad y dolor no fueron tanto un fin o una constante sino “el combustible que me trajo hasta acá”. Aunque en los últimos meses he intentado entregarme a la inercia, creo que no sé existir a favor de la brisa. A veces veo a la gente conformada y feliz y quiero ser ellos, quiero vivir como si se tratase de algo neutro.
Tal y como predecían los mayores, ya no puedo dormir hasta el mediodía aunque trasnoche y hay ciertos rebozados que me sientan mal al estómago. Creo que discuto menos pero aún me enfada la apertura de un nuevo café de especialidad y me río al pensar que pasará con mis sueños lúcidos cuando estén inauguradas las mamparas en los andenes de la línea 6. ¿Perderé las proyecciones e ilusiones de todas esas cosas que no me pasan ni me llegarán a pasar nunca?
En este mundo en el que cuesta encontrar algo genuino, en que nada parece importante, ni relevante, ni una masacre, ni un genocidio, en el que todo parece la repetición de la repetición y la imaginación parece estar aplastada por la IA y el algoritmo feroz; en este momento en el que decir “cuando tenga una casa”, “nos amaremos para toda la vida” o “igual Trump acaba con todos nosotros” parece un poco naíf pensar que la vida podría ser algo más que trabajar, criar, cuidar, beber, pasar el dedo por el móvil como si fuera un rosario, escuchar a políticos decir “yo prefiero llenar TikToks que bibliotecas”, sentir el inmovilismo total, que la rueda que gira, que la vida pasa y ya.
Los martes son menos martes si una cierra los ojos y piensa allá donde ningún estadounidense (ni la NASA, ni Trump, ni Musk, ni Bezos) puede llegar: las 300 camas y el hombre caníbal, el pequeño empujón en el metro, el guapo del avión
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