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Tres planes que dejan buen sabor de boca en Madrid este fin de semana

Ancho, Maison Brûlée y Casa Botella proponen tres experiencias distintas y muy disfrutables en la capital

El local de Casa Botella en Madrid. Cedida.

Con la primavera asomando, Madrid empieza a estirarse hacia las tardes largas, lo que cambia también la forma de salir. Apetece volver a la calle, enlazar planes, alargar la sobremesa o dejar que la noche llegue sin prisa. En ese ritmo, la ciudad ofrece refugios muy distintos, pero con algo en común: el gusto por hacer las cosas bien.

Esta semana, el recorrido propone tres paradas con personalidad propia: una mesa que nace de la nostalgia y se convierte en lugar de encuentro, un obrador donde el postre se transforma en objeto artístico y una barra en la que el vino pierde solemnidad y gana conversación. Ancho, Maison Brûlée y Casa Botella dibujan un mapa posible y muy disfrutable para un fin de semana que, ahora sí, sabe a cambio de estación.

El postre como relato (y como objeto artístico)

Maison Brûlée (Calle del Molino de Viento, 2) propone algo más que pastelería. Aquí el postre se concibe como una pieza artística: una forma de contar historias a través del sabor y la forma.

El proyecto nace del encuentro entre Edwin Garpa, chef pastelero con formación internacional, y Andrea Mendoza y Camila Ochoa, dos ingenieras colombianas vinculadas al marketing y la hostelería artesanal. Juntos han construido un espacio donde técnica, estética y emoción dialogan en cada creación.

Su sello más reconocible son los llamados realismos: postres que imitan frutas u objetos naturales con precisión casi escultórica. Detrás hay una fuerte influencia de la técnica francesa y un trabajo minucioso que convierte cada pieza en una pequeña obra de arte comestible. Se recomienda pedir el mango, la manzana y el tiramisú.

Pero el proyecto ha empezado a trascender el espacio físico. Algunas de estas creaciones —especialmente la manzana— han comenzado a aparecer en eventos e inauguraciones en Madrid, donde funcionan como símbolo visual y cierre de experiencia. Ha ocurrido, por ejemplo, en la inauguración de Nuga Castellana o en campañas de marca vinculadas a la naturaleza y lo sensorial.

La carta cambia con frecuencia y todas las elaboraciones se realizan a diario. Más que un postre, la propuesta busca generar una conexión: con la temporada, con el contexto y con quien lo prueba.

Un restaurante nacido de la nostalgia (y de las ganas de quedarse)

La historia de Ancho (Calle de García de Paredes, 27) comienza con tres amigos argentinos recién llegados a Madrid. Lejos de casa, empezaron a reunirse con frecuencia para combatir el desarraigo. Entre cenas y conversaciones, surgió una idea que dejó de ser broma para convertirse en proyecto: abrir un restaurante. En cuestión de semanas se sumaron dos socios más, uno de ellos cocinero y sumiller con experiencia, y el equipo quedó completo.

El concepto se construyó a partir de esas primeras reuniones: crear un lugar donde comer y beber bien, pero, sobre todo, sentirse en casa. Un restaurante pensado como espacio de encuentro.

La acogida del público madrileño ha superado las expectativas. Aunque preveían atraer principalmente a la comunidad argentina, hoy la mayoría de sus clientes son gente del barrio, muchos de ellos habituales. La propuesta mezcla influencias españolas, argentinas e italianas en una cocina de autor accesible y sin artificios.

La experiencia gira en torno a tres pilares: comida, vino y servicio. Todo con vocación de excelencia, pero sin rigidez. El ambiente es cálido, con una puesta en escena cuidada. La cocina vista, en un segundo nivel, añade un punto teatral a una carta que invita a probar versiones originales de platos conocidos. Abren de martes a sábado desde las 20.00 hasta las 2.00. Recomiendan reservar, especialmente los fines de semana. El precio medio ronda los 45 euros.

Vino sin solemnidad, conversación sin barreras

Casa Botella (Calle de Jesús del Valle, 31) parte de una idea sencilla: el vino no debería intimidar. Con esa premisa nace este espacio en Malasaña, concebido como un lugar accesible donde preguntar y probar de manera que compartir forma parte de la experiencia.

Desde su apertura, la respuesta del público madrileño ha sido inmediata. Lo que más valoran sus impulsores es la energía que se genera en la barra: desconocidos que conversan, comparan copas y terminan brindando juntos.

El local es íntimo, casi confidencial. Distribuido en dos plantas, con iluminación tenue y música de inspiración groove, gira en torno a una barra central que articula la experiencia. La capacidad reducida permite un trato cercano y personalizado.

Todos los vinos se sirven por copa. El proceso es oral: a partir de una idea, un recuerdo o una preferencia, el equipo propone distintas opciones para que el cliente pruebe antes de decidir. No hay jerga técnica ni protocolos rígidos porque todo es una invitación a descubrir.

En la planta inferior organizan catas entre semana y eventos privados los fines de semana. Abren de martes a domingo, desde las 18.00 hasta la 1.00 (2.00 en fin de semana). Las reservas se limitan a grupos de más de cinco personas. Vino sin solemnidad. Y eso, en Madrid, siempre suma.

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