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La muralla romana de Lugo se prepara para las borrascas sin tregua

El agua inundó la médula colmatada con tierra de este monumento que es patrimonio de la humanidad. Un tramo se derrumbó este mes.

La Muralla de Lugo, con sus más de 2.200 metros y sus ocho decenas de torres, está considerada como la más completa de factura romana en el mundo y es Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000.Turisme de Galícia

Goretti, Harry, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo y Marta llegaron sin tregua entre el 6 de enero y el 5 de febrero, y a la muralla romana mejor conservada del planeta, la de Lugo, no le dio tiempo a digerir tanta agua. Su médula —colmatada de tierra entre los muros interior y exterior de piedra— se fue encharcando hasta convertirse en una “piscina”, explicaron los expertos, y las piedras de un tramo reformado al menos dos veces a lo largo de los siglos cayeron como por “un tobogán” en la noche del 7 de febrero. Saltaron todas las alarmas. Enseguida se constató que el lienzo derrumbado no era romano, sino la consecuencia de un retranqueo del perímetro interior (donde antiguamente había un cubo o torre de factura romana) ejecutado, principalmente, en los primeros años 20 del siglo pasado. Pero el equipo que trabaja desde hace décadas en el Plan director y la conservación del monumento (declarado Patrimonio de la Humanidad en 2000) cree que, lejos de ser una mala noticia, el suceso ha sido un “aviso”. Y ha “tomado nota”.

La principal amenaza climatológica prevista por los expertos que trabajan para la Xunta de Galicia sin quitar ojo a la muralla eran los daños causados en los materiales por las heladas. Pero este año no ha hecho tanto frío. En su lugar, Marta y sus implacables predecesoras señalaron un riesgo no contemplado: los interminables trenes de borrascas merecedoras de nombre propio, que empezaron su temporada por Alice y ya van por Regina, camino de agotar el alfabeto. “Estas condiciones climáticas han venido para no marcharse”, sentencia el arquitecto responsable del Plan Director, Ignacio López de Rego, que lleva más de 40 años estudiando, recorriendo “a diario” y mimando este monumento de más de 2,2 kilómetros, diez puertas, decenas de cubos y 1.700 años. La fortificación celebró el año pasado su cuarto de siglo como Patrimonio Mundial de la Unesco y en 2027 cumplirá dos décadas de hermanamiento con la Gran Muralla China.

Al día siguiente del derrumbe, registrado a la altura de la Rúa do Moucho, los políticos (alcalde, conselleiro de Cultura de la Xunta) acudieron al lugar, se empezó a trabajar para curar la herida del monumento y López de Rego y el arqueólogo municipal, Enrique González, comenzaron a sacar conclusiones. Semanas después, se sabe mucho más. Se han encontrado documentos que confirman al menos dos intervenciones en ese tramo desde hace tres siglos. También se ha comprobado que el alma de la estructura vencida por el agua conserva buena parte de una escalera romana y un muro que estaba oculto —tan recio como las construcciones del imperio— del que no se ven el principio y el fin, y cuyo origen es todavía una incógnita.

La Muralla de Lugo, explica el director técnico designado por la Xunta (que ya empezó a trabajar en el monumento “incluso antes de la autonomía”), es “mayoritariamente romana”. El alma es “totalmente romana” y “muchas partes exteriores también”, pero “ciertos elementos de la piel sufrieron reformas posteriores”, resume López de Rego. Los derrumbes a lo largo de la historia se han registrado en estos tramos, uno de ellos poco después de la declaración de la Unesco. En los años 20 del siglo XX, “éramos un país con recursos limitados, y al retranquear el lienzo con la idea de ensanchar la calle para que ”pudieran pasar los carros” se colocó “piedra sobre piedra, sin revocos de mortero”. Se empleó pizarra, no sillar de granito. Esta mampostería fue capaz de “resistir un siglo, y hubiera resistido más, en condiciones climáticas normales”, aventura el arquitecto. “Hasta ahora los temporales dejaban periodos de descanso de cinco, seis o siete días, y a la estructura le daba tiempo a escupir entre las piedras el agua que entraba por el pavimento del adarve”, el paseo en lo alto de la muralla.

Esta vez, sin embargo, no fue capaz de asimilarla, sigue describiendo a El País el arquitecto lucense, especializado en patrimonio: “Llegó un momento en que el muro dijo ‘no aguanto más”, y “se deslizó como un niño por un tobogán”. El agua empujó primero las piedras de la base y el derrumbe se produjo de forma ordenada. Las albardillas o remates superiores quedaron encima de todo. Reconstruirlo piedra a piedra es posible porque desde hace dos años se cuenta con una “herramienta poderosísima”, apunta, la “reconstrucción en tres dimensiones con nube de puntos” de los 4,5 kilómetros de paramentos (la parte intramuros y extramuros).

El monumento está “monitorizado”, “totalmente chequeado”, recalca el especialista. “Pero somos humanos, nuestra capacidad alcanza hasta donde alcanza”, recapacita. “De este acontecimiento desafortunado que nos pilló por sorpresa tenemos muchas cosas que aprender y no minimizarlo”, concluye el arquitecto jefe del plan director: “a partir de ahora hay que redoblar las medidas de supervisión y, si pasa otra vez lo que pasó, debemos tener capacidad de respuesta. Porque esta muralla no es de Lugo, de Galicia o de España. Esta muralla es de la Humanidad”.

“La muralla de Lugo, como bien de valor universal excepcional, es y será objeto de las intervenciones necesarias para preservar su conservación y solucionar las patologías causadas por el agua”, prometía en la misma línea el titular de Cultura de la Xunta, José López Campos, en su primera visita a la zona del derrumbe. La propia Unesco exige informes sobre el estado del conjunto cada 10 años y planes específicos de obras que se programan cada dos. El plan 2026-2027, que arranca la semana que viene, detalla López de Rego, contemplaba ya antes del derrumbe el control de unos “500 puntos”, desde “costras y vegetación” hasta “filtraciones y fisuras”. En el equipo que vigila la muralla trabajan “una docena de profesionales” coordinados por el arquitecto director: restauradores, historiadores, arqueólogos, aparejadores y “dos arquitectos más”, enumera el responsable.

Vencejos, murciélagos y líquenes

“Es mi niña bonita”, exclama Ignacio López de Rego cuando se le pregunta por su vínculo con la Muralla de Lugo. Hubo un momento en la historia en que una corporación municipal debatió sobre la conveniencia de destruirla, al considerarla un corsé que impedía el desarrollo y el progreso de la capital de provincia. Pero también, desde que se trabaja “a diario” en proteger a esta anciana, “los criterios de conservación han evolucionado” de forma radical. Así sucedió, por ejemplo, con la vegetación que prospera entre las piedras. A principios de siglo se elaboró la primera catalogación de flora, árboles y arbustos que medraban en la muralla. “Entonces actuamos con un criterio defensivo, pensábamos equivocadamente que todas las especies eran dañinas”, recuerda el director del plan. “Desvitalizamos y matamos los arces, y efectivamente había que hacerlo”, pero “usábamos glifosatos”, controvertida sustancia química que se permitió seguir empleando en la UE hasta 2033 después de muchas presiones y un fuerte debate. “Aquí hace años que los eliminamos de raíz, porque afectan a la piedra y porque nuestras investigaciones nos han llevado a la búsqueda de bioherbicidas”, ilustra el arquitecto.

“No hay que dejar las piedras limpias, sino en saludable equilibrio; no todos los líquenes y algas son malos; no todas las plantas deben aniquilarse, sino conseguir colonias controladas”, defiende López de Rego. Desde 2010, el equipo prueba con aceites esenciales y ha “llegado a la conclusión”, después de ensayos en laboratorio y en pequeñas parcelas de la muralla, que “lo mejor es el ácido pelargónico en muy baja dosificación”, detalla. Se aplica “directamente sobre las hojas, no sobre la raíz, para disminuir la capacidad de germinación sin matar la flora” y a partir de este año se hará por primera vez “en tiras completas” de los lienzos.

La campaña se suspenderá, sin embargo, “cuando empiece la temporada de los cirrios”, asegura López de Rego, con el nombre gallego de los vencejos. La muralla es un microcosmos en la que conviven murciélagos, lagartijas y aves migratorias estas, que “vuelven a sus nidos entre la primera quincena de abril y la primera de agosto”. Desde 2013, en la Muralla de Lugo están “identificados” todos los nidos y “no se hace nada que pueda afectarlos”. “Los nidos son intocables”, y si hay que quitar uno para una reparación, “se vuelve a colocar en su sitio”, afirma el arquitecto, “para que cuando vuelvan los vencejos encuentren en perfecto estado su apartamento de verano”.

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