De las pintadas al bronce: Moncho Reboiras, muerto a tiros en la agonía de Franco, tendrá escultura por cuestación popular
El joven sindicalista y nacionalista gallego, involucrado en una lucha armada sin víctimas, murió hace medio siglo, tres meses antes que Franco, durante una persecución policial por tejados y edificios en Ferrol. Ahora presidirá la Praza Roxa en Santiago
Murió con 25 años, el 12 de agosto de 1975: faltaban poco más de tres meses para que Franco finase en la cama. Xosé Ramón Reboiras Noia, Pepe para la familia, Moncho para la historia del mito en que se convirtió, cayó sin embargo en un tiroteo de la policía. Ocurrió durante un golpe en toda Galicia contra su formación política, la Unión do Pobo Galego (UPG), entonces en la clandestinidad. Él y dos compañeros —Elvira Souto y Lois Ríos— estaban imprimiendo panfletos de propaganda sindical y antifranquista en un piso de Ferrol cuando vieron acercarse por la calle a un buen número de miembros de la Brigada Político Social y de la Policía Armada. Decidieron escapar divididos. Reboiras iría por los tejados en la dirección contraria que los otros para despistar a sus perseguidores. Así que primero corrió por las alturas del barrio de Canido, cayó por un lucernario dentro de un edificio, bajó hasta la calle y acabó desangrándose enseguida en el portal al que ya entró herido, el 27 de la rúa da Terra, entonces llamada José Antonio Primo de Rivera. La versión oficial contó que los agentes lanzaron “disparos al aire” para “intimidarlo”. Y fiel a este relato la prensa de la dictadura alimentó la idea del suicidio: al final, se dijo, sonó un “disparo aislado”, precedido de un silencio.

Pero la espalda de la camisa que llevaba puesta, conservada desde hace medio siglo por el hermano menor, Manuel, custodio de su memoria, hablaba por sí sola: tenía tres agujeros de bala y uno de ellos seccionó la arteria subclavia y fue la causa de su defunción. Cuando entró la policía en el portal, después de acribillar la puerta y lanzar dos granadas de gas lacrimógeno, el hombre de acción al que habían designado para coordinar el brazo armado del partido, estaba muerto.
La figura —cuestionada desde la derecha— de Moncho Reboiras ha sobrevivido a todos los acontecimientos históricos que vinieron luego en reiterados homenajes de sus herederos políticos y también, hasta ahora, en carteles y pintadas. Una y otra vez se ha repetido con espray negro su imagen menos real pero también la más icónica: un retrato con la peluca y el bigote que le ayudaban a moverse por el territorio en los últimos tiempos de persecución. Se había pasado a la peluca después de dejarse teñir de un rubio apagado por una amiga.
Cincuenta años después de su muerte, sin embargo, el joven considerado por muchos “mártir” tras su “asesinato” por el aparato represivo, figura clave del nacionalismo y el movimiento obrero gallego durante la etapa final de la dictadura, tendrá su estatua de tamaño natural en bronce, en la Praza Roxa de la capital de Galicia. Y será por cuestación popular, mediante la campaña de donaciones que anunció a finales de diciembre la Fundación Moncho Reboiras. La pieza de la escultora Cuqui Piñeiro servirá de guinda a un programa de actos de “reconocimiento institucional” promovidos por esta fundación y otras dos, Galiza Sempre y Terra e Tempo, junto con un “comité de honor” integrado por 20 camaradas de Reboiras.
El momento es propicio en Santiago, gobernado por el BNG, en cuya matriz está la UPG. Con toda probabilidad un gobierno local del Partido Popular no habría autorizado la instalación. En 2009, el Gobierno central concedió a este militante nacionalista de izquierdas la Declaración de Reparación y Reconocimiento Personal; pero en enero de 2024 el PP de Ferrol rechazó que sus parientes interviniesen en el acto de inauguración de un monumento en memoria de las víctimas del Franquismo, con la excusa de que resultaría “conflictivo”.

“Fue un pilar fundamental en la construcción del nacionalismo de izquierdas en Galicia, que ahora es hegemónico en la oposición. No tanto por su construcción teórica, sino en los aspectos organizativos. Formaba parte del muy reducido grupo de personas que convirtió un partido de poetas e intelectuales en un partido organizado, con presencia de obreros en un momento en que toda la actividad sindical giraba alrededor del PCE y de CC OO”, valora Xosé Manuel Pereiro. El periodista y escritor, colaborador de El País, es autor, junto al historiador Xurxo Martínez de Reboiras. O camiño da rebeldía (Aira das Letras, 2021). Este libro coral, en el que se recoge detalladamente la visión de los hechos de aquellos años de lucha de muchos de sus protagonistas (fallaron algunos policías del tiroteo todavía vivos, que no quisieron contar su versión), revisa la figura humana detrás de este mito.
Nacido en Imo (Dodro, A Coruña) en 1950, Moncho Reboiras era hijo de una mujer que trabajaba el campo y un padre embarcado. La familia acabó emigrando a Vigo y el adolescente creció tras la barra del bar familiar, en el barrio de Teis, donde entró en contacto con el asociacionismo a través de un jesuita, Xaime Seixas, vinculado a la Teología de la Liberación y responsable de la primera misa en gallego, en 1965. Estudió peritaje industrial y penetró en el mundo obrero a través de los astilleros y las fábricas en las que empezó a trabajar. En 1969 ingresó en la UPG, nacida seis años antes, y en las convulsas huelgas de 1972 Reboiras fue ya fundamental.
Aquellos orígenes del sindicalismo nacionalista desembocaron luego en la Confederación Intersindical Galega (CIG), que hoy representa mayoritariamente a los trabajadores en la comunidad. No son pocas las publicaciones (además de una película, Reboiras: acción e corazón, Alberte Mera, 2020) que en estos años han revisitado y revisado la figura del activista, en su contexto de organización obrera y nacionalista bajo una fuerte represión por parte del régimen, pero también en su protagonismo en la organización del frente armado y los controvertidos (y enseguida incómodos y problemáticos) contactos con la ETA político-militar de los 70, que ampliaba a Galicia su radio de acción.
Entonces existía tal control, ejemplifica Pereiro, que incluso obligaba a las papelerías a anotar los nombres de quienes compraban a partir de “mil folios”, cantidades sospechosas, susceptibles de convertirse en panfletos. Y a Reboiras le tocó esa misión: había que resolver una cuestión logística, de suministro. Y en eso tuvo mucho que ver el nacimiento del frente militar, que con las armas suministradas desde Portugal por LUAR (Liga de Unidade e Acção Revolucionária) y solo media docena de miembros perpetró en la primera mitad de la década de los 70 atracos a sucursales bancarias o robó fotocopiadoras, pero no atentó contra la vida humana.
“Cuando la UPG decidió tener un brazo armado”, sigue explicado el autor, Reboiras “fue el responsable de la célula original, que tuvo logros como asaltar una oficina del DNI en la que se hicieron con miles de documentos para hacer carnés falsos”, también de conducir, y hasta se apropiaron de un sello con la firma del comisario. Solo una vez, apunta, el grupo se planteó secuestrar a una conocida banquera gallega, pero desechó la idea porque “en el hipotético caso de que no pagasen el rescate”, ninguno estaba dispuesto a ser la mano ejecutora.
Con la estatua que le van a erigir en Santiago, Reboiras superará con creces las que le quedan a Manuel Fraga en espacios públicos (Vilalba, Lugo) y por supuesto a Francisco Franco (la última, ecuestre de ocho toneladas, retirada de su plaza en Ferrol y escondida de la vista en el Arsenal militar). Porque en el cincuentenario, además de las calles en varias localidades que ya tenía, el militante de la UPG ha sido honrado en Galicia con un busto en Lugo y un monolito en Arzúa (A Coruña), como “espacios de justicia y reparación”. Ahora, la Fundación Moncho Reboiras anima a los potenciales donantes de fondos para costear la estatua de bronce (en la cuenta de Abanca ES72 2080 0348 3230 4003 7892) con obsequios en forma de libros sobre su figura y el nacionalismo gallego. Los que aporten 20 euros, recibirán un ejemplar, los que pongan 250, siete volúmenes diferentes. El objetivo, recalca el colectivo por la memoria de Reboiras, que preside Suso Seixo, es “honrarlo y recordarlo como luchador nacionalista y demócrata”.
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