Camino al 2027: la gran batalla por València
La ciudad es distinta cada día, con un centro sometido a gran presión turística y una población creciente que tensiona servicios y movilidad

Corría el año 2015 cuando Joan Ribó llegó a la alcaldía de València en bicicleta, como imagen de una nueva etapa política. Once años más tarde, mientras Vox y el Partido Popular discuten sobre qué es València —incluido el debate sobre su denominación oficial y su carga simbólica— la ciudad sigue cambiando a una velocidad vertiginosa. Y lo hace cada día, de forma muy visible: en los metros y autobuses abarrotados, en vecinos que son expulsados de sus barrios de toda la vida y en una ciudad sometida a tensiones crecientes. Mientras tanto, el debate político se enreda en la identidad y los símbolos y arrastra consigo a parte de la oposición.
Porque València se enfrenta a un problema más profundo: el tiempo apremia para encauzar un modelo urbano que cambia más rápido de lo que sus dirigentes son capaces de ordenar. En ese contexto, las elecciones de 2027 no serán solo una disputa entre siglas, sino entre formas de entender la ciudad.
La alcaldesa María José Catalá gobierna en un espacio complejo: el de una ciudad que ha interiorizado buena parte de las transformaciones urbanas de la era Ribó —peatonalizaciones, carriles bici y más espacios verdes—. Pero aún no ha conseguido articular un relato propio sobre ese legado y se mueve entre la presión de su socio Vox para eliminarlo y la de una oposición que intenta blindarlo. La gestión diaria convive con la falta de un relato claro sobre qué València se quiere consolidar. El resultado es una ambigüedad persistente. Muchas de las políticas urbanas recientes forman, de facto, parte de un consenso, pero la desaparición de los grandes relatos compartidos las convierte en terreno de disputa permanente.
En paralelo, el debate político ha derivado hacia lo simbólico. La lengua, la identidad y el relato colectivo ocupan cada vez más espacio en la agenda, desplazando el foco de los problemas urbanos de fondo. Ese desplazamiento condiciona el marco en el que se toman decisiones y estrecha el margen para discutir el modelo de ciudad. A ello se suma un elemento estructural: la vivienda y la presión turística. El Ayuntamiento, con el apoyo de PP y Vox, ha fijado un límite del 2% de alojamientos turísticos por barrio, distrito y manzana para contener la saturación residencial. La medida refleja hasta qué punto el turismo ha dejado de ser una oportunidad para convertirse en un factor de tensión urbana en una ciudad donde, como canta Malifeta, “ara el meu primer cognom és Airbnb”.
Pero esa tensión ya no es abstracta. Es visible. Basta con subir al metro, coger un Cercanías en València Nord o hacer cualquier trámite cotidiano para comprobarlo: la ciudad es distinta cada día, con un centro sometido a gran presión turística y una población creciente que tensiona servicios y movilidad. En ese escenario, la política se reordena. Rita Barberá sigue presente como referencia de un modelo de ciudad basado en grandes espacios públicos y centralidad urbana. Joan Ribó, por su parte, dejó un relato reconocible de una ciudad más verde y peatonal que ya forma parte del sentido común.
La cuestión ahora es quién es capaz de ordenar ese legado y actualizarlo. Mónica Oltra reaparece como referencia dentro del espacio progresista, mientras Pilar Bernabé intenta construir un perfil propio en paralelo. El PSPV corre el riesgo de quedar atrapado entre las tensiones que generan las sísmicas figuras de Oltra y Català: si no define un proyecto claro, puede diluirse en el centro del conflicto. Necesita diferenciarse, no administrar equilibrios.
Porque València ya no se juega solo en las instituciones, sino en la capacidad de responder a una transformación acelerada: más población, más presión sobre los servicios públicos, más tensión sobre la vivienda y una sensación creciente de saturación urbana. Quizás por eso 2027 no será tanto una elección sobre el pasado reciente como una disputa sobre quién tiene capacidad real de imaginar la ciudad que viene. Al final será verdad aquello que decía Alfred Hitchcock de que en el cine —y en la política— hay algo más importante que la lógica: la imaginación.
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