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Opinión

Entre la pólvora de la ‘mascletà’ y la de Teherán

Quiero que, cuando veáis arder nuestros monumentos recordéis que celebrar no es olvidar. Que el fuego nos permita purificar lo injusto y nos dé fuerzas para, como cantaba Robe Iniesta, atrevernos a cambiar este mundo tan feo

Montaje de falla municipal de València diseñada por José Santaulalia y materializada por su hermano Alejandro Santaeulalia y por Vicente Llácer, que tiene como figura central a Charlot a modo de alegato contra la guerra. Monica Torres

La pasada semana tuve la suerte de ser entrevistado en esta casa por la compañera Eva Baroja para hablar sobre la llegada de nuestros políticos a Tik Tok. Pese a ser una mañana de lunes laborable de marzo en València, se colaban dentro de mi piso pequeñas explosiones de petardos. Como días antes Donald Trump y Netanyahu habían iniciado una nueva guerra en Oriente Medio, comencé nuestra conversación con una —a mi juicio necesaria— aclaración: en València, el fuego no es por ninguna guerra, sino porque estamos a las puertas de las Fallas. Ese fuego —el de los petardos y, más tarde, el de los monumentos que arderán— nos invita, un año más, a dejar que todo lo malo y lo viejo arda, y en esa purificación hay algo que nos une y nos define.

Estos días no dejo de pensar que así somos a este lado del Mediterráneo, barrocos por antonomasia —coents, como decimos en valenciano. El paisaje visual de València en Fallas en 2026 son calles cortadas durante semanas, carpas por doquier y buñolerías (y churrerías) ambulantes en cada esquina. Y un sonido —el de los masclets— que durante estos días se integra dentro del mural sonoro de la ciudad: petardos, charangas, coches, ambulancias y los claxons que tanto nos gusta utilizar. La València fallera se parece a la pirotécnica Nápoles en fin de año y, para muestra, ese vídeo viral de un castillo de fuegos artificiales visto desde el estadio de Mestalla: luz, pólvora y caos organizado. Y una pasión desatada por celebrar la vida que vuelve.

Una pasión por la vida que tiene raíces antiguas: las de los carpinteros quemando restos de madera en la víspera de Sant Josep (su patrón) frente a sus talleres y la de aquellos rituales paganos que celebraban la llegada de la primavera. Lo que no nos quita nadie son los niveles de surrealismo extremos, que han llevado al cantante Morrissey a un “estado catatónico” y lo han impulsado a cancelar su concierto en València por el ruido de la ciudad, en una escena digna del maestro Berlanga. Quizás, en medio de tantos excesos y masificaciones, sea necesario replantearse ciertas cosas para que nuestra fiesta no muera de éxito.

Mientras los valencianos celebramos felices nuestra fiesta y miles de kilos de pólvora estallan cada día a las dos de la tarde, ahora mismo en ciudades como Teherán estos explosivos sirven para destruir vidas y esperanzas. Y es Europa la que nos permite vivir con esta tranquilidad, pese a los planes imperialistas de Trump, entregado a la industria de las armas y de la muerte. De nosotros —y de la altura política y valentía de nuestros gobernantes— depende que continuemos siendo un oasis de paz en este mundo inhumano.

Leía un comentario de una señora catalana en una publicación del concejal socialista Borja Sanjuán, fascinada ante el monumento antibelicista con homenaje a Chaplin que hemos erigido en la Plaça de l’Ajuntament: “Aquesta Falla se sap si es salvarà? És preciosa”. Enternecido al leerla me han dado ganas de responderle con esta frase de Blasco Ibáñez en La Barraca: “Y al llegar la medianoche, en la noche del día 19, se prende fuego a todos esos colosos, dejando que se reduzcan a cenizas bajo el cielo estrellado”. A pesar de todo, por eso quemamos las Fallas, porque lo injusto no nos es indiferente, y porque ser valencianos es nuestra forma de estar en el mundo.

Por eso quiero que, cuando veáis arder nuestros monumentos recordéis que celebrar no es olvidar. Que el fuego nos permita purificar lo injusto y nos dé fuerzas para, como cantaba el gran Robe Iniesta, atrevernos a cambiar este mundo tan feo.

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