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Civismo
Opinión

Poca vergüenza y mala educación

En una ciudad donde hay más perros que niños, la hipersensibilidad de los dueños con la libertad de sus mascotas es tan alta que se recomienda ser prudente con el reproche

Un propietario recogiendo las defecaciones de su perro, siguiendo la nueva ordenanza del Ayuntamiento de Barcelona. GIANLUCA BATTISTA

El comportamiento de tu perro es el reflejo de tu educación. Esta es una frase popular que algunos propietarios de mascotas desconocen y que enlaza con la campaña publicitaria del Ayuntamiento de Barcelona: “Poca vergonya”. Un eslogan que, según el Consistorio, quiere luchar contra el incivismo con un tono contundente y a la vez pedagógico para que vecinos y turistas respeten el espacio público denunciando a los que se orinan en las calles, practican el botellón o tiran residuos de todo tipo.

La iniciativa municipal pone en el punto de mira a los propietarios de los perros que orinan y defecan en la calle. La nueva ordenanza de Convivencia obliga a verter agua al orín y recoger los excrementos a sus dueños, y sanciona con 300 euros a los que no lo hagan. En un mundo en el que todo lo medimos por lo que vale, no es baladí recordar que el ayuntamiento barcelonés destina anualmente unos 300 millones de euros a limpiar el espacio público, o lo que es lo mismo, cerca de 200 euros por habitante.

Es habitual oler, especialmente en épocas de calor, los desagradables tufos en las aceras del Cap i Casal. Sin embargo, no es muy prudente protestar si uno se percata de la vulneración de la norma por parte de algún propietario de chucho. En una ciudad donde hay más perros que niños, la hipersensibilidad de los dueños con la libertad de sus mascotas es tan alta que se recomienda ser prudente con el reproche.

Presencié la escena hace unos días cuando ante una advertencia muy educada de un ciudadano al dueño de un perro que claramente no iba a recoger el torpedo que salió por el ano de su mascota, recibió una respuesta corta y contundente que lo mandaba ni más ni menos que a la mierda. Este episodio no pretende señalar a todo un colectivo ciudadano, pero me recordó la conversación que semanas atrás tenía con la alcaldesa de un pueblo pequeño y que nos confesaba, no con cierta decepción, que nunca se había sentido tan agraviada en su vida desde que ostenta esta responsabilidad. La edil explicaba que las personas hemos perdido la paciencia sobre la resolución de los problemas y que para argumentar no nos importa perder la educación y recorremos comúnmente al insulto.

Es inevitable pensar también en las personas que limpian el espacio público y que tienen que aguantar situaciones con altas dosis de dignidad. La misma que vemos en Perfect Days, la película de Wim Wenders en la que Hirayama es un limpiador de baños públicos en Tokio. Un hombre que encuentra su plenitud con la higiene de lavabos, escuchando música y cuidando sus plantas, preservando siempre una integridad que muchos adolecen.

Las administraciones públicas, especialmente las locales, sean pequeñas o grandes, están preocupadas por el aumento del gamberrismo. No tiene fácil solución, pero tal vez habrá que ensayar la recomendación de la alcaldesa proponiendo que en algún momento de nuestras vidas todos deberíamos gestionar un tiempo el ayuntamiento para entender la bajeza de la condición humana.

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