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Inquietud entre los vecinos de enfrente de la Sagrada Familia: “Nadie dice nada sobre nuestro futuro”

La Junta Constructora mantiene que hará la escalinata sobre la calle Mallorca, que supondría derribar viviendas, y el Ayuntamiento avisa de que tiene la última palabra

Vecinos del edificio que hay justo enfrente de la Sagrada Familia, en la calle de Mallorca de Barcelona, en una imagen de archivo.Carles Ribas

La Sagrada Familia ha (casi) terminado las obras del templo en altura y el siguiente paso será abordar la fachada de la Glòria, la de la calle de Mallorca. Momento decisivo para los vecinos de los edificios de enfrente, que están inquietos. Porque no saben qué será de sus casas. Ni si habrá derribos. Ni cuántos afectados habrá. Ni si, en caso de que les toque, cómo serán compensados: si con dinero u otros pisos. La junta constructora repite que “la escalera se hará”, que la dibujó Antoni Gaudí y que es “indiscutible”, en palabras de Esteve Camps, su presidente. Pero en 2018 los afectados revelaron un documento del Ministerio de Cultura, de 1975, que asegura que el arquitecto no proyectó la escalinata ni la plaza de acceso al templo por la calle de Mallorca, que implicaría demoler edificios.

Entre unos y otros media el gobierno del alcalde Jaume Collboni, que deja claro que tendrá la última palabra y defiende tres premisas: que si hay que tocar viviendas, sean las mínimas; que los vecinos sean realojados en pisos nuevos y cerca de donde viven ahora; y que pague el patronato del templo. Sobre el momento actual, el patronato declina opinar. El Ayuntamiento confirma que está en conversaciones con la Junta Constructora, pero también con los vecinos “para encontrar solución a esta situación que se ha dilatado”. El teniente de alcaldía y concejal del Eixample, Jordi Valls, asegura que lo que implique “cambios en la movilidad, el espacio público o las viviendas” será decisión del Ayuntamiento. “No habrá acuerdo que no dé solución a las necesidades de vivienda para los vecinos que queden afectados por el proyecto”, deja claro y añade que “cualquier solución deberá contar con la implicación del templo en la gestión de los enormes impactos que genera a su alrededor”.

Pero por no saberse, no se sabe ni de cuántos vecinos estamos hablando. Se habló de un millar, de 400 y hasta de 100, según cálculos del último mandato de Ada Colau. El consistorio aseguró en 2024 que se conocerán las afectaciones y su solución antes de 2027. Pero pasan los años, las obras avanzan y los vecinos no se atreven ni a decidir si cambian las ventanas o invierten en reformar pisos que la mayoría compró hace décadas. Aseguran también que las viviendas han perdido valor. Y una cuestión no menor: la Sagrada Familia compró en 2019 una enorme finca a Aguas de Barcelona a solo una manzana del templo. Una operación que se leyó como que el suelo podría ser utilizado para construir viviendas para, llegado el caso, reubicar vecinos.

El grueso de los afectados son los vecinos del centenar de pisos del edificio de Núñez y Navarro, justo delante de la fachada de la Glòria. Son dos escaleras, con entrada por la misma calle Mallorca y por el pasaje Font. El presidente de la comunidad de vecinos de la calle de Mallorca es Fernando Díaz Lastra. “Oficialmente, el patronato quiere las dos manzanas: de Marina a Sardenya y de Mallorca a Aragó”, aclara. Díaz Lastra vive en la finca desde 1976, “cuando la calle era de dirección contraria y los buses paraban justo en la puerta”. “Ha cambiado todo. Ahora no te encuentras a gusto ni en casa, porque estamos inquietos, ni fuera, con la masificación, la pérdida de tiendas, las obras de la plaza. Se está perdiendo el barrio por completo”, dice. En la finca, que en origen tenía las zonas comunes calificadas como de lujo, han comprado varios pisos familias chinas de alto poder adquisitivo.

Del mismo edificio sale una pareja mayor. Apuestos, cruzan el portal con doble puerta de madera buena. Viven en un piso de 110 metros cuadrados. Están muy enfadados, pero no quieren que salgan sus nombres. Mucho menos su imagen. Maldicen los nombres del arquitecto Jordi Faulí y de Esteve Camps, el presidente delegado de la junta constructora del templo. “Esos señores son unos sinvergüenzas, ¿por qué tenemos que irnos de casa? Hacen lo que les da la gana, han construido columnas que pisan la acera, se inventan la escalinata, y ¿dónde se ha visto este ruido sin parar durante 40 años?“. Están también hartos de escuchar a guías turísticos explicar a los visitantes que el edificio será derribado. Por ello del portal cuelgan dos carteles dirigidos a los guías: ”¡No mintáis más!“, les dicen.

“Es clamoroso, tenemos la barricada cada vez más cerca, pero nadie dice nada sobre nuestro futuro, es una patata caliente que desde hace 50 años va de mano en mano”, exclama Joan, que vive en la portería a la que se entra desde el pasaje y señala el carril bus que las obras han ganado a la calle. Tampoco quiere fotos. Nadie se presta. El vecino piensa que “la duda sobre si la escalinata la ideó o no Gaudí es legítima”. Pero alerta: “Si la ciudad considera que se tiene que tirar, nos tiene que dar algo en las mismas condiciones, pero quizás la Sagrada Familia reacciona, porque quién quiere esta mancha en su reputación”. A su lado, Carmen, de 80 años, que compró el piso hace 45 años y no fue informada de que estaba afectado, remacha: “Gaudí tenía cabeza, esto no lo pensó él. No sé dónde acabaré, pero que sea cerca”.

En los bajos del edificio, el inquilino de uno de los locales está de mudanza porque le doblan el precio del alquiler. Entró hace cuatro años por 600 euros al mes y le piden 1.200. Se marcha: “Es desconcertante que, si estamos amenazados de tener que irnos, nos suban el precio”, se queja Simón. En el local contiguo hay una agencia que hace diseño para publicidad. A éstos no les echan, pero el precio ha subido paulatinamente y han decidido irse, después de 25 años, y comprar otro local en Sagrera. “El entorno ha cambiado mucho, apenas queda comercio de barrio y encontrar un menú que no sea para turistas es casi imposible”, cuenta Jaume.

David, inquilino también del pasaje, no entiende cómo en plena crisis de vivienda se habla de tirar edificios de pisos en el centro de la ciudad. “Soy artista y valoro la Sagrada Familia, pero los derechos van por delante, derribar vivienda no es la mejor opción. Si en Barcelona fuera fácil encontrar pisos de alquiler lo podría llegar a entender, pero es imposible”, lamenta.

En la Asociación de Vecinos del barrio, su presidente, Gabriel Mercadal, responde al momento del conflicto con cuatro puntos. Uno, “la asociación ha sido conocedora del proceso negociador desde el inicio”. Dos, “ha procurado que la Asociación de Afectados tuviera conocimiento puntual de cada avance”. Tres, “parece que se avanza hacia una solución equilibrada y aceptable, y esperamos que llegue a buen puerto y que se nos expondrá la concreción antes de publicarla”. Y cuatro: “Se nos pide discreción para no enmarañar el diálogo. Pedimos un poco más de paciencia a todo el mundo”.

El presidente de la Asociación de Afectados por las Obras es el abogado y también vecino Salvador Barroso: “Sabemos que el Ayuntamiento y el Patronato tienen conversaciones. Elucubraciones, las que quieras, pero queremos certezas”. Se queja de que la última conversación entre vecinos y Ayuntamiento fue en verano de 2023: “Desde entonces no sabemos nada. Pedimos que se pongan en la piel de los vecinos. Que piensen que a nadie le gusta saber que tiene una espada de damocles y no saber cómo, cuándo ni de qué manera te caerá. No es comprensible, es una situación anormal”.

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