Orriols y el ‘establishment’
Subtítulo para web: La líder de Aliança Catalana, una desconocida para el poder económico, es la consecuencia inevitable de la frustración incipiente que recorre el país

“Esta chica está teniendo mucha tirada. ¿Por qué no la invitas?”. A Emilio Cuatrecasas, apellido en mayúsculas de la abogacía catalana, le formularon la pregunta en su círculo de confianza. En el mundo que habita Cuatrecasas, Sílvia Orriols continúa siendo una desconocida, una criatura política engendrada en la Cataluña rural sin anclajes con los espacios de poder. Pero las encuestas apuntan que la alcaldesa de Ripoll puede dejar la periferia del debate parlamentario para convertirse en actriz principal más allá de las redes, influencia creciente con primer examen en las elecciones municipales de 2027. Esa notoriedad —y tanta distancia social— explica la curiosidad de Cuatrecasas y los suyos, resuelta con un correo del abogado a la líder de Aliança Catalana que incluía una invitación añadida. El 31 de enero, Orriols hará su primera presentación ante el establishment, en un selecto hotel de Gualta (Baix Empordà) que espera albergar a 200 oyentes.
El viento cargado de malestar que expande los populismos extremistas —sopla en todas partes— ha acercado Aliança Catalana a los foros informales del poder, siempre atentos a los movimientos de fondo. La marca de la extrema derecha independentista es un partido de funcionamiento rudimentario, pendiente de profesionalización y con una expansión territorial todavía tierna, pero que dispone de perspectivas de crecimiento notables, especialmente en ciudades medianas de la Cataluña interior donde inflama el discurso de hartazgo a la inmigración. La figura sacralizada de Orriols, sin discusión interna, es su mejor baza. Y el contexto político, un aliado. Sin una hoja de ruta sólida en materia económica, basada en lemas genéricos en favor de la “reindustrialización” y el apoyo sin trabas al tejido empresarial, en el discurso de Orriols no se intuyen soluciones a los retos que Cataluña acumula. Sí una islamofobia desacomplejada, unida al perseguido descrédito de la clase política que ha ostentado la responsabilidad de gobernar, con la que el mundo de los negocios se relaciona a diario.
El establishment quiere escudriñar al nuevo ejemplar silvestre que revolotea por el Parlament. Pero el auditorio acomodado —y acaudalado— que atenderá su intervención a finales de mes no se percata de que la dirigente que dice desconocer y desea descubrir también es producto suyo. El producto último del sistema que ha contribuido a construir, la consecuencia inevitable de la frustración incipiente que recorre el país. Un país mal financiado y de economía tercerizada —empleadora de inmigrantes con salarios bajos— que está digiriendo con dificultades el incremento de población que atrae mientras sufre el empinado acceso a la vivienda o la endeblez de los servicios públicos. El discurso magnético de Orriols sólo canaliza la rabia contra lo que parece no funcionar, el desengaño de los que detectan que el paisaje social de sus barrios ha cambiado —impulsado por la configuración del modelo productivo— y, sin digerirlo, no entienden en qué les ha beneficiado.
Sin saber que está más conectada con sus anfitriones de lo que cree, el 31 de enero Orriols tomará la palabra ante el establishment para transmitir que propaga verdades que ya no se pueden esconder. Y, en el paraje relajante de Gualta, con vistas al campo de golf, se habrá normalizado un poco más.
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