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política
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Cuando el relato mata al dato, mata la democracia

La política se ha fijado como prioridad gestionar el relato antes que la realidad

Quizá el análisis más lúcido del totalitarismo siga siendo el de Hannah Arendt. Para la pensadora alemana, los movimientos totalitarios introdujeron un uso radicalmente nuevo de la mentira política. No se trataba ya de ocultar la realidad o de deformarla parcialmente, sino de sustituirla por completo. Hoy sabemos, gracias a la psicología cognitiva y la neurociencia, que aquella intuición de Arendt era extraordinariamente precisa. Numerosos experimentos muestran que, una vez que una explicación falsa se instala en primer lugar, resulta extremadamente difícil desactivarla, incluso cuando se presenta la verdad de manera clara y verificable. Por eso la mentira política contemporánea ya no triunfa porque sea verosímil, sino porque es rápida: llega antes que la verdad y organiza el sentido a partir del cual todo lo demás será interpretado.

Este mecanismo se ha visto recientemente en Estados Unidos, tras la muerte de una mujer a manos de un agente federal. El presidente Trump se apresuró a fijar el relato de que la mujer había tratado de arrollar con su coche al agente que le disparó. La publicación del vídeo de los hechos, en el que vemos que la mujer trataba de alejarse sin atropellar a nadie, no ha hecho cambiar el relato a la administración Trump. Pero este modo de operar no es patrimonio exclusivo de otras latitudes. En España hemos visto con claridad cómo una parte de la derecha ha interiorizado que es más rentable comunicar que hacer política. En la noche de la dana, mientras la situación era descrita en privado como “un puto desastre” y ya se hablaba de víctimas mortales, la insistencia del líder del PP se centraba en una instrucción recurrente: “Lleva la iniciativa de comunicación… es la clave”. Es el síntoma de una prioridad política: gestionar el relato antes que la realidad.

Esa misma lógica explica la campaña de destrucción reputacional desplegada contra figuras como el presidente Pedro Sánchez, y ahora contra José Luis Rodríguez Zapatero. No estamos ante un exceso retórico ni ante una deriva incontrolada, sino ante una estrategia consciente de instrumentalización judicial y mediática. El objetivo no es rebatir las ideas de Zapatero —porque no pueden hacerlo—, sino acabar civilmente con él, inhabilitarlo moralmente, convertir su nombre en sospecha permanente.

Arendt advirtió de que, cuando una sociedad acepta vivir en un mundo donde todo es posible y nada es cierto, la verdad deja de actuar como límite del poder. Lo que presenciamos hoy es la actualización de ese diagnóstico: una política que ya no necesita mentiras sólidas, sino relatos tempranos, resistentes a la corrección y funcionales al conflicto permanente. En ese contexto, la consigna de que “el dato mata al relato” no solo es falsa, sino peligrosamente tranquilizadora: invita a creer que basta con demostrar, cuando el problema es que la demostración llega tarde.

Se puede hacer mucho, pero exige un gran compromiso y combinar cambios personales, profesionales y estructurales: el objetivo es conseguir que la verdad gane en atractivo, velocidad y presencia sin renunciar a su rigor.

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