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Así es la delicada maniobra de desembalsar una presa: “La regla de oro es no tirar más de la que entra”

Cádiz ha pasado de ser la provincia con los pantanos menos llenos a vaciar agua para garantizar la integridad sus embalses

Cristóbal Moreno, encargado de la presa de Los Hurones, mientras desembalsa agua por las intensas lluviasJosé Butrón

Cristóbal Moreno llegó al embalse gaditano de Los Hurones cuando tenía siete años y ya nunca se fue de ese poblado de casitas blancas que, en los años 50, se construyó para alojar a los trabajadores que participaron en su construcción. Pero eso cambiará en un mes y medio, cuando se jubile. Así que hace unas semanas les puso un mensaje socarrón a sus compañeros de trabajo: “Antes de irme os dejo los pantanos llenos”. El agua, desembalsando a toda pastilla por aliviaderos de arriba de la presa, ruge tras él mientras cuenta la anécdota. En lo que va de año hidrológico (en octubre), ha infraestructura ha desembalsado ya 276.797.000 metros cúbicos. El tren de borrascas ha dejado tras de sí daños en la provincia de más de 1.200 millones y miles de desalojados, como los vecinos de Grazalema, tras colmatarse su acuífero. Cádiz ha pasado de ser la provincia con los pantanos más vacíos del país, hace apenas dos años, a tener que desembalsar agua en la mitad de sus 10 infraestructuras. Hacerlo exige un operativo tan complejo como delicado.

Cada vez que el jefe de la presa, Cristóbal Moreno, da la orden de abrir las tres compuertas de arriba, el equipo de trabajadores de la presa se ponen en guardia. La vigilancia y la anticipación son las máximas. Un operario baja por cada una de las trampillas —una por compuerta— que, desde la coronación del paramento del embalse, dan acceso a la cámara de cada aliviadero y gira el volante de maniobra que baja cada labio metálico. El agua comienza a bramar mientras cae al cauce del río Majaceite, a razón de hasta 140 metros cúbicos por segundo. Para ese entonces, Moreno ya ha completado todo el protocolo de avisos, marcado en las normas de explotación de la infraestructura. “Yo aviso a mi ingeniero, él me da luz verde y luego avisamos a Emergencias 112, que transmite a su vez la información a los municipios cercanos”, explica Moreno en el interior de uno de esos cubículos interiores. De los 276.797.000 metros cúbicos que la presa ha liberado, el agua desembalsada por sus compuertas superiores suma ya 152.727.000 metros cúbicos.

Al igual que el pantano de Bornos, el charco de Los Hurones —conocido así por los lugareños— se construyó entre las décadas de los años 50 y 60 del siglo pasado “con trabajo duro y mal pagado”, como rememora Moreno. Ambas infraestructuras responden al modelo más icónico de una presa de esos años: embalses de gravedad de hormigón de obra de fábrica. Sus paramentos de aguas abajo, rectos e imponentes, están coronados por unos aliviaderos superiores móviles que se activan cuando la infraestructura está tan llena que los desagües de fondo no son ya suficientes. El padre de Moreno llegó para trabajar en unos errores detectados en los desagües inferiores en 1968. “Vinimos para tres meses y ya nunca nos fuimos. Yo me he criado en este poblado”, explica el jefe de la presa, con cierta melancolía, mientras señala las casas bajas de estilo regionalista, hoy vacías y rehabilitadas a la espera de convertirse en un poblado turístico que está impulsando la Junta de Andalucía.

Los Hurones, con sus 135 hectómetros cúbicos, no es el embalse más grande de los diez que tiene Cádiz —ocho bajo la cuenca del Guadalete-Barbate— más los dos del Campo de Gibraltar. Sobre todo, si se le compara con el monstruoso Guadalcacín, con 800 hectómetros de capacidad. Pero sí es el más icónico y conocido, dado que es el que surte de agua para abastecimiento humano y de ciudades a la zona gaditana. También, como Bornos, tiene un manejo más delicado por sus compuertas abatibles para aliviar el agua. El sistema es distinto a las presas de material suelto que se construyeron después —Guadalcacín o Zahara-El Gastor—, en las que el cerrado de la presa se hizo con un aterrazamiento de piedras, con desagües de fondo y en las que el aliviadero superior es fijo y solo vierte cuando el pantano llega al 100%.

En Los Hurones el desembalsado es una compleja maniobra manual. Por eso Moreno ya ha rehecho los turnos de trabajo para que los cinco trabajadores estén 24 horas controlando el proceso. Por turnos, vigilan que las compuertas de tipo americano —unas estructuras que funcionan gracias a un sistema flotante— no cambien de la apertura marcada del 50%. Apuntan las mediciones periódicas en una libreta y corrigen las desviaciones. “La regla de oro es no tirar más agua de la que entra”, apunta el jefe del embalse. El fin primordial, especialmente en estos días de lluvias intensas y constantes, es que el embalse mantenga un nivel de resguardo —que se mantenga en torno al 90% de su capacidad— que sea capaz de contener una gran avenida de agua que entrase en la presa. “Los pantanos laminan siempre las avenidas”, tercia el jefe. Y eso justo es lo que pasó en los peores días de la crisis de las inundaciones de Jerez, en las que las presas de Bornos y Arcos y sus sueltas de agua controladas evitaron que la desgracia fuese aún mayor.

Cuando Los Hurones abre sus compuertas no se desperdicia ni una gota. El agua sigue su curso por el río Majaceite que lo nutre —junto a otros afluentes y el trasvase del Guadiaro— hasta el Guadalcacín, ahora tan lleno que también se aproxima a su desembalse. Pero en el de Bornos la coordinación con el resto de administraciones es vital, ya que lo desembalsado va al Guadalete —el río más importante de Cádiz— y de ahí a la campiña jerezana y la desembocadura. De ahí que, cuando Bornos comenzase a soltar agua por las compuertas superiores, se agravó aún más la subida del caudal y las inundaciones a las afueras de Jerez. Fue una maniobra delicada en la que se jugaba en difícil equilibrio. “En función del nivel de resguardo, se puede ir regulando lo que se evacúa por el desagüe de fondo. Si tienes varios días sin lluvias, embalsamos y luego se abren desagües de fondo. Pero en episodios de lluvias intensas como este, se llena la presa por encima del resguardo y si tenemos previsión de lluvias en dos o tres semanas, hay que ir liberando conforme va entrando”, explica Álvaro Real, director general de Agua de la Junta de Andalucía.

Cádiz ha pasado de ser la provincia de España con los embalses más vacíos a tener reservas hídricas “para más de cinco años”, como explica Real. La localidad de Grazalema, con sus 1.600 vecinos aún desalojados, ha fulminado su récord histórico de lluvias: casi 4.500 litros por metro cuadrado registrados en lo que va de año hidrológico, lejos del máximo alcanzado entre 2012 y 2013. Tras reventar afloramientos míticos de agua, como la Sima de la Olla —conocida así porque el agua brota como si hirviese— o Los Ojos de Gato de Benamahoma, el agua de los acuíferos acabó saliendo hasta por las casas del pueblo, en unas inundaciones solo comparables con otra sufrida en 1963.

En Los Hurones ya han perdido hasta la cuenta de la cantidad de episodios de desembalses que llevan en lo que va de año hidrológico. Y eso que, históricamente, estos meses de enero y febrero no suelen ser los más lluviosos en la zona. La tierra está tan embotada que “el nivel de saturación es máximo, así que toda el agua va para abajo”, explica Moreno, que en estos días ha mirado las predicciones cada dos horas, mientras controla constantemente los marcadores de lo que entra en el embalse. Son sus últimos días de ajetreo, después de 43 años trabajando y viviendo en esa presa. En mes y medio se jubilará y previsiblemente se tendrá que marchar del poblado, así que no oculta su tristeza. “Esto es como tener un niño”, tercia con melancolía. Por lo menos, los pantanos de Cádiz, encaminados ya a alcanzar el 90% de su capacidad, se quedarán llenos, como prometió entre el deseo y la broma, a sus compañeros de faena.

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