Extraños en un tren: “¿Y a una persona que no está yendo a trabajar, se le sube el sueldo?"
Claudia Montes dice que pidió ayuda a Ábalos y que él le envió unos enlaces. España a veces no funciona y otras funciona la mar de bien; cuando pasa eso, acaban todos en el banquillo


La testigo Claudia Montes pasa la mañana sentada con sus abogados en los pasillos del Supremo. Tiene cara de aburrida. El Tribunal Supremo es un sitio petado de historia, pero ojo con meterte ahí pensando que es Glastonbury. La presencia de Claudia Montes, como la de Jésica Rodríguez, obedece a un amargo conflicto político: el supuesto enchufe con el que el acusado José Luis Ábalos la empleó en la administración pública. Las horas se hacen largas y su turno está previsto que sea el último antes del receso para comer.
De repente, Claudia ve entrar en el cuarto de baño a un periodista al que reconoce. Sale ella hacia el baño de mujeres y, desde la puerta, chista cuando el otro sale. El hombre oye el “chsss” y, aturdido, se gira. “No me dejan hablar contigo”, empieza Claudia para justificar la clandestinidad de la charla en el baño de mujeres. Le pide al chico (es un periodista joven de otro medio) que se fije en cómo la mira Koldo cuando ella hable, que ponga atención en si la quiere intimidar o no. Está preocupada por eso.
“Yo consideraba a Koldo García Izaguirre mi jefe”, dice al tribunal una hora después. Claudia ya ha dicho antes de entrar al juicio lo mismo que en el baño de mujeres a un compañero: que teme las miradas de intimidación de Koldo.
La mujer tiene ganas de hablar. Era una madre soltera y militante socialista, empieza su relato, cuando conoció a José Luis Ábalos en un mitin en Gijón en mayo de 2019. Luego, le escribió por Instagram para pedirle trabajo. Y el ministro se puso en marcha. Koldo, más bien. España a veces no funciona y otras veces funciona la mar de bien; cuando pasa eso, suelen acabar todos en el banquillo. Fuera de la ley todo es más cómodo. Quieres un trabajo, le abres un privado a un ministro y te llaman de Renfe para preguntarte de qué quieres trabajar, de maquinista o qué: gorra, silbato y p’alante.
Además, ella y él empezaron una relación virtual que a Claudia le ayudó mucho porque hablaban de política y Ábalos, dijo, la ayudó a “culturizarse políticamente”. Seguramente sea eso lo que se recuerde de Ábalos, su influencia en la teoría crítica del marxismo junto a Marcuse y Adorno. “¿A la de Gijón no la pueden contratar en Renfe, ADIF o alguna de sus subcontratadas?”, le dijo un día Ábalos a Koldo, ya harto de hablar de Rosa Luxemburgo. “Lo arreglo”, respondió su mano derecha.
La contrataron en Logirail, una filial de Renfe. Ella dice que no por influencia de él. Que él le pasó unos enlaces, que es como tener un grupo, que te pidan entradas para un concierto y mandarle un link. Ella dijo haber completado el link que le pasó Ábalos y pasar luego los procesos. Dijo también que dejó de ir a trabajar porque la colocaron en una mesa frente a la pared sin ordenador. Pero no desaprovechaba el tiempo: contó que iba a la biblioteca de Oviedo a leer libros sobre trenes. Nadie le preguntó qué libros y ella no pudo contestar: “Asesinato en el Orient Express”, porque entonces se acaba el juicio y esa mujer sale a hombros como nueva presidenta del Tribunal.
A diferencia de Jésica, es justo decirlo, Claudia Montes terminó trabajando más adelante. Y duro, según la contabilidad de horas extra (80 acumuladas en un año, dijo). También presumió de madrugar porque le encantaba el trabajo, y lo podía justificar porque colgaba cada mañana en Instagram fotos de sus desayunos a horas loquísimas, tipo 4.30 de la madrugada, que habría que preguntar en la comunidad si usaba el extractor porque ahí hay otro juicio. Hay mucha gente contraria a que se cuelguen fotos de comida en Instagram. Pues bien: uno nunca sabe para qué puede servir. Un día estás sentada mirando el móvil a ver si te ponen unos likes a unos huevos rotos, pensando en leer en tu jornada laboral Extraños en un tren, y al otro estás en el Tribunal Supremo presumiendo de la hora a la que colgaste la foto. Lección de vida: entre la validación de los demás y el tiempo, siempre el tiempo.
En el banquillo de acusados, José Luis Ábalos se rasca la frente brillante de sudor y habla con Koldo sin taparse la boca, como Vinicius; Koldo, sin embargo, la cubre con sus manos para responderle. La agente de policía los mira de reojo. Aldama, en la otra esquina, es ya una figura de cera. Ábalos parpadea cada vez más despacio y en algún momento parece que no va a volver a abrir los ojos, luego se muerde el labio inferior y se queda bastante rato con él así, material de meme pero como no es Leonardo Di Caprio, aunque un día pudo serlo, no lo verás nunca.
Empezó declarando por la mañana Óscar Gómez Barbero, tipo alto, de buen pelo cano, elegante. Hay que tener en consideración que por el tribunal pasan esta semana jefazos de importantes empresas, ejecutivos que tuvieron o tienen cargos de responsabilidad, para tratar de explicar por qué dos chicas fueron colocadas en sus empresas públicas y permitieron que esas chicas no acudiesen a su trabajo. Tiene algo de humillante. Porque hubo un ministro encaprichado, por unos motivos u otros, en dos mujeres, y esas mujeres terminaron cobrando dinero público de empresas de su ministerio. Y para que eso ocurriese, una cadena de mando quedó moralmente maltrecha. Como quiera que Gómez Barbero subió de categoría a Claudia Montes, la acusación hace una pregunta estupenda: “¿Y a una persona que no estaba yendo a trabajar le sube el sueldo?”.
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