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'CASO KOLDO'
Análisis

El desenfrenado verano del 73 de Ábalos y Jessica: “Lo que vivimos solo lo sabemos nosotros”

La testigo dice que terminó la relación después de las segundas elecciones de 2019. “Me dijo que nunca se divorciaría siendo ministro. Y llegaban cuatro años más de PSOE”

La expareja de Ábalos Jessica Rodríguez, a su salida del Tribunal Supremo, este martes.Jaime Villanueva

El 7 de enero de 2020, Pedro Sánchez fue investido presidente del Gobierno, garantizando cuatro años más de gobierno socialista. Para una mujer enamorada del número dos del PSOE, fue un día triste. José Luis Ábalos, ministro de Transporte y secretario de Organización socialista, le había dicho a Jessica Rodríguez que nunca se divorciaría de su mujer mientras fuese ministro. En la salud, en la enfermedad y en el cargo público.

Jessica, que había conocido al exministro en 2018, decidió que la relación se terminaba. “Venían cuatro años más de PSOE, no iba a aguantarlo”. Ni quería ser la otra ni soportaba “la vida paralela” del ministro. “Él no podía divorciarse porque su mujer le dijo que, si lo hacía, le jodería la vida”, dirá más adelante Jessica. “Le tiraba cosas, se ponía histérica”. Sánchez sacó a Ábalos del Gobierno un año después.

Jessica tenía con el exministro una relación repleta de regalos (incluyendo el alquiler de un pisazo en la plaza de España) y pagos (ella dijo que sí le daba dinero en efectivo, pero lo guardaba para una vida en común), además de ser atendida en diversos contratiempos, como cuando su gato se rompió la pata. “Es que tuve un gato por él”, aclaró. Respecto al piso, dijo que seguía Ábalos haciéndose cargo de él porque de alguna manera había incumplido sus promesas. “Cambió mi estilo de vida, yo era feliz. Supongo que se sentía en deuda. La historia que vivimos él y yo solo la conocemos nosotros”. También trabajó en dos empresas públicas sin haber acudido un día al trabajo. Hay acuerdos de separación y luego esta esto: se juzga si entre todos, con nuestros impuestos, hemos ido pegando los pedacitos del corazón de José Luis Ábalos y Jessica Rodríguez.

“La relación no la terminamos mal, no hubo discusión, seguíamos hablando y alguna vez viéndonos. Pero ya en mi cumpleaños cenamos, y no me acompañó a casa, me llevaron”. ¿Y ahora? ¿Están bien ellos ahora?, ¿sigue habiendo amor? La respuesta la da Ábalos a través de su abogado, Marino Turiel. “¿Es cierto que se dedica usted a la prostitución?”. Un “oooh” gigante en la sala de prensa. Follón en la sala. El presidente del tribunal, Andrés Martínez Arrieta, pide al abogado que reformule la pregunta. El papelón es de órdago, pero Turiel se levantó fuerte y va a por todas. “Se dedica usted a un oficio que ofrece una contraprestación…”. Se rinde Turiel, pero contesta Jessica Rodríguez. Es dentista colegiada. Y antes, fue azafata de imagen.

La cámara no enfoca a la testigo, que tenía 29 años cuando conoció al ministro. Hoy tiene 37 y aparece siempre parapetada con mascarilla y gafas de sol. Ahora mismo en Madrid si usted ve a alguien con mascarilla, gorra y gafas de sol, o es Jessica o es Rufián. Como cuando Leonardo Di Caprio se pone capucha, tres gafas de sol, un pasamontañas y doce guardaespaldas alrededor.

Jessica, que en declaraciones anteriores estaba frágil y en algún momento se rompió, este martes está entera y hasta temeraria. Cuando la trama le propuso cambiar el piso de la plaza de España dijo que no, porque el que le ofrecían era “enano”, y mejor quedarse con uno que costaba 2.700 euros al mes y no pagaba ella. “Ya se sabe cómo está el mercado de la vivienda en Madrid”, dijo en el momento más surrealista de su declaración.

Si este juicio fuese una película, Jessica Rodríguez, sentada frente a los magistrados del Tribunal Supremo, se giraría hacia la cámara y preguntaría al espectador: “Supongo que te preguntarás cómo he llegado hasta aquí”. Hasta el fiscal de Anticorrupción, Alejandro Luzón, podría girarse hacia la cámara para preguntarse qué hace él ahí, pues empieza titubeando, matizándose, sorteando charcos incómodos. “Esa relación de ustedes, llamémosle íntima o amorosa”, termina desembuchando, y a partir de ahí ya cogió vuelo el fiscal. Recordemos los apuros periodísticos cuando empezó todo: “amiga”, “amiga especial”, “conocida”, ni Corinna desenterró tantos eufemismos (bueno, no, y “amiga entrañable” sigue siendo insuperable).

Cuando se cumplían dos horas de comparecencia, Jessica Rodríguez explotó: “Estuve media mañana esperando a entrar en la sala. No me han ofrecido ni un agua, tuve que bajar a un vending”. La trama la ha dejado sola.

Mientras, Koldo García hace aspavientos cuando considera que Jessica miente, luego le enseña algo a Ábalos y Ábalos lo lee serio. Se aparta un poco para leerlo mejor, ha olvidado las gafas o las tiene guardadas en el estuche y quizá sea un coñazo cogerlas ahora para ver la tontería que está enseñando este. La vida es pesadísima si uno la ha vivido tan deprisa y de repente tiene que estar sentado muchas horas.

Cuando Jessica dice algo de sus aventuras del pasado, las cosas que vivieron juntos y pagaba él, Ábalos frunce el ceño como tratando de recordar. Pero quién va a recordar algo de los años locos, José Luis. Las pulseras en Tiffany’s, los viajes a Dubái, las ruedas de prensa, los falsos robados y las amazonas: “Adiós a los trajes de baño, los viajes pagados, los sitios de moda. / No habrá más copas de yate, tirar las botellas, dormir a deshoras”, cantaba La Costa Brava.

Minutos después, cuando Jessica se marcha, declara Virginia Barbancho, exresponsable del proyecto de Tragsatec al que estaba adscrita Jéssica Rodríguez. Dice que recibió el curriculum de Jessica con el aviso de que, por encima de cualquier consideración académica, por encima de cualquier valía profesional o de la mujer en una empresa de ingenieros, por encima de sus virtudes, la joven era “sobrina” del ministro. Ábalos es definitivamente anterior a España. ¿Cómo va a recordar algo? ¿Quién recuerda algo cuando se esta comiendo el mundo y pasa las facturas? Ya lo dijo Lemmy, de Motorhead: “El verano de 1973 fue fantástico, no me acuerdo de nada”.

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