Los guardias que analizan la mente y la conducta para componer el rompecabezas criminal
La Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo de la Guardia Civil estudia escenarios en investigaciones de gran relevancia y busca pruebas en los testimonios de personas especialmente vulnerables


Ni andar persiguiendo asesinos en serie al estilo de la serie Mentes Criminales, ni llegar a un lugar y resolver un caso en tres o cuatro horas. La comandante María Luisa Calcerrada, responsable de la Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo de la Guardia Civil, borra de un plumazo la imagen más glamourosa y simplificada de su trabajo. “Muchos agentes vienen con una expectativa y la realidad es otra. Requiere formación y trabajo constante. Más que la titulación base, de Psicología, cuentan los estudios de postgrado especializados y la experiencia adquirida con la práctica”.
Los seis integrantes de esta Sección, pionera en aplicar la psicología criminalista a investigaciones complejas como desapariciones, homicidios o agresiones sexuales, trazan los perfiles criminales de sospechosos; analizan escenas para reconstruir los comportamientos del autor; estudian hábitos y reconstruyen las últimas horas para determinar en qué situación emocional se encontraba una persona antes de su desaparición o muerte; o realizan entrevistas a personas especialmente vulnerables, como menores de hasta ocho años o personas con discapacidad intelectual.

La comandante Calcerrada, con una trayectoria de 37 años en el Cuerpo y una amplia experiencia en casos complejos, preside una gran mesa rectangular en una sala de reuniones en dependencias de la Guardia Civil. La acompaña la guardia civil María, que pide que se la identifique solo con el nombre de pila, y que acumula ocho años de experiencia en este tipo de investigaciones. María es la más veterana de un grupo en el que en este momento tienen agentes en formación. Ambas hablan de su trabajo con una mezcla de pasión y reserva, e inciden en la importancia del “rigor científico” de sus trabajos para poder presentarlos en un juicio y obtener sentencias condenatorias.
Desde la creación del grupo hace 32 años, los analistas de comportamiento de la Guardia Civil han participado en más de 1.300 casos. Las agentes van vestidas de calle, como habitualmente trabajan. En la habitación contigua, los otros cinco miembros del equipo siguen con sus tareas.
Casos de gran alarma social
Los analistas criminales de la Guardia Civil trabajan cuando los reclaman los grupos de Policía Judicial. Ocurre con casos de especial gravedad o que generen una gran alarma social, como en la desaparición del pequeño Gabriel en Almería en febrero de 2018; o para dar un impulso a las llamadas investigaciones frías, aquellas en las que con el paso del tiempo parece que se ha llegado a un callejón sin salida. Colaboraron con los miembros de la Unidad Central Operativa (UCO) en la investigación de la desaparición de Francisca Cadenas, cuyos restos han sido hallados recientemente en la localidad extremeña de Hornachos, nueve años después de su desaparición. Ambas se quedan en silencio cuando sale a la luz algún caso reciente y cuyas investigaciones siguen vivas. Si ya ha sido juzgado, aceptan comentar algunos elementos, sin entrar en detalles.

“No nos llaman para los casos más fáciles”, resume María con una sonrisa. Entre los complicados está la muerte de Ginés Priede, un hombre de 68 años que fue hallado con un disparo en la cabeza en Xixún (Asturias) en septiembre de 2019. Al principio parecía un asesinato, pero finalmente resultó ser un caso de cooperación al suicidio con un montaje posterior. Un amigo del fallecido, llamado Paulino Llano, fue condenado en 2024 por facilitarle el arma con el que suicidó, permanecer con él hasta que se disparó en la cabeza y retirar la escopeta de la escena para intentar inculpar a la exmujer del fallecido. Los investigadores tardaron 13 meses en hacer una composición de lo que había ocurrido y pedir el arresto, tanto a Llano, como al dueño del arma, que finalmente no fue a juicio.
Cuando alguien desaparece o muere sin que se conozcan bien los motivos, hay que reconstruir zonas en sombra para averiguar lo que ha pasado. Esa imagen panorámica, de 360 grados, puede determinar el momento anímico en el que se encontraba la víctima y ayudar a resolver el caso. “Hay gente que es muy estanca”, explica la comandante. En estas personas conviven mundos muy separados, en el trabajo, con la familia, con los amigos, en la intimidad, y la explicación de un hecho delictivo, en estas ocasiones, no está a simple vista.
Trabajo en zonas de sombra
En esas zonas de sombra trabajan los analistas del comportamiento. En el caso de Xixún hicieron una “autopsia psicológica”, técnica forense de investigación que reconstruye el estado mental, emocional y el perfil de personalidad de una persona fallecida antes de su muerte. Examinan su entorno, lo que hizo en las últimas 24 horas y lo ponen todo en orden. Después, ven lo que ha podido pasar y van descartando hipótesis. “Si hay varias líneas de investigación, después de hacer este estudio, se ayuda a priorizar unas sobre otras”, señalan. Al final prevalece la hipótesis sobre la que hay más elementos.
Su trabajo como perfiladores criminales es uno de los aspectos por los que más se les conoce. En el asesinato y violación de la joven Waffa Sebbah, en Valencia, el análisis de la escena del crimen fue clave para que el principal sospechoso, apodado El Tuvi, fuera condenado a prisión permanente revisable. La joven tenía 19 años cuando desapareció en noviembre de 2019 en Carcaixent y su cuerpo fue hallado dos años después en un pozo. Según sus informes, el análisis de la escena de los hechos y de las conductas que el autor llevó a cabo con Waffa permitió deducir que la motivación del crimen fue claramente sexual con elementos sádicos. El Tribunal Supremo confirmó la condena a principios de marzo. En la resolución destacaba que el “especial ensañamiento y trato degradante” del condenado había quedado acreditado por los testimonios de los agentes de la UCO, el informe de autopsia y el análisis de conducta de los investigadores que determinaron que se trató de un homicidio con componente sexual.
Una de las piedras angulares del trabajo, y sobre el que se muestran más orgullosas, son las entrevistas a víctimas o testigos de delitos especialmente graves. De esas charlas, muy preparadas, en las que se para el tiempo y atienden a detalles que podrían pasar desapercibidos para quien las afronte como algo rutinario, obtienen información clave para lograr información esencial para las investigaciones.
La Sección trabajó en 2011 en el secuestro a dos hermanos, una niña y un niño de 8 y 10 años en Torrelaguna (Madrid) y en la agresión sexual de la niña. Los hermanos siempre iban juntos. El sospechoso se llevó a los dos, abusó de la menor y tiró a ambos en un pozo en Algete. Durante la entrevista, la niña habló de un pañuelo con restos biológicos, un trozo de tela que buscaron y encontraron y que sirvió para condenar al agresor. Su testimonio, en el que describió con precisión características físicas de su agresor, también fue muy relevante. Fue condenado a 65 años de prisión por secuestro, agresión sexual e intento de homicidio. Durante el juicio, se visionó la entrevista de declaración de los dos menores, para proteger su intimidad y que no tuvieran que pasar la experiencia de declarar en una sala de vistas.
Los agentes, con formación en Psicología del testimonio, están preparados para realizar entrevistas a personas especialmente vulnerables, tanto niños como personas con discapacidad intelectual y que esas declaraciones se acepten en los procedimientos judiciales. “Antes se pensaba que sus testimonios no servían”, explica la agente María.
Siempre se encargan de obtener el testimonio de los menores de hasta ocho años, algo que técnicamente se denomina exploración. Por ejemplo, ante una agresión sexual a un niño de cuatro años, el Equipo Mujer y Menor de la Guardia Civil les moviliza. Se desplazan a cualquier punto del país y se ven con las víctimas en los lugares en los que se sientan más cómodos para hablar. Puede ser en su casa, en el colegio. Casi nunca en dependencias policiales. “No se trata de acciones gratuitas. Si hay indicios que vinculan a los sospechosos por otro lado no se recurre a los menores”, explica la comandante. En uno de esos casos, hablando con el niño de cómo se producían las agresiones por parte de su padre, el menor les dio a entender que en alguna ocasión lo había grabado. Por parte de la Sección, se recomendó que se intervinieran y examinaran los dispositivos electrónicos del adulto, y terminaron encontrando vídeos sobre los abusos. ¿Y se podría utilizar Inteligencia Artificial para estas entrevistas? “No hay tecnología que pueda suplir el estar cara a cara con la persona, ganarse su confianza, ver su contexto…”, valora Calcerrada.
Antes de dar por zanjada la conversación, sale a colación uno los aspectos con los que no quieren que se les relacione: la detección de la mentira. “Es un mito”, dice María. “Trabajamos con la incongruencia y la congruencia. Un testigo puede estar nervioso por un motivo y no necesariamente tiene que estar mintiendo”, explican. En sus informes examinan las palabras. Pueden apreciar una tensión, una incomodidad… pero al final, inciden, se prioriza la hipótesis sobre la que convergen más elementos. “Vamos a lo científico”, subrayan.
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