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Un botón militar y monedas extranjeras: la huella de los brigadistas en el campo de concentración franquista de Albatera

La última campaña de excavación en el terreno en que se asentaba el penal confirma la presencia de presos de otros países capturados al tratar de huir por el puerto de Alicante

La pista la proporcionó un vecino de la zona en la que se levantó el campo de concentración de Albatera (Alicante). “Me contó que, en los años 50, existía una montaña de latas de sardinas vacías apiladas en una parcela”, recuerda Felipe Mejías, director del proyecto arqueológico que trata de recuperar la historia de este penal franquista. Aquella acumulación de basura no podía ser más que “un vertedero”, todo un tesoro para los especialistas. La última campaña, realizada durante el pasado mes de noviembre, ha demostrado que la parcela apuntada por el vecino era un filón. “Hemos encontrado un botón de casaca militar del ejército de Estados Unidos, una moneda holandesa, otra suiza y otra soviética”, declara Mejías. La prueba que confirma, en su opinión, “la presencia de presos brigadistas” en el centro penitenciario alicantino.

El hallazgo, en realidad, no supuso ninguna sorpresa para el arqueólogo. En el número 19 de la revista Cuadernos Republicanos, publicado en julio de 1994, encontró el relato de José Bonet, un prisionero que atestiguaba que en el campo de concentración penaban prisioneros que no eran españoles. “Más horrible aún”, contaba, “fue la suerte que corrieron algunos extranjeros”. Las autoridades del campo les engañaron para “ser expulsados de España” a petición de sus respectivos consulados. “Los que se presentaron fueron conducidos al exterior y allí fusilados sin compasión”. Otro recluso, Miguel Signes, escribió en su libro Tras los pasos de Barrabás que los guardias del campo sacaban las latas en mantas fuera de las alambradas, junto a una acequia y unas palmeras. “Era el mapa del tesoro”, certifica Mejías. A los relatos les faltaba la prueba física, que afloró en 2025. “El botón lleva el escudo del águila alada de las casacas militares de los años 30 que vestían los voluntarios norteamericanos”, explica el arqueólogo. Los brigadistas son despedidos con honores por la República en un multitudinario desfile en Barcelona en 1938, retirados del frente por sus numerosas bajas. “Pero muchos se quedan voluntariamente”, afiliados al Partido Comunista en su mayoría, hasta el fin de la contienda.

Mejías y su equipo volvieron en 2025 al terreno, en el que inicialmente se levantó un campo de trabajo republicano que a partir del 1 de abril de 1939 se transformó en campo de concentración franquista durante siete meses, con una subvención de 14.000 euros para la localización y exhumación de fosas de la Guerra Civil de la consejería de Justicia de la Generalitat Valenciana. El gobierno de Mazón recuperaba así las ayudas que suprimió en 2024 y que entre 2020 y 2023 había decretado el Botánic (el tripartito autonómico formado por PSOE, Compromís y Podem). Ya en la última campaña habían descubierto divisas extranjeras, “como una de 50 céntimos de franco francés acuñada en 1931” o “un felús marroquí”, conocido en la España de entonces como ochavo moruno, “hallado cerca de la puerta del campo, donde se situarían los campamentos de regulares” que colaboraban con los sublevados.

En esta última prospección, sin embargo, las monedas apuntaban en otra dirección. “Aparecieron un florín holandés de plata de 1923, una moneda de cinco francos suizos de 1908 y otra soviética de tres kopeks (céntimos de rublo), de los años 20”. Junto al botón norteamericano, constituían la evidencia de la reclusión de extranjeros entre los 15.000 prisioneros con los que abrió el campo de concentración, situado en el actual término municipal de San Isidro (2.300 habitantes), cuyo ayuntamiento, presidido por el socialista Manuel Gil, colabora en la excavación arqueológica. Junto a ellos, militares y civiles, muchos de ellos apresados en el puerto de Alicante, último reducto de la República, cuando trataban de escapar en barco hacia Argelia. Y también, según demuestran los últimos hallazgos, “miembros de los cuerpos de élite del ejército republicano” de los que todavía no había aparecido ninguna huella. “Hemos rescatado una insignia de cobre de tanquista, representada con un tanque británico de la Primera Guerra Mundial, que se colocaba en el cuello con un alfiler” y “varios emblemas de pilotos del Ejército del Aire”.

Mujeres y penurias

Junto a piezas habituales, como munición o hebillas de todas clases, y otras más “curiosas, como centenares de marchamos comerciales”, la prospección del vertedero también ha desvelado la presencia extramuros de mujeres que acudían a visitar a sus familiares. “Venían de todas partes, incluso desde Murcia o Alicante, en un recorrido de 30 kilómetros a pie, y tuvieron un papel fundamental, ya que mantuvieron vivos a los prisioneros”, afirma Mejías. “Se comunicaban a gritos, algunas cocinaban y otras pagaban a los guardias para que les acercaran a los presos”. La excavación ha sacado a la luz “discos de plomo, como arandelas, que eran las pesas que las mujeres cosían a sus faldas, para que no las levantara el viento”. Y otros objetos femeninos, como “un broche para el chal y alfileres de pelo”.

Finalmente, el jefe de la excavación relata lo que considera un hallazgo “extraordinario”. “En el libro Llaurant la tristesa [Labrando la tristeza], el preso Lluís Marcó, farmacéutico de profesión, recordaba que había fabricado “una cuchara con un palo y un trozo de lata” que talló a partir de una lata de sardinas, el único alimento que recibían a diario los presos. Marcó bromeaba con que le parecía una obra de arte prehistórica, “del periodo ‘latalítico’, porque para darle la forma cóncava conveniente”, la golpeó “con una piedra”. Esa misma herramienta, o una similar, ha aparecido en la campaña de 2025. “Encontramos una placa metálica doblada con algo dentro”, revela, “y al abrirla, ha aparecido una cuchara artesana confeccionada con un trozo de zinc y otro de madera”. Puede que fuera habitual, reconoce el arqueólogo. “Las latas se reciclaban para envasar agua de lluvia para beber, como trampas contra las chinches o incluso les ensartaban cañas para usarlas de lavativa”, dice Mejías, “y así ayudar a quienes no podían evacuar”. “La oclusión intestinal fue la principal causa de muerte entre los prisioneros de Albatera”, confirma.

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Sobre la firma

Rafa Burgos
Corresponsal de EL PAÍS en Alicante desde 2018. Desde 1997 ha trabajado como crítico de cine y redactor en diferentes medios, como El Mundo o la Agencia EFE. Ha impartido charlas y cursos en la Universidad de Alicante y en la Miguel Hernández de Elche. Coautor del libro 'La feria abandonada', del dibujante Pablo Auladell.
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