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Durante años, madre e hija han cosido para los gigantes del lujo. Ahora lo hacen para su propia firma

En los talleres de Castor srl, la familia Picozzi lleva décadas traduciendo ideas en prendas. Una reivindicación del saber hacer que ahora ejercen también desde su propia firma, Mantù

Graziella y Angela Picozzi, madre e hija, saben que el proceso creativo en la moda parte del boceto, pero el resultado depende de la técnica.Alessandro Grassani (Contacto)

A un lado están las patronistas. Al otro, las costureras. Al fondo se sientan las técnicas. En femenino, porque de sus 70 empleados 63 son mujeres. Las paredes las recorren estanterías llenas de carpetas con figurines y rollos de tejidos. En las mesas se agolpan máquinas de coser, alfileteros, patrones cortados en papel y prototipos diseccionados en un estudio de costuras minucioso. En los talleres de Castor srl en Castellucchio, a 15 kilómetros de Mantua —uno de los vértices, junto con Verona y Brescia, del triángulo de la producción de moda del norte de Italia—, las creaciones de los diseñadores dejan el terreno de las ideas para materializarse en una realidad. “Me gusta decir que somos sus manos”, dice Angela Picozzi (Mantua, 51 años). “Interpretamos lo que tienen en la cabeza”.

Solo esta temporada han confeccionado las de Gabriela Hearst, Elie Saab, Longchamp y Oscar de la Renta. Pero la lista de firmas que tienen su expertise detrás es tan extensa como rotunda: Proenza Schouler, Giambattista Valli, Thom Browne, Christopher John Rogers.

Aunque técnicamente es la definición, llamarla empresa de producción y confección se queda corta. Cortísima. Lo que hacen aquí es arquitectura sartorial. “Sabemos cómo situar la cintura de un vestido ligeramente más alta para favorecer la silueta, o cómo construir la manga de una chaqueta”, dice Picozzi. Se alimentan de vocación y medio siglo de experiencia. “Conocemos los secretos de un buen fit”, cuenta la italiana, que en 2003 estableció la empresa junto a su hermana Elena Picozzi y Francesca Agosta aupándose en la herencia familiar. Su padre, Mario, un sastre de Nápoles, y su madre, Graziella, patronista de oficio, fundaron Deni Cler en 1971. Empezaron confeccionando sus propias colecciones, fichando para diseñarlas a algunos de los nombres en ciernes de su generación: Enrico Coveri, John Richmond, Domenico Dolce y Stefano Gabbana, Franco Moschino. “Gra­ziella sabía reconocer el talento nada más verlo”, cuenta su hija.

Fue ella quien hizo posible el mito (y el hito) de Margiela. Cuando el belga fue a verla, a finales de los ochenta, ya había pasado por varias fábricas, sin éxito. Venía de trabajar con Gaultier, pero su propuesta era tan revolucionaria que ninguna manufactura se animaba a producirla. Excepto Graziella Picozzi. “Supo ver la genialidad de sus ideas”, apunta Angela. Y tenía la habilidad para traducirlas del papel a la tela. Desde esas ahora emblemáticas hombreras en pico —auténticos prodigios de ingeniería— a las mangas deconstruidas. “Siempre he dicho que, aunque tengas un buen diseñador, si el patronista es malo, nada saldrá bien”, espeta Angela. Terminaron produciendo sus tres primeras colecciones, incluida una línea de 60 piezas llamada “!” que, creativamente, marcó un antes y un después. Comercialmente, no cuajó. “Era tan revolucionario que no se vendió”, dice Graziella Picozzi (Mantua, 78 años). Pero cuando el año pasado las hermanas Picozzi sacaron a subasta 400 piezas de Margiela de aquellos primeros años —incluidas muchas que su madre había producido—, amasaron 1.889.000 euros. Un récord hasta que este enero se lo arrebatara, con más de seis millones, la venta de los Dior de la colección de Mouna Ayoub.

Amén del ojo avizor de Graziella para ver el talento a una legua, les distinguía una mezcla de tradición y vanguardia poco común entonces y menos aún ahora. “Preservaron el legado de la sastrería, pero mantenían la puerta abierta a las nuevas tecnologías y los avances industriales”, cuenta su hija. “Fueron pioneros en muchos aspectos”. Como introducir el patronaje asistido por ordenador. “Esa mezcla era su fuerte”. Para cuando llegaron los noventa, la empresa iba como un tiro: compartían acera con Prada y Gucci en la calle Monte Napoleone y vendían desde Suiza, España y Polonia —donde sigue operando bajo una nueva dirección— a Estados Unidos y Japón. Además de las suyas, producían las colecciones de grandes casas. Pero la gestión financiera no estaba en sintonía y echaron el cierre. Graziella entró en Max Mara y Mario como sastre en Armani.

Entonces Angela estudiaba Economía y Marketing. Por casualidad, empezó a trabajar como ayudante de compras en Harvey Nichols. “Allí me di cuenta de que la parte que me interesaba es la que ocurre entre bambalinas. No el producto final, sino todo lo que va antes. Volví a Italia y, con ayuda de mis padres y el saber que habían acumulado, volvimos a empezar”.

La idea era producir para otros. Pero no a cualquiera: solo firmas con las que conectan y donde sienten que pueden sumar. Muchos de los creadores que llaman a su puerta tocan la tecla creativa, pero no la productiva. “Los ayudamos a escalar. Cuando Gabriela Hearst empezó a trabajar con nosotros, solo producía unas cuantas piezas. Creímos en su gusto y la impulsamos a crecer”. Lo cubren todo: desde la creación de prototipos y el patronaje hasta la elección del tejido y la producción. “No es solo el diseño. Para crear algo increíble toda la cadena debe funcionar. Hay que entender todo el proceso, y nosotros lo hacemos”. Es más, también dan soporte empresarial. Desde el primer momento Angela entendió lo importante del lado comercial. Definen el plan de merchandising, la estrategia de precios y el segmento de cliente.

Pero todo empieza con el patrón. “Una cosa es poner algo en una modelo sobre la pasarela. Otra muy distinta es ponérselo a una mujer”. Se lo dijo Ryan Zentner, propietario de la boutique neoyorquina Really Great Things, a Cathy Horyn en 2008 para un artículo de The New York Times que debía tratar sobre la firma 6267 y que, salvo por los tres primeros párrafos, terminó girando en torno a las Picozzi. Fundada por Roberto Rimondi y Tommaso Aquilano con familia en 2005 —antes de que el dúo se marchara a Gianfranco Ferré en una decisión que la industria vaticinó como equivocada—, en apenas tres años se había convertido en una de las marcas del momento. Primero, por mediación de Franca Sozzani, que les dio el premio Who’s on Next? Segundo, porque quien confeccionaba la ropa era Castor. “Quedé más impresionado por Angela y su fábrica que por los diseñadores”, recordaba Zentner.

En 2008 decidieron volcar todo ese expertise en una firma propia y crearon Mantù, que desde el nombre conecta con el saber hacer sartorial de Mantua. “Es la mejor muestra de quiénes somos y qué hacemos”. Empezando por la calidad y siguiendo por un patrón concebido por quienes conocen los cuerpos. “Siempre queda perfecto”, dicen Yolanda y Beli López, fundadoras de la boutique Yowe, la primera en España en vender la firma. “Tienen una estética sofisticada pero fácil de llevar”.

Hoy abarcan una red de tiendas que va de Kick Pleat en Texas y Lane Crawford en Hong Kong a los hoteles Belmond. Y, amén de la inversión, el mayor reto es competir con las grandes marcas que copan el mercado con presupuestos de marketing inapelables. “Deberíamos enamorarnos primero de la prenda y luego de la marca. Y es al revés. Pesa más el logo. Es una lástima”, dice Angela. Ellos siguen pensando que su producto es su mejor escaparate.

En la era del posconsumismo, lo que se considera lujo empieza a hilar más con qué y cómo se ha hecho que con el nombre en la etiqueta. Y la crisis de identidad de una industria que ya no sabe qué defiende se acusa: la creatividad está en recesión y la calidad ha dejado de ser una garantía. “El número de cifras en el precio no asegura que algo esté bien hecho”, dice Angela. Ni siquiera que esté legalmente hecho. Picozzi hija no hace amago de evitar la cuestión de los talleres clandestinos en Florencia y Milán que la Fiscalía investiga desde 2024. “Daña la reputación del ‘hecho en Italia’. Para una empresa la fiabilidad es fundamental. Nuestros clientes confían en nosotros porque respetamos a la gente y el proceso. Pero es difícil jugar en un tablero donde hay quien no respeta las leyes”.

Todo en nombre de la rentabilidad. “La industria, tal y como funciona, nos está empobreciendo culturalmente”, sostiene Graziella. “Las firmas prefieren vender a tomar riesgos creativos”. Si hay una fascinación por el pasado —y los 30.000 millones de dólares del mercado vintage dan fe— es porque “entonces la creatividad iba primero. No es que hoy no haya talento, es que está supeditado a las exigencias comerciales”. Por parte de las firmas y del público. “Si la gente compra el vestido negro aburrido, las marcas producirán el vestido negro aburrido. Es un círculo vicioso”, se lamenta Angela Picozzi. “Puede que no nos alineemos con el espíritu de estos tiempos, pero nuestra idea de la moda es otra”.

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