Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla y Carlos Areces, cómicos: “Cuando empezábamos había temas tabús que ahora ya no hay”
Revolucionaron el humor español con ‘La hora chanante’ y ‘Muchachada Nui’, dos programas que pusieron de moda el acento manchego, crearon personajes únicos como El Gañán y enamoraron con sus imitaciones de Tarantino o Sara Montiel. Ahora vuelven para dirigir y protagonizar una delirante serie creada por Aníbal Gómez

“Cuidado! ¡A Elvis se le ve el pito!”. El grito resuena en la nave como un maravilloso preámbulo de un coro de risas. Difícil distinguir quién ha lanzado la advertencia en mitad del trajín de una colorida sesión de fotos. ¿Podría haber sido Joaquín Reyes? ¿O quizá Ernesto Sevilla? ¿O más bien Carlos Areces? Las tres opciones serían válidas y esperables, pero al final ha sido el fotógrafo el que ha parado su trabajo para poner de manifiesto que, efectivamente, a Elvis se le ve el pito. Elvis es un adorable y diminuto galgo italiano que, de un salto, ha ido a parar en brazos de su dueño, Ernesto Sevilla, y, como si la cosa también fuera con él, ha acabado posando con los demás. Bajo la luz de los focos, Elvis, con su jersey rojo y sus ojitos tiernos, se muestra tranquilo mientras casi se hace pasar por el nuevo fichaje de estos tres cómicos, que forman parte de uno de los equipos de risas más importantes de los últimos lustros en España, aquel que protagonizó La hora chanante y Muchachada Nui.
A Elvis, finalmente, se le pone en otra posición para taparle su pirulí. No protesta. La escena tiene algo de absurda y surrealista, como el humor de estos cómicos que, a principios de este siglo, revolucionaron el formato audiovisual con sus sketches y animaciones surrealistas donde el costumbrismo adquiría tintes delirantes y, para mucha gente, desternillantes. Ahora regresan con Rafaela y su loco mundo, una nueva serie original de Atresplayer creada y dirigida por Aníbal Gómez, otro rostro conocido del humor que viene de la escuela de la muchachada y que desde hace años forma pareja artística con Carlos Areces en el alocado dúo musical Ojete Calor. “Este proyecto de la serie nació gracias a Aníbal. Es el creador absoluto de la idea”, explica Ernesto Sevilla (Albacete, 47 años). “Viene de un libro suyo que se llama El alucinante mundo de Rafaella Mozzarella. Se ha escrito todo el guion él solo”, añade. “Luego, también hay una adaptación de personajes que están inspirados en unos sketches que escribió Carlos”, apunta Joaquín Reyes (Albacete, 51 años). “Pero, en fin, si te pide algo Aníbal, no hay opción: no se le puede decir que no”, concluye Carlos Areces (Madrid, 49 años).
Cuando se trata de este trío, es inevitable que el humor salte a las primeras de cambio. Apenas han pasado tres minutos de conversación y los tres se ponen serios para reírse un poco de sí mismos. Reyes cambia el tono y, con cierta grandilocuencia impostada, asegura que para él esta serie es un reto porque ahora es un actor de teatro. “Claro, porque esta serie es lo opuesto a lo que has hecho siempre”, indica Areces con voz grave. “Pon la acotación de risas justo aquí”, señala Sevilla al periodista. “Que quede claro”. Y coge la palabra Areces: “Yo definiría la serie como un drama social”. A lo que añade Reyes: “Es lo más parecido a una película de Fernando León de Aranoa con Pippi Calzaslargas”.
Fuera de parecidos razonables, o no, Rafaela y su loco mundo supone el regreso a un proyecto conjunto de estos tres humoristas que siempre han sido muy polifacéticos y, como bien señalan los tres, nunca han dejado de trabajar y nunca se han ido. Por lo tanto, su regreso supone la vuelta de una visión disparatada y desprejuiciada sobre la vida. En este caso, esta visión, bajo la dirección de Ernesto Sevilla, surge a partir de las peripecias de una adolescente disfuncional llamada Rafaela (Ingrid García Jonsson), que vive con una familia supuestamente corriente en la que hay un padre inventor (Arturo Valls), una madre aficionada a disfrazarse (Carmen Ruiz) y una abuela muy abuela (Pepa Cortijo). Aunque el plato fuerte son sus tres amigas: Corpus (Aníbal Gómez), Chelo (Carlos Areces) y Debo (Joaquín Reyes). Todo muy delirante. O, como dice Reyes, “fuera de la realidad”. “En un primer momento se planteó la idea de que todo esto fuesen decorados porque íbamos a tener otro presupuesto. Pero lo desechamos. Lo que sí queríamos es que pareciese todo falso, casi como si fueran dibujos animados”, explica Sevilla. “Solo hay que ver a tres señores de mediana edad haciendo de mujeres adolescentes para saber dónde te metes”, dice Reyes con una sonrisa. “Aunque a mí cuando me caracterizaron daba menos edad. Daba 13 años. Y me tuvieron que envejecer…”, añade con sorna. A lo que Sevilla explica: “A ver, la serie tiene algo de las películas de Jaimito hechas por Alvaro Vitali. En las que se asumía que un señor hacía de Jaimito”. Y prosigue: “Así que hay que asumir eso. Porque, bueno, una cosa que sí nos pasó es que, cuando la vieron los productores, dijeron: ‘Es que las adolescentes parecen un poco señoras’. Y yo dije, a título informativo: ‘Quizá porque los tres que las hacen tienen 50 años’. Fue una anécdota divertida que explica lo que se va a ver”.
Al modo de las comedias familiares estadounidenses de los ochenta y los noventa, las conocidas en el mundillo televisivo como sitcoms, cada capítulo empieza con un plano en el que se ve una casa como de las de los juguetes de Pinypon. Es el hogar de la familia de Rafaela. A partir de ahí empiezan a suceder cosas: fiestas de pijamas, mansiones encantadas, concursos musicales, viajes en el tiempo…, todo con un aire muy nostálgico hacia los ochenta. “Se juega con estereotipos como los de las series de adolescentes estilo Salvados por la campana”, indica Reyes. Tanto es así que el primer capítulo empieza con un viaje en el tiempo hasta el 23 de febrero de 1981, día del fallido golpe de Estado de Tejero. Un golpe que, como se dice en la serie, lo hicieron unos tipos que querían volver a Franco, “al que admiraban como vosotras admiráis ahora a Lady Gaga”. “Creo que esta serie es una vuelta a la chorrada directa”, afirma Areces. Reyes mueve la cabeza en señal afirmativa: “Sí, a regresar a nuestra esencia, es decir, a una acción sin ningún tipo de cálculo, sin medias tintas, como cuando empezamos en La hora chanante”.
Estrenada en 2002 en el canal de pago Paramount Comedy, La hora chanante fue el proyecto que pusieron en marcha los tres después de conocerse en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca. Por ahí también rondaban Raúl Cimas y Julián López. La serie se viralizó como antes se viralizaban todas las cosas sin las redes sociales: fue de boca en boca. Un éxito que, tras cinco temporadas y tener su eco en un incipiente internet, los llevó a dar el salto en 2007 a la televisión pública y estrenar en La 2 Muchachada Nui, un espacio que, como continuación de La hora chanante, duró seis temporadas y terminó por darles aún más fama. El humor dadaísta de ambos programas se convirtió en una especie de mantra en colegios y universidades. Surgieron fans de los chanantes por todas partes. Muchos estudiantes usaban expresiones manchegas salidas de sus gags o repetían hasta la saciedad las frases de las imitaciones de sus personajes más célebres (¿o habría que decir celebrities?), como Quentin Tarantino, Karl Lagerfeld, Anatoli Kárpov, Bill Cosby o Sara Montiel, o de sus personajes inventados mejor trabajados, como El Gañán, El joven Rappel o El Bonico. Pero, sobre todo, crearon una marca de la casa: entregarse al mamarrachismo, en un sentido nada peyorativo del término. “Siempre hemos hecho un humor que a nosotros nos hacía reír, incluso había en nuestros chistes un punto de humor en clave interna entre nosotros que luego ha funcionado”, explica Areces. Hoy regresan con las mismas señas de identidad en un canal generalista de la televisión y aseguran que les han dado “total libertad” para hacer esta serie.
“Esta gente está de acuerdo con nosotros y ha puesto dinero. Me parece un milagro”, bromea Reyes, que, a los pocos segundos, se pone a reflexionar en serio: “El humor absurdo sigue provocando un rechazo tremendo en las plataformas. A pesar de nuestra trayectoria y de que en España hay una genealogía de humoristas que se han dedicado al humor surrealista, todavía nos piden bajarlo a la tierra. Y me sorprende, porque ya nos conocen y saben lo que nos gusta. Y, joder, estamos en 2026”. Ernesto Sevilla también defiende el valor de un tipo de humor que ellos hacen desde sus comienzos: “Siempre he pensado que con el humor absurdo pides subir un poco el listón. Porque exiges al público que se desprenda de sus prejuicios, que tenga la mente abierta y que no se quede en la superficialidad. La gente que no entiende el humor absurdo, lo primero que piensa es que todo es una tontería”. Con distintos trabajos en películas, series de televisión, programas radiofónicos y shows humorísticos, los tres por su cuenta llevan muchos años de carrete, curtidos ya en su forma de entender un oficio, el de humorista, donde la personalidad es muy importante para conectar con el público. Y los tres creen que el oficio ha sabido adaptarse a los tiempos, fuera de los canales tradicionales de los programas televisivos de talk shows y los comediantes de escenarios en directo conocidos como stand up. “Hay mucha más variedad de humoristas de la que podía haber antes. Y creo que al mismo tiempo hay mucho más nicho”, señala Areces. “Ahora lo que ocurre es que la gente encuentra su público gracias a las redes sociales. Se hacen comunidades por ahí”, apunta Sevilla. “Es el caso de David Suárez. Antes, en el modelo antiguo de la televisión, era más difícil, pero ahora él tiene su comunidad, que es muy grande, que le acompaña, que le sigue en su canal de YouTube, en X y en sus giras. Y lo hace con un humor que está un poco al margen del mainstream o de la televisión”.
Los chanantes hablan sentados en torno a una larga mesa de madera en la nave en la que se ha llevado a cabo la sesión fotográfica. A veces, Elvis ladra y merodea por debajo de la mesa. Los tres han sido parte importante del humor español en este siglo y tienen cosas que decir sobre su evolución. “En determinados aspectos, el humor avanza o se arriesga más, pero lo hace más en Estados Unidos. Porque en España somos más comedidos. En Estados Unidos he visto hacer chistes con gente que acaba de morir o con violencia de género. El tema es que allí la gente entiende perfectamente cuál es el contexto”, asegura Areces, quien pone su propio ejemplo al frente de Ojete Calor, un dúo de pop electrónico que toca todo tipo de temas sociales con letras irónicas. “No es lo mismo cuando hago los chistes con mis canciones en el concierto que fuera de ellos. No es lo mismo la gente que voluntariamente ha ido a pagar una entrada para verte que, cuando de repente, cogen un trozo de tu concierto y lo ponen en un telediario y el que lo ve no sabe quién eres. Entonces, ese chiste no se entiende o se entiende de otra manera”.
Chistes que no se entienden. Chistes que ofenden. A estas alturas de conversación, es inevitable que salga uno de los temas estrella en cualquier charla con los profesionales de la risa: los límites del humor. ¿Dónde están? ¿Tiene que haberlos? ¿Sirven para algo? Unos límites que, cuando no los hay, podrían llevar a la cancelación, otro de los temas estrella. Surge el debate entre los tres.
Carlos Areces: “Ahora mismo lo que ocurre con internet es que hay un auge de la susceptibilidad, es decir, la gente estudia mucho más las consecuencias de sus chistes”.
Joaquín Reyes: “Existen campañas de acoso y de violencia en las redes. Eso realmente es una herramienta muy potente. Y eso a veces se confunde con crítica, pero no lo es”.
Carlos Areces: “No creo que se cancele a nadie. Lo que creo es que hay gente que tiene crisis reputacionales. Cuando una queja se hace muy potente en redes, eso puede traer consecuencias profesionales, como le pasó a David Suárez. Entonces, a mí me parece que si tú no puedes hacer humor sin pensar en las consecuencias profesionales que te va a dar, no eres del todo libre para hacerlo”.
Carlos Areces: “Hay que ser conscientes de que las redes en general no son ese espacio para hablar y para comunicar. A veces es una herramienta para juntarte con otra gente que piensa como tú y juntos tener mucha más fuerza a la hora de quejarte. Y hay gente que sí que tiene el poder de decir si tú estás o no estás en este programa y que se guía por la fuerza de la manifestación. No lo llamaría cancelación, pero desde luego hay un elemento con el que antes no contábamos a la hora de hacer chistes”.
Joaquín Reyes: “Es un tema complejo. Porque ha habido gente que ha sido despedida por un chiste desafortunado. Eso ha pasado siempre, pero, de verdad, no creo que estemos peor que antes”.
Ernesto Sevilla: “También hay que decir que hay gente que se queja de una cancelación que no existe”.
Joaquín Reyes: “Como cómico, no me siento menos libre que antes. Al revés, me siento más libre. Me parece que cuando empezábamos había temas tabús que ahora ya no hay”.
¿Cómo cuáles?
Joaquín Reyes: “Como la Monarquía y la Iglesia. Eran las dos directrices que te daban antes de hacer un monólogo”.
Ernesto Sevilla: “Hoy, en cambio, sí se pueden hacer chistes sobre la inteligencia artificial. No como antes… que no existía”.
Risas.
Y un ladrido. Ataviado con su jersey rojo, Elvis busca a su dueño. Unos minutos después, todos graban un vídeo en el que Reyes dejará un apunte interesante: “El momento que siempre recordaré del medio siglo de vida de EL PAÍS es cuando le pusieron la tilde a la i. Ese acento. Fue algo histórico”. Con Elvis en brazos de un Ernesto Sevilla sonriente, Carlos Areces juntando su cabeza con la del perro y Joaquín Reyes hablando de momentos históricos, se hace imposible no verlos a todos como auténticos celebrities.
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