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Charvet, un mundo donde las camisas luchan contra el paso del tiempo

Un viaje al París más extravagante, donde cada prenda y cada corbata se confecciona con obstinación, discreción y un savoir faire de casi 200 años. Aquí todo se hace al gusto del cliente

En una época donde buena parte del lujo parece haber sucumbido a los principios de la moda rápida, una casa parisiense resiste como guardián de eso que los franceses llaman savoir faire. Estamos en Charvet, una de las tiendas de camisas más antiguas del mundo, situada en el número 28 de la plaza Vendôme, refugio de grandes joyerías y otros nombres insignes de la costura. En sus cerca de 190 años de vida, la maison no se ha preocupado lo más mínimo por venderse fuera del círculo de entendidos que comparte la dirección de boca en boca. En 2026 las cosas no han cambiado mucho: Charvet no hace campañas de publicidad, no cuenta con equipo de comunicación y menos aún con una tienda en línea. Pero quien los conoce sabe que aquí hacen las mejores camisas de París.

Cruzar su puerta es como viajar en el tiempo, volver a un espacio en el que la atención al detalle y la calidad cuenta tanto —o más— como la experiencia del cliente. Si a principios del siglo XX la firma era sobre todo conocida por sus excéntricos y atrevidos escaparates, creados por artistas como André Derain o Kees van Dongen, 100 años después la presentación de sus camisas, corbatas Ascot y coloridas vitrinas siguen siendo parte del atractivo de la boutique.

Su entrada es como un gran bazar en el que está permitido tocar y probar. Los pañuelos de seda estampados se presentan abiertos, colocados uno encima de otro. Lo mismo ocurre con corbatas, pajaritas y el gran éxito del prêt-à-porter de la firma, sus babuchas en piel. “La idea era hacer un zapato de viaje, pero cuando vimos todos los colores que nos ofrecía la fábrica, decidimos hacerlos todos y la babucha ha acabado convirtiéndose en un zapato que la gente usa en otras ocasiones, no solo viajes”, dice Anne-Marie Colban, que dirige la firma junto a su hermano, Jean-Claude, a cargo del diseño.

Los Colban han crecido con Charvet. Ellos encarnan ese lujo discreto que representa una marca donde las ínfulas no tienen cabida: aquí manda el cliente. “Lo que hacemos es en cierta forma alta costura, o al menos se acerca mucho. La diferencia es que la alta costura se entiende hoy día como un creador que tiene una concepción global de la marca al que siguen los clientes. En cambio, el sastre y el camisero deben hacerse invisibles para que prevalezca el gusto del cliente”, explica Jean-Claude Colban.

En una visita a las seis plantas que ocupa Charvet no se oyen voces más altas que otras. Los Colban, los sastres y vendedores que trabajan en Charvet hablan con voz queda, como si el recato que quieren transmitir les hubiera poseído. Unas 30 personas trabajan en la firma, fundada en 1838 por Joseph-Christophe Charvet, hijo del responsable del armario oficial de Napoleón I y sobrino de la costurera que confeccionaba sus camisas. “A principios del siglo XIX se produjo una revolución en el armario masculino con la aparición de la cinta métrica que Charvet aplicó a la fabricación de sus camisas, en concreto a lo que hoy llamamos canesú. Esto permitió estabilizar la prenda y pasar de un corte muy simple a un patrón más complejo”, dice el diseñador.

Charvet se convirtió en una referencia que disfrutó de un contexto favorable con el desarrollo de tejidos como el lino, la introducción de los cuellos y camisas sobre las que chalecos, botones y plisados empezaban a adquirir más protagonismo. “Hasta finales del siglo XIX no tuvimos prácticamente competencia. Londres brillaba por sus trajes, pero el arte de las camisas lo tenía sobre todo París”, asegura Colban.

Eran otros tiempos y la moda (y la aristocracia) podía permitirse ciertos excesos. En la primera planta, donde almacenan los miles de referencias de telas con las que confeccionan sus camisas a medida, una caricatura da buena cuenta de ello. Es un dibujo de Sem, quien ilustró como nadie la vida mundana del París de la belle époque. En él aparece el americano Evander Berry Wall vistiendo un cuello puntiagudo a juego con su perrito chow chow. Wall vivía junto a su esposa y su mascota en el hotel Le Meurice, cercano a la calle Richelieu en la que se encontraba entonces Charvet. El hombre que encarnó el dandismo entre la alta sociedad de la época contribuyó a la fama de Charvet protagonizando algunas de esas excentricidades: allí hacían sus pañuelos y sus camisas a rayas, en rojo y azul cielo, a juego con las corbatas y pañuelos que mandaba fabricar para su perro. Una extravagancia que Sem ilustró con gracia en las caricaturas que aparecían en la prensa parisiense, sin identificar directamente a Wall. Una anécdota entre tantas otras, como la leyenda de que el escritor Romain Gary habría comprado aquí un pijama y una bata en rojo oscuro para que no se vieran las manchas de sangre en su suicidio.

Los Colban prefieren ser discretos, también, con sus propios mitos. No citan a sus clientes, aunque alguien se ha molestado ya en hacerlo creando una lista en Wikipedia: Alfonso XII, Eduardo VII, Kennedy, Churchill, Cocteau, Proust… Las mujeres también son buenas clientas: Marguerite Duras, Estefanía de ­Mónaco, Sofia Coppola y un largo etcétera.

Quien sí sabemos a ciencia cierta que era cliente es Charles de Gaulle, amigo personal de Denis Colban, padre de nuestros guías. En 1965, la casa Charvet se quedó sin herederos y estuvo a punto de caer en manos americanas. El Ministerio de Industria no podía permitir que el país perdiera uno de los estandartes de la moda francesa y decidió intervenir. De Gaulle sugirió a Colban, proveedor de tejidos de la casa, que consultara su círculo en busca de posibles compradores, pero el empresario no se lo pensó mucho y compró él mismo la marca. Con él llegaron el prêt-à-porter y los colores a Charvet. También fue suya la idea de presentar los tejidos como en un bazar, para atraer a los clientes, así como de pintar de negro todas las estanterías para que resaltaran más los colores.

El mantra de que los tiempos han cambiado no parece aplicarse en este refugio del lujo francés. Cuando preguntamos a Anne-Marie Colban por los nuevos clientes de Charvet, esa generación que vuelve un producto —véanse las babuchas— en viralidad, Colban evita entrar en generalidades. “Hay quienes conocen muy bien la marca y quienes la descubren”, dice sobre sus nuevos clientes. Algunos han llegado a través de las redes, donde Charvet ha terminado por entrar sin hacer mucho ruido, pero un vendedor, que nos invita a probar las babuchas (400 euros), nos saca pronto del engaño. “Esta es una marca que se transmite de padres a hijos. Las madres vienen para comprar la primera corbata de sus hijos, y cuando uno le coge el gusto, sigue viniendo”, confía. Lo de las familias, según nos cuenta, va más allá. “Hay quienes las guardan en su avión privado y tienen una para cada miembro de la familia”, explica. Junto al vendedor, una línea de camisas para bebés, a más de 200 euros la prenda.

“No se viene a Charvet solo a comprar, sino también a ser aconsejado y ayudado. Si usted es cardenal o director de orquesta, no va a vestirse de la misma manera”, escribía el periodista Jean-Pierre Quélin en Le Monde en los años ochenta. La marca conserva en un archivador una ficha con los datos, medidas y pedidos de cada cliente. Hay quien siempre compra la misma camisa y hay quien prefiere innovar, sabiendo que cada pedido a medida conlleva una espera de entre siete y nueve semanas. En vísperas de las fiestas navideñas, una clienta recoge un par de camisas para el invierno y hace el pedido de las que se llevara en primavera. Sucede lo mismo con una clienta japonesa que coteja los colores con su tono de piel. Se la ve colmada, como una niña el día de Reyes. Como todo ritual, comprar en Charvet tiene sus plazos: hay que pedir cita para tomar medidas, elegir tejido y modelo, con un grado de adaptación al cliente casi infinito. En una pequeña sala guardan un muestrario de cuellos con más de un centenar de modelos y varias decenas de puños. “Con un rostro fino no podemos poner un cuello imponente, hace falta algo delicado. A un rostro muy redondo le propondremos algo más abierto y a alguien con el cuello corto una banda más fina”, explica Anne-Marie Colban.

Hace poco más de un año, en un artículo del suplemento de Le Monde, directivos y diseñadores de firmas como Fursac o Prada elogiaban a una de esas marcas aún con espacio para la artesanía. Unos meses más tarde, el francés Matthieu Blazy, el nuevo diseñador de Chanel, subía a la pasarela tres camisas masculinas, amplias, decoradas con perlas en el cuello y un discreto bordado. Un boom. En cuestión de minutos, las camisas que Blazy había pensado como homenaje al estilo garçon de Coco Chanel se convirtieron en lo más buscado de la pasarela. Eran de Charvet. Un tributo a otra clienta de la marca, que solía ponerse las camisas de otro loco de la firma, su gran amor, Boy Capel. En 1929, Chanel se ocupó del vestuario del ballet Apollon musagète y utilizó corbatas Charvet para centrar las túnicas en la cintura.

“Blazy es nuestro cliente y apreciaba mucho nuestras camisas. Después se informó sobre la historia de Gabrielle Chanel y se dio cuenta de que ella también era clienta, así como su joven amante inglés, jugador de polo”, cuenta Jean-Claude. Los archivos están sobre todo en posesión de Chanel, pero los Colban sacan de la estantería un frasco de un perfume Charvet de primeros del siglo pasado que recuerda muchísimo al tarro del Nº5. Los Colban presentaron a Blazy más de 20 propuestas de camisas y el diseñador se quedó con 3, que fueron finalmente concebidas en los talleres de Chanel, a metros de la plaza Vendôme. El éxito que les ha traído esta colaboración, con ecos en un mundo mucho más ruidoso, no parece conmoverlos demasiado. Aquí el trabajo sigue siendo el de siempre, obstinado y callado, con los mismos procedimientos que empezaron a imponer hace cerca de 200 años. Cabe preguntarse qué diría hoy el presidente de Francia si algún americano intentara comprar la maison Charvet.

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