Buenos Aires, ciudad paraíso del libro
La capital argentina cuenta con la mayor red de librerías de Latinoamérica. De las gigantescas a las que atesoran auténticas rarezas, sus talleres, presentaciones y otras actividades las convierten en espacios de encuentro social
Están los circuitos turísticos clásicos: dependiendo de la agencia que uno elija, cuando llega a una ciudad visita tal o cual restaurante, un determinado museo o una tienda de merchandising local. Pero luego hay otros modos de viajar. Más desorganizados, aleatorios, caseros. Con circuitos personales, más íntimos, que se van construyendo sobre la base de las preferencias personales. En algunos casos, las preferencias se comparten y esto hace que, en las charlas con turistas que llegan a Buenos Aires, las preguntas sobre librerías se repitan.
Según un informe del Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro de la Universidad Nacional de San Martín, al menos hasta enero de 2024 la ciudad contaba con la mayor red de librerías de Latinoamérica: 3,43 cada 100.000 habitantes, superando la media de Brasil, Colombia, Chile y México. Si bien desde ese momento muchas cerraron (los alquileres de los locales se encarecieron y las ventas bajaron), otras abrieron y el número sirve como parámetro.
Cuando alguien pregunta: “¿Qué librería debería visitar en Buenos Aires?”, la respuesta amerita una serie de preguntas. ¿Qué querrías encontrar? ¿Novedades locales? ¿Impacto visual? ¿Cantidad de títulos? ¿Joyas ocultas de la literatura rioplatense que no están en otro sitio? ¿Buen café?
Porque Buenos Aires tiene esas librerías que impactan visualmente, como El Ateneo Grand Splendid (avenida de Santa Fe, 1.860), la más grande de Sudamérica, visitada por miles de personas al mes y elegida por la revista National Geographic como “la más linda del mundo”. Un edificio construido en 1903, con un mural del italiano Nazareno Orlandi pintado en el techo, bar, sillones de lectura y miles de títulos: tantos que uno podría marearse. Pero también hay otras librerías arquitectónicamente más discretas que guardan en sus estantes volúmenes de editoriales independientes, libros de poesía, narrativa, teatro o ensayo, de autores que uno no encontraría en locales de grandes cadenas.
Eterna Cadencia (Honduras, 5.582) y Libros del Pasaje (Thames, 1.762), ambas en el barrio de Palermo y separadas por siete cuadras, son locales de enormes bibliotecas de madera, música suave y bar para poder leer mientras se almuerza o se toma un café.
Otros establecimientos ubicados en el centro, sobre la avenida de Corrientes, son: Hernández (1.436), Losada (1.551), Zivals (esquina a de avenida de Callao), Cúspide (1.316), Galerna (1.916) y De La Mancha Libros (1.888). Visitados por clientes asiduos y, también, por paseantes que llegan después de comer, luego de sacarse una foto en el Obelisco, o antes del teatro o el cine. Los libreros saben que los viernes y los sábados, alrededor de las nueve o diez de la noche, muy probablemente quienes entran no vayan a comprar nada. Y, sin embargo, se prestan a ese diálogo: preguntas y respuestas, recomendaciones y referencias; charlas que empiezan en un título y terminan en cualquier tema, porque además de vender ejemplares, a veces, la tarea del librero es acompañar la soledad.
Y luego existen en la ciudad de Buenos Aires librerías más pequeñas, barriales, librerías de proximidad con una amplia y cuidada selección de títulos y caracterizadas sobre todo por la amabilidad de las personas que las atienden. En establecimientos como Verne Libros (Juan Ramírez de Velasco, 1.427, en Villa Crespo); La Coop (Bulnes, 640, Almagro); Te Llamaré Viernes (La Pampa, 1.569, Belgrano), Naesqui (Charlone, 1.400, Villa Ortúzar), Malatesta (Gándara, 2.994, Parque Chas), el librero suele acercarse al cliente, preguntar qué desea y, sobre la base de sus preferencias, proponerle un autor, o una materia, o un título del que quizás nunca había oído hablar.
También existen otras librerías, desde luego menos concurridas y notorias, que son aquellas especializadas en volúmenes usados: allí la búsqueda es distinta. Se trata más de sorprenderse con un libro inesperado que de encontrar un título preciso. En locales, pero sobre todo en las ferias de la plaza de Italia y las del parque Centenario y Rivadavia, por ejemplo.
El gusto por los libros. El escritor coruñés Javier Peña, de 49 años, considera difícil encontrar en una ciudad muchos lugares más hermosos y acogedores que una buena librería. Quizás por su fanatismo por los libros es que apenas llega a una ciudad, las busca y las visita.
“Buenos Aires es el paraíso librero por excelencia. Creo que la ciudad puede presumir de que la calidad y cantidad de sus librerías está muy por encima de la media internacional. Además, en un momento como el actual en que cualquier librería tiene las mismas novedades, entrar en una de otro país es fascinante. Los primeros días me perdía durante horas en sus mesas y estanterías. Luego me di cuenta de que —aunque distintas a las de España— las novedades aquí también se repetían”.
Dice que, por cuestiones comerciales, muchos de los autores más leídos en su lugar de origen no tienen circulación internacional. Por este motivo, añade, una ventaja de visitar librerías en el extranjero es descubrir nombres y títulos de editoriales locales que, de otro modo, serían inconseguibles. Una de las cosas que sorprendieron al autor del podcast Grandes infelices fue, en general, el precio de los libros en las librerías de Buenos Aires: “Los noté extremadamente caros”.
Hay gente que entra a una librería como quien entra a una tienda de electrodomésticos: con el objetivo puntual de comprar un determinado artículo. Gente que se acerca al librero, le pregunta si tiene tal libro, espera la búsqueda, lo lleva a la caja, lo paga, lo mete en una bolsa y se va. Otras personas simplemente deciden pasar tiempo allí. Disfrutan las librerías, las recorren como paseando. Eligen un libro, lo hojean y luego lo devuelven a su sitio. Hay algo del placer en ver los títulos y las tapas, en leer las contratapas o encontrarse al azar con una oración que las atrapa y logra que se queden durante 10 o 15 minutos ahí, aisladas de todo lo demás, concentradas en esa historia o pensando en algo que la frase hizo que recordaran.
La barranquillera Camila del Villar, de 31 años, es periodista y coordinadora de proyectos en la Fundación Gabo. Nunca había estado en Argentina, pero sus padres vieron una miniserie con Robert De Niro ambientada en Buenos Aires y quedaron enamorados de la ciudad. En función de sus preferencias, cuando antes de viajar les preguntó a varios colegas periodistas qué librerías debía visitar, quedó abrumada: eran muchísimas. “Vine con mis papás, mi hermano, su esposa y su hijo. Irse de librerías no es un plan que a todo el mundo le guste. Así que marqué en el mapa las que me habían sugerido y, cada vez que íbamos a un barrio, me escapaba de la familia y las visitaba”.
Quedó impactada por la simpatía de los libreros. “En casi todas hablé con alguien que me asesoró y me dio sugerencias: algo que no es tan común”, cuenta, y dice que en el viaje también se encontró con sorpresas inesperadas. “Cuando fui a visitar la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, me topé en el patio con una feria de libros usados. Me encantó ver cómo tantas personas de distintas edades se reunían en torno a algo común: el gusto por los libros”.
Capital de las librerías. Para el dueño de Eterna Cadencia, Pablo Braun, de 49 años, lo que diferencia a las librerías argentinas de las del resto del mundo es la cantidad. Dice: “Hay ciertos países en los que cuesta encontrar librerías. Caminás un montón y te topás con dos o tres. Acá, en la misma cantidad de cuadras podés contar 10”. También pondera la calidad de los libreros, “ya sea por oficio, experiencia o tradición”.
Maximiliano Tomas (50), director del Centro Cultural Recoleta y uno de los dueños de Verne Libros, coincide con él. “El número es descomunal. Incluso te diría que no sabría explicar cuál es la lógica de que haya tantas, porque tiendo a pensar que los lectores de ficción o de literatura son cada vez menos”. Y precisa que la gran diferencia que encuentra entre las librerías porteñas y las españolas es lo que llama “la soberanía librera”. “En Madrid y en Barcelona, los escaparates están mucho más permeados por las novedades de las grandes editoriales, mientras que en Buenos Aires hay un afán de mostrarse auténticos, independientes. Muchas librerías de barrio, aunque reciben los títulos mainstream, no los exhiben. Los mandan directamente al depósito”.
Para Tomas, el motivo de que esto suceda es que los libreros al mismo tiempo son editores, escritores, periodistas o agentes del campo cultural que, además, tienen una librería. “Hay una fuerte intervención de los gustos y la personalidad de estas personas en la curaduría de títulos”. Cree que esto viene de los años sesenta, cuando Buenos Aires era capital cultural de la traducción y de la edición en español. “Aunque quizás sigamos siendo la capital de las librerías, todo aquello se acabó. Pero hay un orgullo que no se quiere soltar. Por otra parte, el público lector argentino es muy duro. No soportaría entrar y tener enfrente a un librero que no sepa tanto o más que él. Acá, los libreros saben y, si no saben, hacen como si supieran [risas]”.
Una conversación constante. Hay una cosa particular en el mundo editorial porteño, sostiene el librero de La Coop, Marco Cingolani, de 42 años, sentado en una banqueta alta en el centro de esta pequeña librería del barrio de Almagro. “Si bien decaen las ventas, así como desaparecen dos librerías se abren tres, aunque quizás no duren lo que habían durado esas dos anteriores”, explica. Cingolani cuenta que en La Coop los libros están organizados por editoriales. Y ahí no se establecen diferencias: les dan la misma importancia a los títulos de Anagrama que a los de la editorial independiente Indómita Luz.
Cingolani se interrumpe porque, luego de entrar, una mujer se acerca a donde estamos.
—¿Qué tal? ¿Buscabas algún título en especial? —le pregunta.
—No. Quería saludarlo a él —dice ella señalando al periodista—Somos amigos.
Luego del abrazo que lo excluye, Cingolani continúa hablando.
“Esto que acaba de suceder es un ejemplo de que la librería no es un negocio más, sino un espacio social en el que hay todo tipo de encuentros”.
El lugar social que ocupan las librerías, coinciden los entrevistados, permite que en un contexto de crisis el negocio sobreviva. Dicen que, para funcionar, las de barrio deben convertirse en centros culturales: ofrecer presentaciones de libros, talleres de escritura y lectura. Formar parte del circuito cultural barrial.
Así imaginó precisamente Ignacio Iraola (53 años) su librería Nesqui, en el barrio de Villa Ortúzar, que fundó junto a otros tres socios después de ser director editorial de Planeta Argentina durante 16 años. “Este es un barrio que tiene su propia identidad: parques y casas bajas. Pero con el tiempo se empezaron a derrumbar las construcciones viejas para convertirlas en edificios de ocho o nueve pisos. Y este espacio, emblemático, nosotros lo mantuvimos por una cuestión cultural: eso los vecinos lo celebran y lo festejan”.
Paola Lucantis (54 años), propietaria de la librería Te Llamaré Viernes, considera que la generación de comunidad también se hace a través de la atención personalizada. “Cuando me llega un libro yo sé si le va a gustar a Silvia, a Graciela o a otras vecinas. Con lo que fui ofreciendo y sus comentarios voy armando un mapa de lecturas de sus gustos”. Porque quien decide acercarse a una librería en vez de pedir un libro por internet, explica Lucantis, además del ejemplar busca otras cosas. Busca, por ejemplo, un diálogo, y necesita a alguien capaz de responder esa demanda. “Así, a través de los libros, establecemos una conversación constante”.
Muchas veces leemos simplemente para sentirnos cerca de alguien. Con la excusa de la recomendación, charlamos con un librero. Nos sumamos a un club de lectura para compartir las sensaciones que una novela nos dejó. O antes de viajar escribimos un mensaje, preguntando el nombre de esa librería que, sí o sí, deberíamos conocer.
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