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¿Apoyarse emocionalmente en un objeto cotidiano? Cómo la neurociencia llegó al diseño de interiores

El bienestar puede encontrarse en pequeños talismanes e, incluso, en el interiorismo o la arquitectura de un espacio.

La teoría del apego, acuñada y desarrollada por el psicoanalista londinense John Bowlby entre 1969 y 1980 (y recogida en el manual Una base segura. Aplicaciones clínicas de una teoría del apego) visibilizó qué agentes significaban protección o refugio para el bebé en el periodo en el que este se separaba de su madre, ya fuera al dejar de estar en sus brazos o al dormir solo en la cuna con la luz apagada. Además del psicoanálisis, religiones monoteístas y paganas o sociedades secretas designaron imaginería, iconografía, relicarios o talismanes para que sus seguidores se sintieran protegidos mediante cercanía corporal o espiritual con el objeto en sí.

En lo que coinciden ambas perspectivas es en identificar lo que en programación neurolingüística se conoce como anclaje: el efecto interior que produce en una persona al entrar en contacto con un estímulo externo. El tipo de anclaje que proporciona confort lo ha visibilizado, entre otros, Lino: el amigo de Carlitos en la tira cómica Peanuts que se aferraba a su mantita de apego cuando necesitaba sentir confianza en sí mismo ante un hecho abrumador. Y, más recientemente, Robbie Williams en The Introvert Chair: una butaca diseñada por él mismo (cuyo precio es de unos 4.000 euros) con la finalidad de ofrecer tranquilidad, sosiego y aislamiento social según se haga uso de ella.

¿Es cierto que el ser humano, al apoyarse emocionalmente en un objeto, puede sobrellevar mejor una situación hostil o un proceso de adaptación? “Muchos objetos se vinculan con nuestro niño interior, que no es otra cosa que atender lo que te hace ilusión y responder a los estímulos positivos de la infancia”, reflexiona el psicoanalista Miquel Riera. La manta con la que nos tapábamos en casa de nuestros abuelos o la taza que usamos desde niños en casa de nuestros padres son ejemplos claros de esos objetos que funcionan como anclas emocionales evocando recuerdos agradables.

Para Álvaro Matías, fundador de la consultora Almadás y director del Madrid Design Festival, la neurociencia está cada vez más presente tanto en los objetos como en el interiorismo o en la arquitectura: “Durante la pandemia, el bienestar pasó en gran parte al centro de las decisiones de diseño porque hicimos de nuestras casas oficinas improvisadas y nuestras oficinas tuvieron que transformarse en lugares más humanos”.

En términos de procesos y espacios, a la certificación ISO se le sumó hace unos años la llamada International Well Building Institute: un certificado que asegura que una planificación inmobiliaria puede lograr mejorar el bienestar de las personas que trabajan o visitan el espacio.

Sea una manta, una silla, un colgante o un cuadro, identificar los elementos que aportan apoyo emocional contribuye al refuerzo y la construcción de la soberanía personal. Algunos músicos, cuando están de gira, pierden la noción del tiempo o se desubican, entre otros motivos, a propósito de las diferencias horarias y del interiorismo de las habitaciones de hotel. Curiosamente, es el aspecto de ciertas franquicias hosteleras (como Starbucks o McDonald’s) lo que a algunos de ellos les aporta familiaridad cuando están lejos de casa. Según Riera, los padres y las madres que enriquezcan el mundo de los objetos del niño durante la crianza “van a hacer que cuando crezca, posiblemente, sea una persona más creativa en su vida y pueda usar los objetos del mundo para procesar sus emociones y, también, hasta seleccionando el mobiliario de su casa”. Y Matías recalca: “El informe The New Habitat 25/26, elaborado por la interiorista Pepa Casado para Ape Grupo, habla de materiales que calman, texturas que acompañan o colores que regulan el ritmo vital del usuario”. Estar en contacto con materia tangible que produce bienestar ya es un hábito con voluntad de ritual.

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